martes, enero 21, 2020

Carta sobre poética


Veo que ya eres maestro otra vez. El 10 de noviembre resultó un fiasco, nos tomaron por sorpresa. Y ese "nosotros" es el mismo "nosotros" de estos poemas: tan opuesto al "ellos" y quizá tan opuesto al "tú", en tanto que colectivizar la subjetividad implica inmediatamente portones atrancados, barricadas, autodefinición vía el antagonismo etc. Si no estuviste ahí simplemente no lo entenderás. Pero en fin, meses después, o antes, ya no recuerdo, me senté a escribir un ensayo sobre Rimbaud. Fui a oír una charla a la Marx House y me quedé atónito porque la gente sólo puede hablar empleando los mismos mitos: que si Verlaine etc, que si era un huevón bueno para nada etc, que si el tráfico de armas etc, que si el colonialismo etc. Poco menos sobre el último punto. Como si nada hubiera que decir sobre lo que está presente en la obra de Rimbaud (o la poesía de vanguardia, en general) que no pueda ser leído en correspondencia con las convulsiones objetivas de todo momento revolucionario. De qué manera aquello que experimentábamos podía, me preguntaba, ser delineado de forma tal que nosotros mismos pudiéramos reconocernos ahí. La forma sería monstruosa. Eso está en la Estética de la resistencia, en alguna parte. O sea, obviamente despotricar contra el gobierno, vía un ladrillo por la ventana, está lejos de ser suficiente. Me puse a pensar que la razón por la que el movimiento estudiantil fracasó tuvo que ver directamente con los pinches slogans. Eran espantosos. Flojos como poemas. Es cierto, yo también fui a leer poemas a las ocupaciones estudiantiles y, francamente, me la hubiera pasado mejor bebiendo. Me sentía como un imbécil parado ahí, después de que otro hablara sobre qué hacer si te asaltan, y cosas por el estilo, pararse ahí y leer poesía. No puedo engañarme. No me hago ilusiones pensando que mi poesía de alguna manera había "pasado la prueba", sólo porque les gustó a algunos. Tú lo sabes bien, al alcanzar un entendimiento de la política, nuestro odio se hizo más intenso, empezamos a luchar guiados por un frío repudio homicida, y pocas veces pudimos encontrar esa sensación articulada en el arte, en la literatura. Ese es Peter Weiss de nuevo. Me preguntaba, somos capaces, de alguna manera, somos capaces de escribir un poema que (1) identifique el preciso momento en la presente coyuntura, (2) nombre la tarea específica del momento, i.e. un poema que nos haga capaces de nombrar ese momento decisivo y (3) ejerza su fuerza hasta el punto como si hubiéramos condensado y encarnado el análisis concreto de la situación concreta. No me refiero al poema como pensamiento mágico, nada de eso, sino como análisis y como claridad. No he visto a nadie hacer eso. Pero, aún así, es imposible comprender plenamente la obra de Rimbaud, y sobre todo Une Saison en Enfer, si no has estudiado y entendido cabalmente la totalidad de El capital de Marx. Y es por esta razón que ningún poeta que escriba en inglés ha entendido jamás a Rimbaud. La poesía es estúpida pero, de nuevo, la estupidez no es la ausencia de capacidad intelectual sino la cicatriz de su mutilación. Rimbaud fraguó su programa poético en mayo de 1871, una semana antes de que los miembros de la Comuna de París fueran masacrados. Él quería estar ahí, lo dijo muchas veces. En su "largo y sistemático desarreglo de los sentidos", su "Yo es un otro", está hablando de la destrucción de la subjetividad burguesa, ¿no? Eso es claro, ¿no? Así es como plantea a la imaginación poética, esa es su noción de lo que constituye la labor poética. Obviamente puedes leer esto como una mera receta para excesos personales, pero sólo desde la perspectiva de la realidad policiaca. Como, acabo de tomar anfetaminas, fumar mota, y ahora me voy a tomar una pepsi, pero no es por eso que escribo esto, y no se trata de eso. El "sistemático desarreglo de los sentidos" son los sentidos sociales, ok, y el "Yo es un otro", como en la transformación del individuo en colectividad, cuando todo da inicio. Es sólo en el mundo de habla inglesa, donde lo único que sabemos es cómo matar, donde tienes que señalar chingaderas tan simples como esas. En la lengua enemiga es necesario mentir & ver cómo el lenguaje es probablemente el principal de los sentidos sociales, eso debe ser desorganizado. Pero cómo lo logramos sin convertirnos en uno de esos incompetentes poetas conceptuales que andan de calenturientos con sus estudiantes. Tú sabes qué y quién. Para la mayoría de las personas, incluida la clase trabajadora, los trabajadores y estudiantes politizados son simplemente incomprensibles. Acuérdate de esto cuando hables del nauseabundo lenguaje vanguardista. O esto: la simple anti-comunicación tomada hoy del Dadaísmo, a manos de los más reaccionarios defensores de las farsas que han sido establecidas, carece de valor en una época en que la tarea más urgente es crear una comunicación nueva, en todos los niveles de práctica, desde la más simple a la más compleja. O esto: en las luchas de liberación, los pueblos que fueron relegados al reino de la imaginación, víctimas de terrores indescriptibles, pero felices de entregarse a sueños alucinantes, son lanzados al desorden, re-forma, y entre sangre y lágrimas dan luz a las cuestiones más reales y urgentes. Es simple, el ser social determina al contenido, el contenido desarregla la forma etc. Lee los últimos poemas de Rimbaud. Son vehementemente alucinatorios, tan frágiles, el sonido de la mente cuando no puede más y está en proceso de desintegración, el sonido del retorno al business-as-usual tras la intensa insurrección, el sonido del yo colectivo al ser empujado de regreso hacia su individualidad, el sonido de quien se ha congelado hasta morir. Hielo polar, es de todo lo que él habla. OK, ya sé, eso sólo nos lleva de vuelta al romanticismo del fracaso, y al poète maudit, ese conformismo más bien jodido. En todo caso, está lejos de ser nuestra coyuntura. Nunca hemos tomado el control de una ciudad. Pero, no sé, todavía podemos entender el pensamiento poético, tal como yo, y como tú, espero, nos dedicamos a esa tarea: como algo que se desplaza en sentido contrario a la anti-comunicación burguesa. Como todo eso. La totalidad de lo dicho. Podemos conversar con ideas que han sido borradas de la versión oficial. Si te resulta incomprensible, bueno, lee lo anterior. Piensa en una época donde no sólo es, digamos, imposible la revolución, sino incluso pensar en la revolución. Pienso específicamente en occidente, claro. Pero recuerda que la mayor parte de la poesía es la mímesis de aquello que un reaccionario percibirá como incomprensible, en vez de un diálogo con eso. Ahí la frase fue más allá del contenido, aquí el contenido va más allá de la frase. No sé, me gustaría escribir una poesía que acelere una continuidad dialéctica en la discontinuidad & que torne visible entonces todo lo que el realismo policiaco condena a la invisibilidad, donde el yo lírico, sí, esa cosa, pueda ser (1) un interruptor y (2) un colectivo, donde el habla directa y la incompresibilidad son sólo posibles como la síntesis que curve a las ideas por adentro y por afuera de los límites del insurreccionismo y el ilegalismo. El único riesgo evidente sería que las ideas desaparecidas broten "muertas", o reanimadas como zombis: terroristas como utopistas dañados para quienes todos los elementos, incluso aquellos eclipsados por el pensamiento burgués, continúan siendo absolutamente dominados por esa misma burguesía. Sé que esto poco tiene que ver con la "poesía", hasta donde esa palabra ha sido entendida, pero bueno, ni yo lo logro, no de esa manera. Mira, no creas que te estoy mintiendo. Así están las cosas. A mí se me acabó la "vida normal" hace unos veinte años. Desde entonces he permanecido encerrado en esta ciudad ridícula, me he mantenido al margen, inmerso por completo en mi trabajo. A cada pregunta he respondido con silencio. He mantenido un perfil bajo, tal como hay que hacer en posiciones contra-legales como la mía. Pero hoy, los millonarios lanzan su ataque sorpresa. Todo asciende a la superficie. Ya no me siento como yo mismo. Estoy hecho pedazos. Apenas puedo respirar. Mi cuerpo se ha convertido en algo distinto, se ha fugado a su dimensión más diminuta, diseminada hasta ser nada. Pero después de eso, respiró profundo, por fin pudo hacerlo, había llegado al otro lado, pudo observar sus funciones indeterminadas al interior de la totalidad. ¿No? Eso no es Rimbaud es Brecht, pero tú me entiendes. Como cuando el 24 de noviembre, estábamos afuera de la estación Charing Cross, recargados contra la pared etc. cuando de la nada unos 300 adolescentes pasaron corriendo frente a nosotros irrumpiendo por Strand, todos gritaban: "DE QUIÉN SON LAS CALLES SON NUESTRAS". Aquello nos hizo reír a carajadas. Sólo un maldito policía sería incapaz de responder.



Sean Bonney
Letters Against the Firmament
Enitharmon Press, 2015.
Traducción: Hugo García Manríquez
Versión inédita cedida por el traductor para Nueva Provenza

jueves, noviembre 21, 2019

Cinco poemas de Diana Bellessi


La sirenita

La última fue esa rana pequeña
que nadando con sus patas estiradas
no tendría más de dos centímetros

en la pileta azul inmensa y la vi
de inmediato nadando junto a ella
como dos sirenas con gracia sin par

luego la tomé con mi mano izquierda
para que el cloro no la lastimara
sacándola con esa delicadeza

que señala a la compañera más
amada mientras
ella saltaba al pasto
sin decirme ni siquiera adiós!

ranita en el pueblo de Zavalla





Para que tiemble el mundo

¿T'haciendo los deberes?
me dice un gringo joven
en la heladera del pueblo
donde tomo café...
no, le contesto, escribo
por placer, no por deber
y oigo su risotada
que no me entiende
mientras hablan de accidentes
con unos cuatriciclos
saliendo de la pileta
de la Sociedad Italiana
y me pregunto qué hago
en este joven pueblo
de mierda donde nadie sabe
un poema y de sus héroes
menos sabe, de los bichos
y flores invisibles
y tampoco de los negros
del otro lado de la vía
que hacen relucir con nada
las tontas vidas secas
y perdidas hasta que alguno
escribe los versos de la Belkis
o de la iguana overa
para que tiemble el mundo
pero no estos gringos
ortopédicos de clase media
haciendo las mismas cosas
día tras día aunque cosas
tan idiotas que a nadie
hacen reír con ganas
o llorar frente a los cuentos
sublimes de la Belkis
en la tórrida mañana...





