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lunes, febrero 14, 2022

Dos poemas de Mariela Dreyfus


Matar a una mosca

¿De dónde habrá venido, me pregunto, con su mínimo estar
con esa vida que de acuerdo a Gabriel (a sus manuales)
dura apenas un día o a lo sumo, una semana entera así girando,
sobrevolando ciega (o casi ciega) entre lo sucio, el humo,
ciertos trastos?

La miro y la maldigo: imposible cazarla a la volada.
Por ahora ella gana mientras pico cebollas y
tomates (jitomates) y sonríe tal vez ante la chance
del tiempo generoso que le otorgo de puro desidiosa
o es quizás mi mala puntería que la tiene rondándome
elástica y hedionda.

Martín que es avispado sugiere usar spray (santo remedio)
pero no tengo spray y no consigo entrar en lo moderno de
las cosas, la dinámica handy, todo listo, ready-made la comida,
el traje, el modo de matar a la mosca embelesada.




Cómic

A Patti Smith

Ese flaquito que viene caminando
al otro lado de la vereda
y lleva 1/4 de pollo en una de las manos
va al mercado / no trabaja / quiere ser pintor
y se para de golpe y me dice: hola, chiquilla
y además que en su casa hay un poco de yerba.

Este flaquito tiene sus paredes del segundo piso
llenas de árboles que ha pintado con crayolas
y en el rincón dos desnudos:
mujer de espaldas / mujer de perfil
y es difícil para él conseguir una mujer.

Y hace diez o doce años que este César
da vueltas y vueltas alrededor del barrio
atrapado entre su onda de volar o ser economista
y en sus cassettes resplandecen los Sex Pistols
y el brillo de los muslos plomos / vellos pardos
de la que está en el cuadro
es tan cierto como esta desnudez.

Píntame un cuadro, anda, píntame algo
capaz de detenerme envuelta en unos colores toscos
con mis pelos negros y esta risa y estos ojos
fumando intermitentemente en el cuarto del segundo piso
antes que la yerbita baje o la neurosis lo descomponga todo:
el tocatintas / la tv / o tu extraña potencia
encerrada en el maletín que ahora cierras
porque es la una y te esperan para hablar de negocios
ya no hay tiempo, ya vas por los treinta años y creo
parecerme a la del cuadro que tendrías que pintar.




Mariela Dreyfus
Arúspice rascacielos. Poesía selecta
Peisa, 2021.


sábado, octubre 21, 2017

Tres poemas de Mariela Dreyfus


Gladiolos y alhelí

Papá cree que sentado ante la tumba de mamá
ellos conversan. Le lleva flores despliega
su sillita le cuenta de sus días sin ella tendida
bajo tierra él la imagina idéntica como antes
no quiere ver el paso de las horas es insólito
el modo en que los vivos se ligan a sus muertos
papá cree que ella incluso puede oírlo y si cierra
los ojos así dice es como si escuchara un vientecillo
soplándole una frase yo creo que es más lógico pensar
que mamá le habla en sueños allí donde la ve de nuevo
en la elegancia de sus radiantes veinte la cintura aún
no transformada por los partos llevando alegre digna
el traje azul de brillos que luego colgaría en el armario
como recuerdo de algo muy preciado una noche feliz
de carnaval donde bailaron juntos toda una madrugada
y el tiempo fue redondo como el tango en ese baile
hablaron de lo eterno y ahora papá sabe que no hay
mejilla tibia la oquedad es un frío sentado allí
al borde de la losa riega las flores pliega su vieja
silla se santigua cuenta aún el plazo que le falta
para danzar con madre sin soltarla.





A media tarde

La eternidad se escribe en una servilleta
en la penumbra de un bar que huele a cerveza y orín:
pasa de mano en mano el papel manteca su áspera textura
recibe nuestras líneas nutricias como un río.

Semiótica del gesto: tú y yo rozándonos rodillas apretando
la pluma el dedo el diente: qué confesar aquí, bajo la mesa,
ante la grasa el humo y esa gracia que de pronto nos vuelve
ajenos al barullo y lo precario, soberanas mascotas
jugueteando guardando en cada ángulo del papel encerado
este secreto escupiendo palabras grito obsceno:
¿no se construye así el amor o sea el poema?

De materia inflamable el corazón que se enlaza en el otro
y juntos laten y posan para el cuadro ("Las dos Fridas")
y con las uñas rasgan con las yemas circulan
agitadas pulsiones.

Y ya no importa si tú y yo nos hemos definido eso que
fluye, ciegos de otros de nosotros mismos furtivos devotos
de una tarde.




Rapsodia para un parque amarillo

A Bruno, Dalmacia y Roy

he de volver al mismo parque siempre
chalina azul y zapatillas negras
en el bolsillo derecho algo de lumbre
en el izquierdo un hilario de grifa un
hilo que solapa aspiraré a buen recaudo
de la policía y a mi lado otro aliento otros pies
otros muchachos somos varios aquí en el mismo
parque el humo nos congrega y nos redime
de la tarde de niebla del silencio que brota
anémico en medio de las hojas lábil emocional
tengo mi tribu de solitarios que como yo llevan
un libro deshojado bajo el brazo una flauta
melodiosa unos acordes en mi saga hay siempre
algo de música algo triste pero ellos me escuchan
y a lo lejos un perro viene raudo
un pastor alemán que está jugando y hemos
lateado el parque un par de veces
dos pitadas seguidas boto el humo y en la
banca de verde esa mujer con su traje de
seda o muselina el periódico lee las noticias
una tarde cualquiera algo se enciende y es el
sol de las cinco y es un fuego que nos dora a
los tres o más bien quema una fábrica inmensa
y mientras tanto hacemos que bromeamos pero
en verdad quiséramos igual que lucho hernández
otra cosa inyectarnos en contra de este miedo de
la vida que sola va y a veces también arde así
como esta tinta sobre líneas tan finas que dibujo
un pentagrama donde marcar el ritmo la cadencia
que me nace por dentro mis amigos me abrazan y
celebran mis bluyines y también mi sonrisa soy yo
la que paseo en esta tarde la que incendia praderas
vidrios rotos soy yo la que rasguea estas cuerdas
la que pide y se dice y contradice pero siempre
regresa al mismo parque con los ojos de lince y
los muchachos y el poema que da la media vuelta




Mariela Dryefus
Cuaderno músico precedido de Morir es un arte
Amargord, 2015.