sábado, abril 18, 2026

Tres poemas de Alkaíd Marino

Esmaltes

Siempre me gustó mamá.

Me gustaba el aroma de su bolso:
de su perfume; el tabaco; los cosméticos.

Me gustaba mirar los ademanes
que utilizaba en sus pláticas
de amor
con sus amigas.

Alguna vez fui el hombre de la casa;
me dejó pintarle las uñas:
el color vino
en sus manos blancas.

Memoricé la marca
de los esmaltes

para el día
en que me convirtiera
en ella.




Teorema de la tristeza

De niño me levantaba
por las noches
a revisar que las llaves del gas
estuvieran cerradas.
Vigilaba la calle desde la ventana
de mi cuarto; salía a la zotehuela
a alborotar con ruidos
a los perros
de los vecinos.

Soy de esas personas
que evitan las líneas divisoras
en los pasos peatonales;

que se lavan las manos
más de tres veces
cuando van al baño;

que dicen la palabra cerrar
cuando están
por apartarse
de alguna puerta.

Mi siquiatra sabía cómo llamarle
a todo esto.
No me interesa recordar
sus palabras.

Conté 65 azulejos
en aquel baño público.

Yo le llamo tristeza.




Día del nieto

Mi abuelo le llamaba día del nieto.
Toda la familia se reunía: abrazos.
Besos. Pellizcos de mejilla.

¿Cómo vas en la escuela?
¿Te has portado bien?
¿Obedeces a tu mamá?

Todos nerviosos en el patio
de esa enorme casa.

Los primos ricos y los casi ricos.

Ambos grupos muy talentosos:
ejecución de chacos. Canto.
Actos de magia.

Artistas natos.

Y los sin chiste: reprobados, sin dinero,
callados, rezongones,
los que no comíamos el jocoque
del abuelo.

En la noche era el espectáculo.
Como en un circo,
los nietos
(primos ricos y casi ricos)
preparaban sus increíbles actos.

Los sin chiste,
su humillación.




Alkaíd Marino
A las fracciones papá les llamaba quebrados, algo tenía que romperse
Liliputienses, 2025

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