Para llevarlo siempre en mi corazón

Ah el buhonero gitano con sus dientes
de oro que me enamorara en Arcos de
la Frontera, sus enormes búhos,

el de Siberia y los de Canadá
cuya hembra no cesaba de gritar
hasta que él la soltó y se subió

al campanario de la iglesia y de ahí
iba y venía a comer de su mano,
hombre tan gallardo y hermoso silbándole

a la hembra canadiense que rebotaba
hipnótica frente al vidrio de la
ventana allá en lo alto y finalmente

regresaba a sus brazos, "lo hace con
gusto" decía su mujer, los dos
vestidos de negro y ella mirándolo

con admiración como lo miraba
yo, a él y a su lechuza en el mirador
sobre el río Guadelete y sus verdes

quebradas mientras brillaba el oro
entre sus labios y el pelo negro
amarrado por una cinta entre

sus canas, la lechucita africana
de largas cejas y la pequeña
blanca y suave y todo el séquito

adorable por detrás... el primer
buhonero que vi en mi vida, él
y su mujer, unos cincuenta años y

los búhos que viven ochenta, dijo
a Rosario que los tenía en sus brazos
y no paraba de reír y yo

de sacarle fotos porque al buhonero
no le saqué, para llevarlo siempre
en mi corazón...





Linda, linda mía

¿Por dónde andará mi iguana linda
perdida en el pasto de las doce
del mediodía como un yacaré
pequeño y overo con sus manchas
en la pielcita verde que brilla de
tal manera bajo el sol de Zavalla?
Linda, linda mía, cómo me miraste
cuando nos encontramos por primera
vez junto a la puerta de mi casa o
en la mañana del domingo renovando la magia
y yo te llamo y vos te vas, si quiero
dejarte manzanitas en el camino
para que sean tu banquete y te quedes
para siempre acá, verdecita mía
esta es tu casa y te quiero tanto
que no sabés...!





El mazo

En el viejo café Cervantes sobre la plaza
la sombra luminosa de mi padre me acompaña

siempre he querido a este boliche sombrío
donde los parroquianos varones juegan al mazo
español o miran la televisión silenciosos
y me dan permiso, Dios mío, de fumar adentro!

aquí veníamos con el papá a tomar café
y a él, no le daba vergüenza traer a su hija mujer

la ruta al frente y la vieja estación de tren
con la plaza al lado, ya suben las voces de estos
machos y quisiera atrapar cada gesto o frase
que se repite desde mi infancia a mi vejez

ahora que ya se han olvidado de mi presencia
con las cartas en la mesa y uno lee el diario

dos toman cerveza o miran un documental
sobre Tailandia y el mozo del bar y yo
la octava pasajera con un noveno sentado
atrás que ahora entra al café de la plaza, el más

antiguo que conozco y siempre milagrosamente
abierto, hay un tipo ahora en el reservadito

tomando vino, y mujeres nunca, qué entretenida
la rutina de los varones que ahora comparto
con mi cuaderno de notas mientras el noveno
se acerca a jugar una básica y hablan de una víbora

no sé si será de Tailandia o de Zavalla
pero todo tiene un sabor de aventura antigua

que me dan ganas de reír y de llorar al mismo
tiempo y ahí entra el barbero y Barrera detrás
que se sienta en mi mesa mientras recuerda,
octogenario ya, al Chevalier y a su mujer

Hilda, amiga de mi mamá, encantador este
Barrera, y otro, al que le reconozco la cara

aunque no sé cómo se llama y me dice "acá
se sentaba siempre tu papá, en esta silla,
frente a vos", lo recuerdo, sí, mirando hacia la plaza...
ustedes me trajeron, ¿verdad viejitos? y el dueño

del bar que me ofrece ahora una copita que no
me dejará pagar, tan grande y hondo, no sé





Diana Bellessi
Fuerte como la muerte es el amor
Adriana Hidalgo, 2018.

sábado, septiembre 21, 2019

Cuatro poemas de Ron Winkler


Nieve surrounding

para J. S., R. H. y M. R.

amamos la fría gramática fractal.

el grácil vaivén de la nieve en el aire.

el complejo trote de la nieve grácil
en la atmósfera.

tierra nueva ante las white boxes de nuestros ojos.
ella es la simplificación del ambiente.

amamos este callado galope del inicio
del está nevando.

amamos estos complicados estadios intensivos
de un clima especial.

su discreta cualidad de complicarse.

su claridad de específico desequilibrio.

amamos la turbulencia que se prueba a sí misma.

y el fenómeno en sí (cual memoria
del fenómeno).

con cuidado amamos el pacífico overbombing.

y más tarde el calmo constructivismo
de un albo sánscrito sobre las cosas.





Alpes nunca

para Steffen Popp

¿qué fue más decisivo al instaurar el ánimo,
            los caribús de la nieve
            o
la nieve caribú? aquellos veían como haikús libres de forma,
            y ésta
            se veía como haikú.
de las lácteas salientes de las cumbres
            espumaban avalanchas
            poco a poco
eran útiles (a entender nuestro) en tanto objetos.
            sus ojos prometían
            orden y valles.
por su propia seguridad
            tomamos
            sus datos biométricos
y creamos un subdominio: Files of felpa. también esto
            sucedía
            con recursos líquidos.
las praderas alpinas más valoradas casi podían
            separarse (disolverse)
            del concepto Natura.
se integraban por claras definiciones. por
            tan solo
            esos ítems valdría la pena el sendero.





Elogio de una entidad

belleza representa una forma
de belleza.

un estado probable de belleza.

belleza es la velocidad instantánea
de la belleza en suspenso.

sonido en vago rizoma.

la cantidad de belleza en el universo
siempre es la misma.

belleza existe de este lado y más allá
del horizonte de fenómenos.

la belleza interior
en subsistemas cerrados en sí

se demuestra sin efecto del exterior
como constante.

la cara interna de la belleza se comporta
inversamente recíproca

a su cara externa.

un mínimo de belleza es un máximo calmo
de belleza.

así como un valor
apenas por encima de su opuesto.





Noches en entorno de campeones

para Jeffrey McDaniel

cuando no podemos dormir contamos
las ambulancias, que rebasan al carro ambulancia
en el que vamos nosotros.

cuando no podemos dormir resplandecemos así,
como si fuera luz la oscuridad.

cuando no podemos dormir contamos a aquellos
que no pueden dormir.

cuando no podemos dormir nos levantamos
para cultamente retocar dicho estado -
como una Heideggeridad de ojos hundidos.

cuando no podemos dormir observamos
el bostezo de la policía de nuestros cuerpos en bostezo
en la lectura para bostezar de fascinantes
boletines, reglamentos de condominio.

cuando no podemos dormir entonces recitamos
las dos o tres o cuatro líneas de los dos o tres poemas
que nos sabemos.

cuando no podemos dormir, somos pequeños acorazados
Potemkin.





Ron Winkler
Últimas noticias de la zona aleatoria
Traducción: Daniel Bencomo
UANL / Posdata Editores, 2018.

miércoles, agosto 21, 2019

Cinco poemas de Eduardo Milán


POLÍTICA la música y política la arena,
políticos el viento y sus alrededores.
Político el silbido de la serpiente
superficial sobre la arena superficial,
su seseo dejó una huella. Vean:
SSSSSSSSSSSSS -dejó una huella.
El viento sobre la arena la borrará,
su goma de borrar seseos, silbidos
para que sólo haya un silbido sin tiempo,
el suyo, sin memoria. Porque si no es de la memoria
de lo que se trata de qué se trata esta embestida
de la bestia que se vistió de nosotros, de plural,
de primera persona del plural: masa.
Más que de pan habría que hablar de Pan,
Pan los trajo aquí donde la ausencia es mayúscula.





EL POEMA  que se dio cuenta
Que permanecería sólo en la deriva
De escribir sobre el poema
Salvaba así su vida. No temas -se dijo-,
El tema del poema es el poema.
Fuente que se alivia: parió.
Autonomía, autonomía.
Grito que se despliega por el pueblo
Que sobre sí mismo se dobló
Por un momento, respiro, por aliento,
Al poema le salvaste la vida.
Y también lo invisible, inocente
Reino que no se reduce.





UN POETA dice de otro:
«este tipo miente». Y nubes
ciñen su entrecejo, y las ovejas
suspenden su serena flotación.
¿Cómo lo sabe? Era una escritura
poéticamente correcta, iba
contra lo establecido del lenguaje cotidiano
y también contra lo establecido del poético,
volvía sobre sus pasos -no exactamente:
un surco más abajo- cumplía:
con las generales de la ley, imagen tras imagen,
fila india que entre dos levanta humo,
olía a incienso fuera de la recámara,
avanzaba hacia un Japón barroco, inexistente.
Y se oía el trote de un caballo.
¿Cómo supo el poeta que mentía el otro?
Es muy difícil no mentir en poesía,
entre una imagen, no mentir, y la siguiente.
Pero se puede. Lo leí en Miguel Casado.





