martes, marzo 10, 2026

Cinco poemas de Luis Eduardo García

Lepidodactylus lugubris

Durante meses
escuché su canto nocturno
imaginando sus plumas
de color amarillo cromo
agazapadas
en la oscuridad, su nido
hecho de ramitas y basura
listo para alojar
a sus polluelos todavía
faltos de brillo. Varias veces abrí la puerta
después de escucharlo
para buscar su cuerpo a medianoche
pero solo encontré silencio
y aire frío. Cuando descubrí que el sonido
jamás salió de un pájaro
sino de un pequeño reptil
de unos seis centímetros
refugiado en el hueco de una viga
un ornitólogo cayó muerto en su patio
a nueve mil novecientos
catorce kilómetros de aquí.





Tan dulces y tan frías

Lo que nunca supimos
fue que una mano recogió los huesos
del bote de basura, los rompió
con una puerta hasta extraer las semillas
y las puso en una bolsa de plástico
con un poco de tierra
dentro del refrigerador. Tras un par de meses
en ese pequeño invierno, las semillas
germinaron. La misma mano las clavó
en la tierra con una calidez
muy parecida al amor
(o a las secadoras de pelo). Dos semanas
después, un verde
brillante brotó de la oscuridad. Dos semanas
después, se apagó. A veces la dulzura se acaba
porque sí.





Monstera adansonii

Puedo imaginarme
que el primer botánico que se encontró con ella
sintió la tentación de llamarla
Cara de fantasma. También puedo imaginarme
que el segundo botánico que se encontró con ella
dijo molesto:
claramente es una Cara de fantasma. A mí me gusta
jugar a que sus huecos
son mis nuevos ojos. Entonces veo a través
el cielo, los cables, las ramas
y parecen primeros planos
de varios tipos de peces muertos. Puede sonar
estúpido, pero algún día me encontraré
con varios tipos de peces
muertos
y ahí estarán el cielo, los cables, las
ramas, relucientes.





¿Crees en la inspiración?

No, mi método de trabajo
es dejar restos
de comida en la mesa; mis hormigas llegan
en segundos y forman
sus palabras favoritas. Hoy, por ejemplo, escribieron
"coxis", "tordo", "triángulo"
y "cometa". Un día antes
hicieron "Varsovia"
y "caléndula" en una mancha de miel. Después
juego a ser Jan Heweliusz
y uno los puntos
a veces con amor, a veces
con cinta canela.





Cada día descubren treinta nuevas especies

El mejor escritor de su generación descansa
en una silla
mientras el mejor escritor de su generación
lo espía por la ventana.
Ambos ignoran
que el mejor escritor de su generación
los observa desde un auto
a veinte metros de distancia.
Mientras tanto
muy lejos de ahí
el mejor escritor de su generación
no sabe de la existencia de ninguno de los tres
y distraído prepara el desayuno.





Luis Eduardo García
Cuélgalo de la pared y espera
Ilustraciones: Serena Franco
La Carretilla Roja, 2025

sábado, marzo 07, 2026

Un fragmento en prosa de Sonia Scarabelli

¿Pero en qué consiste esa luz del poema? Tiene que ver, ante todo, con una cualidad de la mirada.

Entre las peculiaridades que, desde mi punto de vista, diferencian la escritura de un poema de otras escrituras, hay en particular una a la que quisiera prestarle especial atención. Es la siguiente: el poema nunca cierra los ojos.

Si el viajero, dispuesto a la evocación, cierra los ojos para aproximarse a su objeto –a riesgo de hacer desaparecer el objeto mismo–, el poema, por el contrario, aun cuando su fuente sea una evocación, mantiene sus ojos intensamente abiertos, consagrándose sin pestañear a la actualidad devoradora de su imagen.

Y es que la imagen, que está lejos de ser en el poema mera impresión visual, despliega su ritmo de una manera tan intensa, capta hasta tal punto la densidad material, primitiva de las cosas, demanda tal grado de atención concentrada en el detalle, que la acción de cerrar los ojos no puede sentirse más que como un obstáculo o incluso un desgarrón en el cuerpo mismo de aquello que se disponía a comparecer.

Nacido de un momento de extraña sincronía, el poema se entrega a la contigüidad del verso no para confirmar la ley de la gravedad temporal que gobierna los sintagmas, sino para intentar un salto en el tiempo mismo y rozar ese sitio inefable en donde la materia, a pesar de no ser él otra cosa que lenguaje, le hace el obsequio de una misteriosa correspondencia.

Pero hay todavía algo más, y es que esa «correspondencia», lejos de garantizarle mismidad, lo que le ofrece, aunque sea sólo por un instante, es la oportunidad de salir de sí, de experimentar, en el seno mismo de la lengua, un cambio radical de naturaleza: volverse otra cosa, a saber, un lugar real, activo y habitado; entrar a formar parte con todo su ser de aquello que alguna vez Juan José Saer llamo «la masa fangosa de lo empírico y lo imaginario».

Desde la óptica del poema, entonces, el viaje adquiere una nueva dimensión. Es devuelto a lo real; de pronto, su desaparición ya no es el único destino que le reserva la escritura. Puede que el relato de viaje sólo alcance su plenitud en la medida en que el lugar desaparece; pero el poema es, en este sentido, terminante, lejos de procurar que el lugar desaparezca, lo que hace es demandarle una extrema visibilidad. El poema pone el lugar ante sí, y en ese gesto nos deja saber, no sólo que «ha estado allí», sino que en cierto modo ese lugar le ha hablado, le ha hecho la donación de su presencia singular que él intenta ahora preservar, sostener en su misma fragilidad, igualmente expuesto al olvido y a la disgregación.





Sonia Scarabelli
La orilla más lejana
Editorial Municipal de Rosario, 2009