«LA CRÍTICA brutal a todo lo existente»
incluye una crítica brutal al lenguaje poético
un lenguaje que venía -parecía-
salvado de todas -sólo el insecto

la poesía que cree que en su lenguaje está cuidada
no está cuidada en su lenguaje
-«contame un cuento para dormir, papá»
-te cuento: la poesía es lugar que no tiene lugar
eso lo hace un lugar de gran coartada de vida
lo que no tiene lugar no se destruye
la lucha es por los lugares y los bienes
verdaderos males para los que no los tienen
rima asonante

la muerte de la poesía es de una belleza perfecta
funerales de lo que no tiene lugar
luto de lo sin lugar
góndolas cubiertas en procesión por los canales
Venecia negra

Casanova murió, sigue la poesía

Cita: Marx





NO ESTÁ en ti estar, reina irreal, con un triste,
A su lado, asoleado de pena,
Ni en un triste con una que se va con la primera
Risa más lejos de lo que parece,
Esto es así, así es esto, el revés de lo mismo.
Por eso todo el mundo los veía raro,
Por eso murmuraban a su espalda el primer poema
Nacido en el río, a la orilla que crece, puro
Crepitar crédulo, zumban libélulas.





Eduardo Milán
Consuma resta II
Libros de la Resistencia, 2019.

viernes, junio 21, 2019

Migraciones (fragmento)


y atados de heno y de alfalfa para el ganado
y atados de juncos y plumas de avestruz y caléndulas
y racimos de estrellas y atados de pico de tucán
y atados de claveles rojos y rosas muchas rosas
y allí está la muchacha que pintó Diego Rivera
con los alcatraces
y olvidada en una caja de habanos
la fotografía de la abuela rusa en Xochimilco
en una trajinera cargada de alcatraces
y veo a mi abuela poblana en su casona de Las Lomas
y es la canícula desbordándose
y el aire se tiñe de pétalos
y la veranda de tan blanca se me pierde
y yo me pierdo en el recuerdo
y veo a mi mamá poniéndole alcatraces
a un jarrón de talavera y en la radio
están tocando los boleros que tanto le gustan
y veo a mi nana y veo a esa niña que soy yo
llevándole alcatraces a mi mamá
y me veo hoy ahora aquí
aquí después de todos estos años
y tengo en un florero unos alcatraces
y estoy oyendo los mismos boleros que oía mi mamá
y el tiempo se diluye en muchos tiempos
y mi vida está hecha de muchas vidas
mi nana y yo comemos en una fonda
pedimos tasajo y sopa de médula
bebo a grandes sorbos una coca-cola bien fría
y me sabe tan rica que se me saltan las lágrimas
mi nana me compra un algodón de azúcar
me compra chochitos de anís
y yo emberrinchándome
me compra una nieve de limón
y se me pasa el berrinche
mi nana Lupe habla poco
es de Oaxaca y no sabe bien español
me lleva a misa a escondidas de mis padres
me enseña a persignarme
y me encomienda a la Virgen de Guadalupe
ay! virgencita Madre de Dios
consoladora de los afligidos
salud de los enfermos
refugio de los pecadores
rosa mística
líbrame del mal
qué te digo virgencita qué más te digo
con qué palabras si no sé el Ave María
con qué palabras si tengo tanto miedo
tendrías que abrir la herida
abrir ahí en esa trizadura
y en esos los tantos y tan heridos días
y en los tantos yerros
y en ese despojo y en esa violencia de mí hacia mí
y en todos esos los años en que me desperdicié
y me olvidé de mí
y me acuso porque eso me hice y más
y eso y más para que mi mamá me quisiera
y eso y más para merecer su amor
y sigo queriéndola y sigo obedeciéndola
y aún muerta sigo obedeciéndola
y aún en contra de mí sigo obedeciéndola
y para ella y por ella ofrezco mi daño
santificado sea su nombre
ruega por nosotras
ruega por nosotras
ruega por nosotras
ni rezarte sé virgencita
ni el Padre Nuestro ni tus letanías me sé
Madre sin pecado concebida
la que está en falta soy yo
yo que no he podido llegar a ser yo
y lo huérfano ahí
ahí de raíz
y mi nana me cuenta de su nahual
y me dice que las niñas blancas no tienen nahual
y que voy a estar siempre sola y desprotegida
y yo me abrazo a ella y lloro con ella
y ella me enreda en su rebozo
el rebozo huele a humedad y a sudor
y nunca más volví a oler ese olor
tan de ella y tan solamente de ella
un día se largó con el jardinero
debe haber muerto hace mucho
a mí se me murió cuando me dejó y se fue
aparece en casi todas mis fotos de niña junto a mí

¿dónde quedó lo que viví lo que creí vivir?
¿dónde el sueño que fui que sigo siendo?
dónde toda esa gente y todos esos días que desaparecieron
como en los cementerios en que no hay nombres
no hay fechas sólo pedazos de cerámica rota




Gloria Gervitz
Migraciones. Poema 1976-2016
Mangos de Hacha, 2017.

domingo, abril 21, 2019

Cinco poemas de Bosco Centeno


La oropéndola

La oropéndola en
la rama del genízaro
picotea hambrienta
la roja carne
de una pitahaya;
mi presencia
interrumpe su comida
y asustada
se aleja
              chillando.







Esta luna que se confunde

Esta luna que se confunde
con anuncios de neón
entre grandes edificios de hierro y cemento
me cuesta creer que sale entre islas y lago
frente a mi casa en Solentiname.
Aquí hay carros, motos, ruidos
y no los siento como el rumor del lago
el canto del pocoyo y la lechuza.







Sudorosos y enlodados

Sudorosos y enlodados,
tres días de marcha y cuatro emboscando,
pálidos, con el cuerpo lleno de piquetes
la mochila pesada como una cruz
pasando las postas del campamento despacio;
compañeros con la mirada nos preguntan:
-¿Todos completos?- Compañero, ni un tiro en siete días;
nada de contar.
Otros compañeros saldrán mañana a emboscar.






Exilio

Ese güis sentado
en una antena de televisión
está cantando igual que yo
una canción triste.
Aunque mañana cantaremos
en un árbol de grandes ramas.







Quise contarte cómo el río tiene
en su música una armonía de chorchas,
correas y martín-peñas, grillos y ranas,
de los saltos de los sábalos reales
en los remansos del río;
y de cómo las gallinitas de playa se
confunden con el violeta de las flores
de los gamalotes; pero vos despreciaste
mis poemas y te alejaste silenciosa
como el vuelo de una garza al atardecer.







Bosco Centeno
Puyonearon los granos
Ministerio de Cultura de Nicaragua, 1983.

miércoles, marzo 13, 2019

Caballo no entra (fragmentos)


¿Para qué nos sirve el arte en estos días? En La Esmeralda había de dos, los que se metían al rollo del "chido maestro, todo está chingón" y los picudazos que se recitaban a Adorno para interpretar un cuadro de manzanas. ¿Cuál era el bueno? Quién sabe, todos tenían becas de aquí y de allá, todos eran cuates y se criticaban sólo en reuniones secretas. ¿A quién podía importarle un carajo esto? No creo que sea diferente de cualquier otro ramo. Así ocurren las cosas en mi país y no hay antídoto contra el mundo. El mundo está ahí afuera: Estados Unidos matando iraquíes, israelíes palestinos, europeos turcos y africanos, ticos nicas, zapotecos mixtecos,  pochos cholos, fecal amlo, norte sur, este oeste, tiburones ganarán cueste a quien le cueste. Ser fresa o ser banda ya no era opción, porque hacía un buen rato que se había instaurado el eje cultural Neza-Polanco.





Cuando se vive bajo la sospecha del arte no es necesario hablar un lenguaje único. Yo nunca tuve que decir "te amo". Me inventaba cualquier cosa y le ponía la cédula de metáfora. Una vez conocí a una lingüista que daba taller de creación en un café cerca del metro Universidad. Como todos los sábados yo iba por allí a tomar clases de alemán, a veces le caía. Ella era simpática y platicábamos a todo dar, ¿cómo decir?, estaba al nivel. Una vez me invitó a otro taller que se reunía en una casa cerca del teatro Insurgentes. No me pareció que la cosa iba de ligue porque ella no me daba bola. Así que me lancé esa tarde a la dirección que me dejó y llegué a la casa de un poeta, creo que uruguayo. Había unas doce personas y un chorro de botellas de vino y quesos. Rápidamente me senté cerca de la mesa para apañar la botella, por si se ponía muy de hueva la cosa. Comenzó la sesión y el viejo hablaba y leía que parecía un dragón. Todo el mundo se quedó volando en la silla. Al final hubo un par de comentarios, pero se sabía que el maremoto ya había pasado. La plática se relajó y los ojos de todos cayeron sobre mí cuando la chava del taller me presentó como pintor, ahí se soltó la romería. Las preguntas comenzaron sencillas, pero a los dos minutos ya era un interrogatorio, me bombardeaban con un chingo de nombres de los cuales no tenía idea. Intenté sacudírmelos con algo de expresionismo, ligando el concepto de sublime al Renacimiento, pero me cortaron enseguida con otros diez nombres que sonaban muy gruesos. El viejo poeta se dio cuenta de la paliza y se acercó a mi lado con un librito en las manos.

Tomá, me dijo, lo acabamos de publicar en la colección de la revista, es sobre un pintor que se llama van Velde, te va a gustar, era un tipo de pocas palabras, como vos, y comenzó a reír, a lo que el resto del rebaño tomó como que había terminado la madriza. Ese día me sentí infinitamente ignorante y no volví nunca más a los talleres, sin embargo, ahí comenzó todo.





El extraño caso del secuestro de los cines. Itzel estaba feliz porque las nuevas salas habían sido construidas en el complejo comercial Plaza del Valle. Yo no le veía caso tener que ir hasta allá sólo para ir al cine, el trauma del transporte lo traía muy clavado desde el DF. Al final resultó que el gobernador los había construido de su bolsa y, para asegurarse el público, mandó cerrar el resto de las salas que había en la ciudad. Por atascada que resulte la estrategia, así fue. El único que se salvó fue el Pochote y eso porque no cobraba la entrada y las pelis no eran nuevas, de lo contrario no se hubiera salvado. Cosas de ese estilo pasaban siempre, yo me quedaba perplejo con todos esos manejes. ¿Cómo era posible que nadie se quejara? Juro que a gran parte de la población le parecía una maravilla que pusieran los nuevos cines a costa de los que ya estaban, aunque fueran el doble de caros y el doble de lejos. Vaya, con decir que hasta el cine que abrían sólo para las muestras de películas independientes, que por lo general no son muy concurridas, hasta ese mandaron cerrar y jalaron las muestras para las nuevas salas. Acostumbrado al cine relegado, con mi espíritu de espectador precario en las salas de la UNAM, del Chopo o en la misma Cineteca, simplemente sentía y siento que algo no cuaja en ir a ver una muestra de verano a un Multicine, es tan bizarro como pedir una chela en McDonald's.





La situación era insoportable. Los grupos hablaban de necesidades diferentes. Luchas diferentes, pero el común denominador era la causa contra el gobierno. Nadie lo quería, lo llamaban rata. Hacían piñatas con la cabeza del góber y el cuerpo de un ratón. Era una fiesta del simbolismo. Por nada fue un movimiento social completo, pero a la iniciativa privada no le pareció. ¿Iniciativa privada? Un nombre elaborado para decir qué, ¿comercio?, ¿reaccionarios?, ¿empresarios?, ¿dueños de tiendas? Las mismas tiendas y los mismos dueños desde hace años. El hotel junto a la catedral se llama Marqués del Valle, que es una traducción de Hernán Cortés, ¿alguien lo sabe? Sí, todos lo saben. A nadie le importa.





José Molina
Caballo no entra
Luz & Sonido, 2017.

jueves, febrero 21, 2019

Si tuviese un billete de diez mil


Si yo tuviese ahora un billete
de diez mil guaraníes
¡Ah, si yo tuviese ahora un buen billete
de diez mil guaraníes!

Primero besaría a mi negro escocés en el hocico
y luego iríamos juntos por la calle
Orgullosos y altivos como buenos burgueses,
a nadie dejaríamos mirarnos
Burlona les diría nuestra sonrisa:
"A otros con ese hueso, pobres gentes;
¿es que no veis que somos respetables?"

Saludaríamos a la despensera
alegre y cordialmente, como quien lleva
un billete de diez mil en el bolsillo
Un billete es pasaporte a la sonrisa
en la despensa, en la calle y en la vida

Dos botellas de un litro cada una
de cerveza muy fría compraríamos
¡Y adiós nuestro billete de diez mil guaraníes!

Pero la noche, los astros y la risa
nos daría por él tan ventajoso trato

Si yo tuviese ahora un buen billete
de diez mil guaraníes,
compraría tabaco y no me preocuparía ya el insomnio
Jugaríamos mi escocés y yo hasta la mañana,
si yo tuviera insomnio, ambos tranquilos
por tener con nosotros un billete de diez mil guaraníes

Tras comprar el tabaco, de cinco mil,
no de diez mil, sería nuestro billete
Pero, obteniendo a cambio los juegos y la risa,
un buen negocio así habríamos hecho
mi escocés y yo

Si tuviésemos ahora un buen billete
de diez mil guaraníes,
quizá de tan seguros descansaríamos
profundamente y por largas horas
Y, más fuertes y sanos ya despiertos,
mejor enfrentaríamos el universo hostil

¡Ah, si tuviese ahora un buen billete
de diez mil guaraníes!
Mantendría a la Muerte a raya un rato más

Para nosotros dos, mi peludito,
el tiempo no es dinero, mas lo inverso
lo haríamos funcionar mejor que nadie
Veamos, ¿cuánto tiempo
podríamos comprar con diez mil guaraníes?

Días, meses, minutos, no me importa
Dejadme solo un ratito más
No os cuesta nada, y de cualquier manera
vosotros ya ganasteis este juego
Solo quisiera que no os deis conmigo
tanta prisa / No sé, no debería
dejar mi ropa interior desparramada,
ni tampoco en desorden mis papeles,
ni tanto sin hacer y en el tintero,
ni tantos días del futuro intactos
Además, qué os cuesta,
si ya me habíais ganado
desde el principio

Ay, mi peludo amigo, ¡y pensar que a nosotros
nos gusta de verdad tanto vivir
y que lo hacemos con tal gracia y talento!
¡Si tan solo tuviésemos ahora
un buen billete de diez mil guaraníes!

Si no hubiera para mí uno de diez, aceptaría incluso
uno de cinco mil
Y hasta uno de mil guaraníes acepto
Ah, mi perro bonito, pensar que ya tenemos
que empezar a aprender a despedirnos
del dinero del tiempo Del oro de los días
Del oro del futuro Del oro de la vida





Montserrat Álvarez
Panzer Plastic
Colección Underwood, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2008.

jueves, febrero 07, 2019

Tres poemas de Wendy Guerra


Platea a oscuras

(poema de los espectadores)

Me han estado mirando desde el centro
lo sé
no les daré ni un dato de mi conspiración
y aunque sigan pidiéndome el silbato
dejaré de asistir
pero
tendré en mi cuello siempre su sonido.
Está ese proscenio a buen recaudo del tendido
que no me dejará salir volando
en caso de peligro arrancaré las luces
y soltaré a pedazos los vestidos.
Me han estado mirando desde la platea
no aplaudieron
no compraron programas
no cruzaron las piernas
no salieron a la calle
no estuvieron nunca en el butacón pero me miran.





Ellos son de los años sesenta

Hablan de Waldo, de la escuela
y bajito para que yo no escuche
las amigas de mamá preguntan
por sus antiguos novios.

Estoy demasiado cerca de ellos
cada mañana de domingo
cuando recojo las tazas sin vino
y las botellas llenas de ceniza
me doy cuenta de que tengo algo de ellos
que también siento nostalgia por los que faltan
y que aunque no quieran aceptarlo
Elena Burke y Los Beatles
me detienen a pensar.

¿Dónde yo estaba?
Y ¿cómo habría sido ante aquellos problemas
que recuerdan?

Me río de las barrigas de algunos
y del inexplicable aspecto atlético de otros.

Ellos
y también mamá
son de los años sesenta.





Colección de estampillas

Se ha quedado quieto el coleccionista
llorando al centro
mientras
por siempre sus únicas divinidades
descubiertas
se vuelven pobres colecciones enumeradas
que se acaban
y que no son viejos con bocas diferentes
sino miles de Molière
miles de unas locomotoras
y no ruinas de cartón
y no nubes
y no todo lo que antes
veía crecer como esperaba en sus hallazgos
fino humor de quien las dispersa
y todo se repite
y la cinta estelar del astrolabio
gira
al mismo centro
mientras Molière
descubre que todo acabó en su cuaderno
y que no sabe nada
y descubre mal
Molière tiene la culpa
mira desde el sello al coleccionista
que llora desde el centro
como queriendo adivinar
cuánto falta para terminar de descubrirse.




Wendy Guerra
Un grupo avanza silencioso (II). Antología de poetas cubanos nacidos entre 1958 y 1972
Selección: Gaspar Aguilera Díaz
UNAM, 1990.

lunes, enero 28, 2019

Tres poemas de Arturo Carrera


Cerca del molinete

Acompañaba a un amigo que visitaba
esa estación, ese pueblito.

Me quedé en el auto, esperándolo.
Y de a poco,
comencé a oír las voces y los gritos
de unos chiquitos que jugaban a las escondidas.

El de voz más ronca, pero feliz,
contaba: "uno, dos, tres, cuatro... quince... salgo y salí..."
Imaginé que los otros cuchicheaban y
contenían la risa.

Y el que de súbito dejó de contar
se acercó a la ventanilla del auto y exploró mi cara
en silencio
como para decirme: "piedra libre el que está
en esa cara",

en esa noche;
en esa memoria interrumpida;

pero desvió la mirada,
viró hacia los bultos en sombras de sus compañeros
que se movían como pájaros en un resplandor tenue,
rojeante.

Por un momento sentí que desaparecían de mí
toda la dulzura y toda
la desesperación callada,

de aquella luz bienhechora de la infancia.





El cementerio de Pringles

Fuimos en aquella luz temprana
al cementerio.
Visitamos el panteón familiar. No pasamos del umbral.
Espiamos
a través del vidrio de la entrada.

Atrás, el pequeño vitral
con la cara de Cristo,

indiferente;

pero suelta débiles colores. Una maraña transparente
de hilillos --ambarina y compacta--
une entre sí los ataúdes.

Diría que esas telarañas murmuran
cuando no conversan,

no cantan, creo que no; pero seguro que no se olvidaron de cantar y
sus murmullos parecen "boludeos" de adolescentes,
son apenas sedas de luz, líneas casi invisibles
que brillan exageradamente.

Confusa ligazón ahora en mi paladar
que parece increparme:

"¡no vuelvas más!; ¡Ni solo,
ni acompañado! ¡No vuelvas más!
Nuestra tela es el olvido."





Señales portátiles

¡Ojalá el verano se alargara
para recibir aún tus mensajes de texto,
ínfimos,
en una pantalla tan pequeña
como en los sueños tu cara!

¡Ojalá el verano contuviera
tu voz enfrentada a la mía
soportando el espacio y el tiempo
en que nos ocultamos!

¡Ojalá el verano desembolsara
sus noches más largas --sus pesadillas más difíciles
y
nuestros sueños indiscretos! No importa,

sólo para encontrarte.





Arturo Carrera
Las cuatro estaciones
Mansalva, 2008.

lunes, enero 07, 2019

Cuatro poemas de Francesca Gargallo


Junio

Podrida sobre el agua aletea
la muerte de las flores
y es silencioso
el pescador con su remo.
Susurros de pájaros
cultivos al sol y
tiburones.





Lo que mi padre decía y ahora sé

La piel tersa
cuya geografía recorrieron
las manos de mi juventud
no se me vedó.
Sólo que ahora es
demasiado cara.




No recibo pensiones como Virginia
ni los derechos de autor de Simone.
Me rompo el alma en una silla traduciendo
pierdo la voz con alumnas bostezantes.
Mas cuando las palabras fluyen
siento en ellas
a mis hermanas mayores.





Como los que nunca
tomaron el tren
dormidos
tras la sala de espera de segunda
desperté entumecida.





Francesca Gargallo
A manera de retrato una mujer cruza la calle
Universidad Autónoma Metropolitana, 1990.

viernes, diciembre 07, 2018

Tres poemas de Coral Bracho


(Observaciones)

Ese pájaro
que baja a picotear el asfalto
muy cerca de su pie, es algo
que jamás ha visto.
No hay con qué compararlo;
nada que lo emparente con aquel gato
o que comparta
con ese arbusto.
Todos son habitantes inesperados;
contundentes presencias
del espacio que, de momento,
compartimos con ellos. No hay reinos
que los reúnan o los separen
en sus precisos territorios,
ni palabras
donde se empalmen. Éste,
que ahora agita las alas
y brinca entre la hierba y el polvo,
es único.





(Diario)

Como un oleaje en el fulgor del aire,
la música
entraba en ti. Ráfagas de ríos levísimos
se extendían en tu cuerpo; y tus brazos y tus pies
se encendían en su calma brotante,
su movimiento.

—¡Qué hermoso!
exclamaste de pronto. Y sin mirar,
sin entender, te volviste hacia aquel oscuro,
y ya implacable, silencio.





(Diario)

Vine por eso
que pasó en Acteal.
Eso espantoso que pasó. Sí,
vine sola.
Pero aquí están todos.
Fue el gobierno, gritan.
Y yo también.





Coral Bracho
Debe ser un malentendido
Era, 2018.

miércoles, noviembre 28, 2018

Tres poemas de Joseph Brodsky


El explorador polar

A M. B.

Devorados ya todos los perros. En su diario
no ha quedado hoja en blanco. La foto de la esposa
cubierta de palabras, a modo de rosario:
en su rostro el lunar de una fecha dudosa.
Otra foto: la hermana. Pero no se consterna;
marca su latitud. Mientras tanto se ve
que la gangrena, oscura, le sube por la pierna
como la media de una mujer de cabaret.





Intervención en la Sorbona

Conviene, en todo caso, estudiar filosofía
después de los cincuenta. O al menos, armar un modelo
de sociedad. Antes se debe
aprender a hacer sopa, a freír (o a pescar)
un pescado, a hacer un buen café.
De lo contrario, las leyes morales
huelen a cinturón paterno o a traducción
del alemán. Hay que aprender primero
a perder las cosas, en vez de a adquirirlas,
odiarse a uno mismo más que al tirano,
apartar durante años la mitad de tu mísero sueldo
para pagar la renta, antes de razonar
sobre el triunfo de la justicia. Que llega siempre tarde
con un retraso, al menos, de un cuarto de siglo.

Conviene estudiar la obra de un filósofo a través del prisma
de la experiencia, o con ganas (que es casi lo mismo),
cuando las letras se derriten, o cuando una dama
desnuda sobre las sábanas arrugadas vuelve a ser
una foto o la reproducción
del cuadro de un pintor. El verdadero amor
a la sabiduría no pide ser correspondido
y no termina en boda,
como ese ladrillo publicado en Göttingen,
sino en la indiferencia hacia uno mismo,
en el color de la vergüenza --en elegía, a veces.

(Suena el tranvía en algún sitio, se te cierran los ojos,
los soldados regresan, cantando, del burdel;
sólo la lluvia nos recuerda a Hegel).

La verdad es que la verdad
no existe. Ello no nos libera
de responsabilidad. Sino por el contrario:
la ética no es más que ese vacío,
que la conducta humana llena continuamente;
no es más, si les parece, que el universo mismo.
Y los dioses no aman la bondad por sus ojos bonitos,
sino porque, de no existir el Bien, ellos no existirían.
Así que también ellos rellenan el vacío,
quizás de una manera aún más sistemática
que la nuestra, pues en nosotros
no se puede confiar. Aunque ahora somos más
numerosos que nunca, no estamos en Grecia:
nos arruinan las nubes bajas, y la lluvia, como he dicho antes.

Hay que estudiar filosofía cuando
ya no necesitas la filosofía. Cuando adivinas
que las sillas del comedor y la Vía Láctea
están conectadas de un modo más estrecho
que las causas y efectos, más que tú y tu familia.
Que lo que las constelaciones y la sillas
tienen en común es que son insensibles, inhumanas.
¡Es un lazo más fuerte que la sangre
o la cópula! Por supuesto, no debemos
tratar de parecernos a las cosas. Por otra parte,
cuando estás enfermo no es imprescindible sanar ni preocuparse
por la propia apariencia. Esto es lo que se aprende
después de los cincuenta. Y es también la razón por la que al vernos
en el espejo a veces confundimos la estética con la metafísica.





El grito del halcón en el otoño

El viento que nos llega del noroeste
lo eleva sobre el valle de Connecticut:
gris, carmesí, morado y escarlata.
Desde allá arriba ya no se divisa
el sabroso paseo de los pollos
ni el de un ratón de campo en el lindero.

Solo, flotando en la corriente de aire,
lo que ves es una hilera de colinas
achatadas, la plata de los ríos
serpenteantes, como una espada viva,
acero entre meandros, y los pueblos,
como abalorios, de Nueva Inglaterra.

Los termómetros marcan bajo cero
como unos lares dentro de sus nichos.
Las puntas de los templos, congeladas,
contienen el incendio de las hojas.
Aunque para el halcón no son iglesias.
Y por encima de los píos deseos

de los fieles remonta el mar celeste,
pico cerrado, patas contra el vientre
--las garras recogidas como un puño--
sintiendo por debajo en cada pluma
el empuje del aire y en respuesta
los destellos del ojo. Va hacia el Sur,

al Río Grande, al delta, a los hayedos
sofocantes, ocultos en la espuma
poderosa de la hierba afilada,
a un nido, al roto cascarón moteado
de escarlata, a un aroma o la sombra

de un hermano o hermana.

                                          Corazón
recubierto de carne, plumas, alas,
palpitando febril, acalorado,
mientras su cuerpo alado en movimiento
es tijera en el cielo del otoño,
y el azul, más azul por ese punto,
oscura mancha casi imperceptible,

esa sombra que oscila sobre el pino;
gracias al rostro inexpresivo y plano
de algún niño con frío en la ventana,
a la pareja que sale del coche,
a la mujer parada en el portal.

Hacia arriba lo empuja la corriente,
siempre más alto, todavía más alto,
y punza el frío su vientre emplumado.
Mira hacia abajo, trata de orientarse
al ver cómo se ofusca el horizonte,
ve, o le parece ver, los trece estados

primeros, y a lo lejos el humo
que brota, lento, de las chimeneas.
La cantidad de chimeneas le indica
al ave solitaria su altitud.
¡He llegado tan alto! Y el orgullo
viene a mezclarse entonces con el miedo.

Girando sobre un ala, hace un picado.
Pero el aire, como una capa elástica,
lo rebota hasta el cielo, hasta el espacio
helado e incoloro. En su pupila
hay un brillo malvado, una amalgama
de rabia con horror. De nuevo intenta

su descenso. Y de nuevo retrocede,
como una pelota contra la pared,
o el regreso a la fe del renegado.
¡Y son tantas sus ganas! Llegaría
hasta quién sabe dónde, en la ionósfera,
ese objetivo infierno sideral

de las aves. Donde escasea el oxígeno,
donde en lugar de mijo sólo hay granos
de lejanas estrellas. Son los Campos
Elíseos de los hombres, aunque para
las aves representa lo opuesto. No es
con la mente, sino con los pulmones,
que el ave intuye que ya no hay remedio.

Grita entonces. Y de su pico curvo
sale un molesto sonido mecánico,
como el graznido cruel de las Erinias,
o el acero rasgando el aluminio.
Un ruido que resulta insoportable
por no estar destinado a nuestro oído,

ni al del hombre, ni al de la ardilla roja
en su abedul, ni al zorro sorprendido
sin madriguera, ni al ratón de campo.
Nadie puede pagar con tantas lágrimas.
Sólo los perros alzan el hocico.

Un grito agudo, fiero, penetrante,
más terrible que ese re sostenido
del diamante cuando corta el cristal,
cruza el cielo, y en ese instante el mundo
parece estremecerse, lastimado.
Pues el calor allá, por lo más alto,

quema el gélido espacio, como acá
la verja helada quema cualquier mano
que se atreva a tocarla sin un guante.
"Mira, arriba", decimos, el halcón
lacrimoso, ¿no ves la telaraña
que teje ese sonido? Diminutas

ondas perdidas sin el menor eco
en la bóveda que huele a sonora
apoteosis, sobre todo en octubre.
El ave brilla en el celeste encaje,
y se cubre de escarcha mientras flota:
plateada en el cenit, como una estrella.

Con prismáticos, puede divisarse
una perla, detalle incandescente.
Y desde arriba nos llega el sonido:
un ruido de vajilla que se quiebra,
como el antiguo cristal de familia
cuyos fragmentos no pueden herirnos,

sino que se derriten en la mano.
Y al menos ese instante distinguimos
otra vez esos círculos y objetos,
la mancha iridiscente, el abanico,
los anillos, paréntesis y comas,
espigas y pestañas, que llamamos

libre juego y diseño de la pluma;
el mapa convertido en un puñado
de hojas secas que caen en las laderas.
Atrapándolas, corren por la calle
los niños con abrigos de colores
y gritan en inglés: "¡Invierno, invierno!"





Joseph Brodsky
El explorador polar. Antología poética bilingüe
Traducciones de Ernesto Hernández Busto y Ezequiel Zaidenwerg
Kriller 71, 2018.

miércoles, noviembre 07, 2018

Encuentros con Samuel Beckett (fragmento)


(29 de octubre de 1973)

¿Por qué he dejado que pasaran cinco años antes de volver a verlo? Naturalmente en la primavera de 1969 no fui a París y en otoño, cuando me disponía a escribirle, le concedieron el Premio Nobel. Admiradores, universitarios, viejos conocidos, antiguos camaradas de instituto y universidad, miembros de su familia, acudieron de Francia, Inglaterra, Irlanda y hasta Estados Unidos. Beckett quedó literalmente sumergido e incluso llegó a confesar a Bram que su piso se había convertido en un "auténtico burdel". A partir de ese momento, durante todos esos años, decidí no manifestarme.

Estábamos citados en la Closerie des Lilas. Yo nunca había entrado en ese local, y mientras lo esperaba no pude dejar de pensar en todos esos escritores famosos —Joyce, Hemingway, los surrealistas, tantos otros...— que han convertido este café en un lugar legendario. A las siete en punto, la hora de nuestra cita, percibo su elevada silueta. Gafas oscuras, chaqueta de borrego. Bufanda de color rojo pálido, con un matiz especialmente bonito.

Me acerco a él, me presento. Me contempla en silencio durante unos segundos mientras mantiene mi mano en la suya. Se quita las gafas y entramos.

Se quita la chaqueta y hace que me siente en el banco, mientras él se instala en una silla que coloca, con aire decidido, oblicuamente, de manera que no estemos cara a cara. Lleva un pantalón de pana oscuro y algo raído y un jersey de cuello azul gris.

Se sube las mangas. Está bronceado, relajado. Me sonríe. Después se absorbe en sí mismo y un espeso silencio se extiende sobre nosotros como un manto.

¿Cómo iniciar nuestro diálogo? Hablar de cosas poco importantes parece tan difícil como soltarle de golpe las preguntas que deseo hacerle. Hay en él tanta seriedad que impone silencio a tu agitación, te arrastra hacia el centro, reactiva de pronto lo que duerme en tu noche.

Pasa un buen rato antes de que pueda iniciar la conversación.

Acaba de pasar cinco semanas en Marruecos. Ha alquilado un coche y visitado el país, se ha bañado, paseado por los zocos, dormido en las playas...

¿Ha podido trabajar algo durante ese viaje?

—En absoluto. Más bien he intentado fugarme que perseguir algo.

Hablamos extensamente de Bram. Me pregunta qué tal le va, lo que ha pintado, si sigue siendo tan callado. Se lamenta de que ya no se vean, pero le puedo asegurar que eso no impide a Bram pensar en él a menudo.

Me habla de la hermana de Bram, Jacoba, que sobrevive malamente en Ámsterdam con un amigo más joven que ella pero que está paralítico. Me pregunta si lo sabe Bram. Y antes de responderle, con una sonrisa en la que se vislumbra perfectamente el afecto, prosigue:

—No, está fuera de todo eso.

Habla en voz muy baja, con frases cortas, y a veces, a causa del barullo, se pierden algunas palabras y no puedo entender lo que dice.

Durante estos últimos años, ha consolidado algunas puestas en escena. Especialmente en Alemania. Le pregunto si eso le interesa.

—Sí. Pero forma parte de la diversión.

Lamenta que en Colonia, donde han montado Fin de partida, hayan ignorado las indicaciones de la puesta en escena y situado la obra en un asilo de ancianos. Eso lo convierte en caricaturesco.

Le hablo de las decenas de rechazos que ha tenido que soportar con Watt, después con Molloy. Me confiesa que había renunciado a publicar.

—Fue mi mujer, Suzanne, quien insistió y encontró a Lindon en Les Éditions de Minuit.

Y como intento analizar las razones por las cuales no podía sino tropezarse con rechazos, concluye:

—Sí, había una suerte de indecencia... una indecencia ontológica.

Menciono el problema de las traducciones y me explica que es él quien tiene que hacerlas. Si deja que se encarguen otros, entonces tiene que revisar el texto palabra por palabra y eso le supone todavía más trabajo y más dificultades.

¿Qué piensa de esos ensayos y esas tesis que le dedican? Yo le confieso que muchas veces no entiendo nada de esos análisis que me parecen una vivisección inútil. Hace un gesto con la mano en el aire, como para apartar algo que le molesta.

—Es demencia universitaria...

Me habla extensamente del envejecimiento. De la importancia que adquiere el oído en relación con la vista. A partir de ahora, los ojos tienen mucha menos importancia.

No, no escribe mientras camina. No, tampoco padece insomnio.

Le sorprende saber que conozco sus Foirades. Me va a enviar su última obra de teatro. La van a representar en Londres, después en Alemania, y la va a montar Madeleine Renaud que, en escena, sólo será una boca.

Últimamente he tenido que releer Molloy y la continuación para una nueva edición.

—¿Qué impresión le ha producido esa lectura?

Baja la cabeza, mira al vacío y se da cuenta de que no es fácil encontrar una respuesta. De pronto su mirada, su rostro, adquieren una rigidez pétrea y entonces puedo ver que ya no tiene la menor conciencia del lugar y del momento. Es un espectáculo fascinante. Estoy a menos de un metro de él y bastante turbado, pero estoy seguro de que no ve que lo estoy mirando. Lo escudriño con una atención devoradora.

Había olvidado lo característico que es y lo impresionante. Un rostro tan hermoso de frente como de perfil, donde se leen la hipersensibilidad y la energía. Una mirada de vidente, de una intensidad extraordinaria. La frente surcada por arrugas profundas. La nariz aquilina. Las cejas hirsutas y sin recortar. Las mejillas hundidas y sin afeitar. La boca ancha. Los labios finos. Los cabellos grises, recios y alborotados.

Pasan dos, posiblemente tres, minutos interminables. Después la piedra se anima y desvío mi mirada. Otro momento de silencio. Y cuando me dispongo a plantearle otra pregunta, convencido de que ha olvidado la anterior, afirma:

—Ya no me siento en casa.

Puedo asegurar que leyéndolo presentí esta aptitud suya para absorberse de forma total y espontánea en lo que le preocupa.

Sus logros en cadena, que te dejan exhausto y estupefacto, la manera tan particular que tiene de explotar una imagen o una metáfora, de sacar deducciones sorprendentes de la forma más inesperada, dan a entender que en cada palabra empleada ha invertido todas sus energías, su poder de atención y su inventiva, y que, por tanto, es capaz de sumergirse por entero en aquello que imperiosamente lo solicita.

Tomando muchísimas precauciones, le explico que, a mi entender, la trayectoria de un artista no puede concebirse sin una rigurosa exigencia ética.

Largo silencio.

—Lo que me dice es justo. Pero los valores morales no son accesibles. Y no se los puede definir. Para definirlos, habría que pronunciar un juicio de valor, cosa que no es posible. Por eso nunca he estado de acuerdo con esa noción del teatro del absurdo. Porque ahí hay un juicio de valor. Ni siquiera se puede hablar de lo verdadero. Es lo que forma parte del infortunio. Paradójicamente, el artista puede encontrar una especie de salida gracias a la forma. Dando forma a lo informe. Probablemente sólo en este sentido podría haber una afirmación subyacente.

Le pregunto por su vida, por la manera en que se han desarrollado las cosas para él.

Cuando era adolescente, no pensaba en convertirse en escritor. Una vez terminados los estudios, empezó una carrera universitaria. Primero fue lector de francés en la Universidad de Dublín. Pero un año después ya no podía soportar esa vida. Y literalmente se fugó. Llegó a Alemania. Desde allí envió su dimisión.

—Me porté realmente muy mal.

Llegó a Francia. No tenía ni dinero ni documentación. Acababan de asesinar al presidente Paul Doumer (era en 1932), y los extranjeros estaban muy vigilados.

Gracias a una traducción de El barco ebrio para una revista americana, pudo disponer de algún dinero. Para que no lo expulsaran, volvió a Londres. Durante cierto tiempo soñó con ser crítico literario. Para ello entró en contacto con diferentes periódicos, pero sin conseguir absolutamente nada. Volvió a casa de sus padres. Su padre estaba deshecho. Había tenido que dejar la escuela a los quince años, renunciar a sus estudios, y es fácil comprender que no pudiera entender la postura de su hijo.

Tenía veintiséis años y se consideraba un fracasado. En 1933, su padre muere y esta desaparición le afecta profundamente. Hereda una pequeña suma de dinero y se marcha a Londres, donde alquila un apartamento amueblado y vive muy pobremente.

En 1936, tras un largo periodo de crisis, visita Alemania. En tren y a pie.

En el verano de 1937 se instala en París. Entabla amistad con Geer y Bram van Velde, frecuenta a Giacometti y a Duchamp.

Después, estalla la guerra. En 1942, él y su mujer escapan por poco de la Gestapo y después se refugian en Roussillon, en Vaucluse.

En 1945, vuelve a Dublín para visitar a su madre. Después pasa unos cuantos meses en Saint-Lo como almacenista e intérprete en un hospital abierto por la Cruz Roja irlandesa.

En 1946, regresa a Irlanda y durante ese viaje experimenta aquella convulsión que modificó radicalmente su manera de enfocar la escritura y su concepción del relato.

—Esta toma de conciencia ¿fue progresiva o fulgurante?

Habla de una crisis, de instantes de súbita revelación.

—Hasta ese momento había creído que podía confiar en el conocimiento. Que debía equiparme en el plano intelectual. Aquel día todo se desmoronó.

Sus propias palabras me vienen a los labios: "Escribí Molloy y lo que sigue el día en que comprendí mi estupidez. Entonces me puse a escribir las cosas que siento".

Sonríe inclinando la cabeza.

Era de noche. Como tantas veces, erraba solitario y se encontró en la punta de un muelle barrido por la tempestad. Entonces pareció que todo recuperaba su lugar: años de dudas, de búsquedas, de preguntas, de fracasos (unos días después cumpliría cuarenta años), cobraron de pronto sentido y la visión de lo que tendría que realizar se le impuso como una evidencia.

—Entreví el mundo que debía crear para poder respirar.

Empezó Molloy cuando todavía estaba junto a su madre. Lo siguió en París, después en Menton, donde un amigo irlandés le había prestado una casa. Pero una vez acabada la primera parte, no sabía cómo continuar.

Ya no pasaba los apuros de los años anteriores, pero todo seguía siendo difícil. Y así, en la primera página del manuscrito de Molloy, figuran las siguientes palabras: "Como último recurso".

Seguidamente, hasta 1950, arrastrado por un verdadero frenesí creador, escribió Molloy, Malone muere, Esperando a Godot, El innombrable, Textos para nada, que son las únicas obras que merecen su aprobación. Considera que los textos posteriores a 1950 sólo son intentos. Que posiblemente sólo en el teatro hay páginas algo superiores al resto.

Observa que lo que escribe ya no tiene ese tono febril que me impresionó tanto en Textos para nada y en El innombrable. Sabe que lo que le queda por decir está cada vez más restringido y tiene la impresión de que casi podría atraparlo o, en todo caso, delimitarlo mejor.

Hablamos de los textos que acaba de escribir y que sólo tienen algunas páginas. Menciona esos cuadros holandeses del siglo XVII que sirven de memento mori. Uno de ellos representa a San Jerónimo meditando junto a una calavera. Al igual que los pintores que nos han dejado esos cuadros, él quisiera poder contar la vida y la muerte en un espacio extremadamente reducido.

Me vuelve a hablar de la vejez. Pero sin la menor amargura. Más bien con una pizca de jovialidad. El apaciguamiento experimentado le permite escribir con más tranquilidad. Pero teme caer en cierto formalismo. Esos textos tan breves están muy trabajados y han pasado por diferentes etapas. Imaginación muerta imagina ha sido precedido de ocho versiones. En principio, progresa siempre en el sentido de la reducción.

Va a aparecer en italiano un texto de una página y media que se titula Still (silencio e inmovilidad).

Le pregunto si sigue quedándose horas y horas callado e inactivo, escuchando y observando lo que habla y ocurre dentro de él. Me repite que el oído cobra cada vez más importancia en relación con la vista.

De nuevo me habla de la vejez. Esta vez con una especie de resignación abrumada.

Le recuerdo que, durante nuestra primera entrevista, me había dicho que admiraba la vejez de Yeats.

—Sí, la de Yeats y la de Goethe..., la vejez activa y fecunda de los grandes creadores.

Me habla de Fragments, mi primer libro.

—Se puede observar en él un gran desamparo. ¿Le van mejor ahora las cosas?

Me pregunta por mi trabajo, por mi vida en Lyon; le hablo de mi Journal y de que después de que lo aceptara un editor no ha podido salir.

—No tiene ninguna importancia no publicar. Hacemos eso para poder respirar.

Me invita a que le envíe algunos de mis textos. En 1968, después de nuestra entrevista, y a petición suya, le mandé unos treinta poemas. Como respuesta me escribió una carta de la que reproduzco las siguientes palabras: "Aléjese usted tanto de sí mismo como de mí".


Le hablo de pintura y salen a relucir en la conversación los nombres de Matisse, Picasso y Dubuffet, de quien acabo de ver una retrospectiva. Asiente a todo lo que digo.

Está serio, sonríe, extremadamente presente y atento.

A medida que pasa el tiempo me encuentro menos coartado y, después de esta hora de conversación, me siento tan cercano a él que tengo la impresión de estar con un viejo amigo, a quien podría contar todo lo que quisiera. Por eso, ante mi asombro, me envalentono y le desvelo la importancia que ha tenido en mi vida el encuentro con su obra.

Así, un poco al azar, dando salida a todo lo que hay dentro de mí, me pongo a explicarle que me ha enseñado la lucidez, arrancado de la confusión, centrado en lo esencial. Que lo que él había escrito era tan nuevo, tan singular, que leyéndolo tuve la impresión de descubrir la lengua y la escritura. Que sentí una gran emoción al haber podido alcanzar en parajes tan extraños aquello que no cesaba de acosarme desde la adolescencia. Que me gustaba la desnudez y lo cortante de su frase, hecha de palabras limpias, exenta de toda retórica y de todo cerebralismo. Que he pasado decenas de horas recorriendo, interrogando, comentando esos textos en los que creía oír mi propia voz. Que el silencio que puebla las páginas de Textos para nada me había conducido a regiones de mí mismo en las que hasta ahora nunca me había aventurado. Que su obra, en cierta medida, me había destruido, pero que también había recibido una enorme energía. Que el conjunto de sus obras dibuja una curva perfecta, y que está muy bien sentir que cada una de ellas responde a una necesidad imperiosa. Que siento una admiración total por su vida ejemplar. Que es él, y nadie más que él, quien ha sabido revelarnos lo que es el hombre contemporáneo, y no tal escritor, demasiado preocupado en acompañar paso a paso su época. Que le agradezco que se haya mantenido apartado, porque sólo quien permanece al margen puede llegar a tener una visión capaz de taladrar profundamente y de abarcar vastos horizontes. Que considero que esta obra no afirma, sino que procede por negación, y por la negación de la negación, haciendo que en el intervalo surja lo que importa captar. Que me he preguntado decenas de veces quién podía ser ese hombre que ha escrito páginas tan auténticas y tan fundamentales, que había penetrado tan adentro en el sentimiento de desamparo, que había proyectado sobre el hombre y la condición humana una luz tan despiadada y desoladora. Que yo ya no sabía si tenía que seguir intentando escribir, pues él había agotado el terreno en el que yo pensaba que podía explorar algo.

Todo esto lo expresé atropelladamente y de un tirón, posiblemente con cierta pasión.

De pronto mi interlocutor se levanta. Me pide disculpas.

Vuelto bruscamente a la realidad de la situación, lo veo echar la cabeza para atrás, retraer los hombros e intentar respirar. Después de algunos pasos y, para acabar, desaparece dejándome confuso, lleno de turbación y de estupor.

Pasan tres o cuatro largos minutos y regresa.

Un silencio interminable, imposible de romper. Finalmente consigo preguntarle sobre lo que va a hacer en los próximos días.

—Aquí es imposible. Me molestan demasiado a menudo. Me voy al campo. Pasaré unos quince días.

Le confieso que un día me apeteció ir a ver su casa. Pasearme por los prados y los bosques que la rodean. (Al llegar al pueblecito cercano divisé a una dama de cierta edad y le pregunté si por casualidad sabía dónde estaba la casa del escritor Samuel Beckett. Mientras me lo indicaba tuve el presentimiento de que lo conocía. Y sin preocuparme de que me confirmara mi intuición le dije:

—Siento hacia ese hombre una admiración profundísima. ¿Podría hablarme usted de él?

Se quedó por unos momentos sorprendida y con una voz muy suave me contestó:

—Oh, el señor Beckett, el señor Beckett..., sabe, es un gran señor, un gran señor.

Me di cuenta de que todo lo que ella sabía y pensaba de él lo había querido resumir en esas pocas palabras y dejé de insistir.)

Allí —lo sé por un amigo común— escribe, toca el piano, hace la compra, se prepara las comidas, da largos paseos andando muy deprisa, pasa horas sin hacer nada, inmóvil, atento a lo que clama dentro de él.

—Pero cuando no ocurre nada, ¿qué hace usted?

—Siempre hay algo que escuchar.





Charles Juliet
Encuentros con Samuel Beckett
Traducción: Julia Escobar
Siruela, 2006.

domingo, octubre 21, 2018

Un poema y cuatro postales ecopoéticas de Nanao Sakaki


Kokopelli

Yo soy una canción
Yo soy el que aquí camina
--de un antiguo hopi

Aquí    significa
donde    el amanecer    te encuentra

Aquí    significa
donde    el viento    te encuentra

Aquí    significa
donde    las flores    te encuentran

Aquí    significa
donde    los pájaros    te encuentran

Aquí    significa
donde    la canción    te encuentra

Yo soy    una canción
Y aquí    camino

4 de abril de 1992





Primero me detuve en la orilla del océano Pacífico

Elefantes marinos, focas oceladas, leones marinos. Estoy frente a estos mamíferos que se reúnen en la isla Año Nuevo al sur de San Francisco.

El duelo de los elefantes marinos machos que contienden por el harem. El rugido que se escucha desde 500 metros a la distancia mientras embisten sus cuerpos de 3 toneladas. El e-maki de las aves migratorias que vuelan escandalosamente. Estoy sin palabras, solamente aferrado a los binoculares.

10 de noviembre de 1990





Poesía en la que muere el viento

El poeta de la antología de poemas La Tierra B fue invitado al domo "Biósfera 2", ensamblado en medio del desierto.

Dentro de esta gigantesca estructura se hace circular el agua a través de una jungla y un bosque templado hasta un pequeño mar, donde dos veces por día se recrean la marea alta y baja. Y ya habitan allí algunas especies de lagartijas y serpientes del Amazonas.

La autosuficiencia alimentaria se ha alcanzado completamente. Brotes de arroz se extienden en campos inundados al estilo japonés.

A partir de enero del próximo año, ocho jóvenes, entre ellos un doctor, van a vivir aquí en calidad de conejillos de indias. Su comunicación con el exterior será solamente por medio de un videoteléfono.

Energía, tecnología de planeación y desarrollo, destinados a los viajes espaciales, la autodefensa para la guerra nuclear... una inmensa inversión para mantener un sistema verdaderamente inútil. Me abruman.

De pronto me di cuenta: no sopla la brisa. ¿Por qué será? Le pregunté al jefe de guía, pero no hubo respuesta.

29 de octubre de 1990





¡Oh, élite!
Por allá el agua es amarga...

Me invitaron de la "Academia Phillips Andover", una preparatoria que está al norte de Boston, a un recital de poesía. Aquí, en la que se dice es la preparatoria más competitiva del país, se recibe no sólo a los estudiantes más brillantes de los EUA sino de unos 50 países. Me dijeron que el presidente Bush vino a dar aquí un discurso antes de mi llegada.

Como tenían reunidos a estos excelentes estudiantes, para mí fue interesante leerles poesía.

No deberíamos dejarlos irse al lado del poder. Por aquí, el agua es dulce...

19 de septiembre de 1990





Umeboshi del Tercer Mundo

En territorio mexicano, en el pueblo de Sonoyta, compré chamoy seco. 20 chamoyes por 2000 pesos, que en Japón serían 100 yenes. Este es el Tercer Mundo que va siendo tragado por las olas de la inflación.

Inmediatamente cruzando la frontera, unos muchachos se aglomeraron en torno al Jeep, cada uno con un trapo y una cubeta en la mano. Sin pedir permiso, comenzaron a lavar las ventanas del coche para pedirnos "unas monedas". ¿Cuál es la causa de este caos y pobreza? Me avergüenza ser "un japonés rico".

Alguna vez, en Nueva York, recuerdo haber escuchado de parte de un conocido la historia de un antropólogo, quien se encontró en la selva del Congo con unos pigmeos que le pedían dinero. Cuando quiso darles algunos dólares, le dijeron "danos yenes". ¡Qué vergüenza, qué aborrecible!





Nanao Sakaki
Cactus del viento
Traducción: Yaxkin Melchy Ramos
Asociación de Escritores de México, Col. Colores Primarios, 2018.

domingo, octubre 14, 2018

Ele


Pronto sumarán nueve los años en que asisto
a análisis. A análisis los lunes con Elena.

Pronto sumarán nueve los años en que digo,
porque no dejan de venirme a la mente,
los judíos:

Los judíos que me atormentan
Los judíos mexicanos
Los judíos de vientre judío
Los judíos convertidos
Los judíos paisanos
Los judíos shajatos
Los judíos sefaradim
Los judíos ashkenazim
Los judíos gringos
Los judíos sionistas
Los judíos racistas
Apartheid
Los judíos colonos
Los judíos misóginos
Los judíos lgbt+fóbicos
Los judíos religiosos
Los judíos religiosos con peyes
Las judías religiosas de falda larga
Las judías religiosas de falda larga y peluca
Las judías alumnas
Las judías mamás
Mi mamá
Mi bobe
Los judíos familiares
Los judíos extraños
Unheimlich
Yo no soy como los otros
Yo no soy como los otros
Yo no quiero ser como los otros
Yo quiero ser diferente
Los judíos indiferentes
Los judíos que desprecio
Los judíos de la escuela judía
Los judíos elitistas
Los judíos clasistas
Los judíos de compras en Miami
Los judíos que no quiero ser
Los judíos que no puedo dejar de ser
Les judíes que quiero ser
Les judíes que admiro
Freud, Derrida, Lispector, Arendt
Los judíos analistas
Los judíos argentinos
¿Qué es ser analista?
¿Qué es ser judía?
¿Qué es ser mujer?
¿Qué me quieres?
Los judíos argelinos
Los judíos árabes
Los judíos negros
Mis bisabuelos lituanos
Les judíes que migran
La judía errante
Las judías
Los judíos de la diáspora
Los judíos de Montreal
Los judíos y su comida
Kósher, páreve, jalab Israel
Los judíos y sus jales, rúgalaj y bagels
Las ídishe mames
La mame loshn
The Nanny y Woody Allen
Los judíos que bailan rikudim
Los judíos que tocan klézmer
Los judíos jasídicos
Los judíos que hablan ídish
«Ídish, ídish, ídish siz di shenste shpraj»
Los judíos con sus álef, beis y guímel en la peli de Janucá
Los judíos macabeos que se resistieron a la Helenización
¿Los judíos que resisten?
Los judíos que resistieron
«Zog nit keinmol»
Los judíos partisanos
Los judíos partisanos de Vilna
Fareinike Partizaner Organizatsie
Los judíos del levantamiento del gueto de Varsovia
Los judíos comunistas
Los judíos socialistas
Los judíos bundistas
Los judíos que ¡oy, oy, oy!
Y goy, goy, goy
Y gay, gay, gay
Los judíos que heredé
Los judíos que cargo
Los judíos que me avergüenzan
Los judíos que se molestan por mi vergüenza
Amy Winehouse
Los judíos que no quiero ser
Los judíos que no puedo ser
Los judíos que no puedo dejar de ser
Les judíes que no quiero dejar de ser
Les judíes que quiero muchísimo
Que amo
Que me cargan
Les judíes que fui
Les judíes que soy
Les judíes que estoy siendo
Y que me vienen a la mente



Ronit Guttman
Poema inédito cedido por la autora para Nueva Provenza

viernes, septiembre 28, 2018

Cuatro poemas de Elena Medel


Celebración

para Ariadna G. García

Como cada año amarillo,
las calles se llenan de vestidos
que hacen daño en el cuello.
En las casetas de tiro surgen
chaquetas con hombros,
peluches agujereados
y tesoros que almacenamos
en un anaquel sobre el que nadie sabe.

Estaciones atrás, un día como este,
me crucé con una ristra de celofanes,
con mujeres que decían lo hermoso
de coleccionar brillos y baberos.
Sollocé y pataleé
por un pedazo de rojo brillante:
alguien me regaló
lo que parecía un bastón de caramelo.
Al morderlo, el plástico me reveló
que jamás lo que deseamos se parece a lo obtenido.
Con la soberbia de la infancia,
lo pisoteé en el suelo,
ahora
caricatura de azúcar astillado.
Al saber qué había hecho, me eché a llorar:
todos los niños —menos yo— tenían un bastón,
exactamente igual a aquel que yo hice trizas.

Hoy sigo destruyendo
—cebándome con saña
las cosas que más quiero.





Maceta de hortensias en nuestra terraza: ascenso

Morado o violeta o azul sucio, más
bien: una maceta de plástico negro con una hortensia
que se asoma al balcón. La vida costaba
dieciocho euros y no había
nada que temer. Para la supervivencia compré un manual
sobre jardinería; bastaba con anotar cuándo
crecer en un tiesto de cerámica, cuándo el pulgón y cuándo
los esquejes.

Porque toda mujer se casa con su casa,
desde la terraza
mi salón con ropa de domingo:
mesa en el centro, mantel blanco, muchos platos rebosantes,
mi amor feliz,
sereno,
y en el primer plano de la fotografía
una maceta
de plástico negro con una hortensia
morada o violeta o más bien azul sucio
que se asoma al balcón.

En su sitio el estribillo de los electrodomésticos, el servicio
de dos para cada comida, todavía dos
—él, yo: las plantas cuentan por su cuenta— sentados al almuerzo,
todavía los designios familiares —flechazo, noviazgo,
aceptación, convivencia: más tarde matrimonio, hijos, nuevos
volúmenes en el álbum de sus casas— todavía sentados
al almuerzo. Todo en su sitio.

Mientras tanto, en la casa, el hombre duerme.
La mujer
no.





Una plegaria por las mujeres solteras

Ángel
de los pisos de soltero,
ángel de las solteras
que duermen varias noches en un piso de soltero,

¿lo sabías?

Antes del amor el hombre
se entrena golpeando.
Su hogar lo construye con el ruido:
tan firmes las paredes
tan familiares tan firmes las paredes,
los cimientos de su casa los ha hundido daño a daño.

Ángel del sexo con los inquilinos de pisos de soltero,
ángel del no querer oír de las solteras,

¿lo sabías?

Después del amor
el hombre se incorpora para escoger un disco
y suena una canción y susurra me gusta esta canción:
para entonces está otra vez dentro de ella.
Luego habla de su hogar en otra parte
y de quienes viven en él —sin él, en ese hogar más suyo: enseña fotos
y la mujer lo abraza y él susurra me gusta estar contigo.
Y la mujer oye.

Ángel del suelo sin barrer
de los pisos de soltero,
ángel de las solteras
que pasean desnudas por los pisos de soltero,

¿lo sabías?

Antes del amor la mujer predijo su futuro. Junto a él,
en su sofá, ella se fijó en sus libros. Debe de ser bueno
un hombre que lee así. (Pero también antes del amor
los amigos del hombre predijeron su futuro). Debe de ser bueno
un piso en el que distingues dónde pisaste la otra noche
y dónde pisó la otra la anterior.

Ángel del frigorífico vacío
de los pisos de soltero,
de las solteras que se conforman y desayunarán solas, más tarde,

¿tú lo sabías?

Después del amor la mujer se ducha mientras
el hombre fuma en el pequeño salón de su piso
de soltero. Se despiden,
dos amigos: ella viste la ropa de la noche
anterior, él se avergüenza.

Pero tú

ya lo sabías.





Chatterton

Mentí durante diecisiete años. Mentí después
en todos mis poemas. He mentido durante los diez
años siguientes. Acércate, soy
como tú. Escucha cómo late mi corazón
perverso: mudanzas en platitos
de papilla de mamá. Aliméntame,
compréndeme, yo vestía unas ropas que nunca fueron mías,
yo escribía en un idioma ajeno, pequeña, tonta,
qué mal memoricé: con mis poemas levanté un imperio.
Pero todo acabó. ¿Quién soy ahora?
Engañaste durante dieciocho años; antes de los míos
comencé yo a mentir. Un abanico con telas del Oriente
para mi hermana. Para mi madre araña compraré moldes de costura.
Tabaco que recubra los pulmones de mi padre. ¿Quién soy realmente
ahora? He soñado contigo algunas noches.
Te prometo que si salgo visitaré tu tumba. Ahora sí que
no miento. Ahora sí que no.





Elena Medel
Un día negro en una casa de mentira (1998-2014)
Visor, 2015.