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martes, septiembre 01, 2020

Tres poetas japonesas


A la Tierra

Aunque cantan desde millones de años,
los pájaros no han completado aún sus cantos.
Aunque crecen desde millones de años,
los árboles no han hallado aún el cabo de su cielo.
¡Oh, la tierra, la tierra!
¿Cómo puedes extinguir el fuego de tu horno?
Alegremente alzan sus manos y voces,
los niños están en clase.

(Shinkawa Kazue)







Mañana en el pueblo del puerto


La mañana en el pueblo del puerto de Almería
comienza
en las mujeres, que van de prisa al mercado
cargando sobre la cabeza
los canastos desbordantes de mangos.
Las caderas poderosas
envolviendo el mundo,
surgen de la oscuridad abriendo el alba.

Los estorninos dormidos en las ramas
repentinamente se depiertan
y el árbol es ya una bóveda de trinos.

El pueblo del puerto
es ya un cielo inmenso donde resuena
la voz del Dios solar.

Ahora
ya no encuentro
el trino de los pájaros
ni el poder de las caderas femeninas
que tanto sacudieron mis sueños.

(Tamura Satoko)






Solsticio de verano


Noche de solsticio de verano: col, cebolla, lechuga,
las cosas que inesperadamente se muestran aquí y
allá en mi cocina.
Las cuezo todas.
Dentro de la olla transparente sin cesar
ruidosamente clamorean, de cerca las observo,
qué son, una cierta gente muy menuda
al canto de brillante oscuridad.
Una de ellas es una gris anciana esfumada
que hace rechinar un molinillo de pimienta,
diciéndole a un esfumado niño: Búscame
mi cucharita de estaño.
El niño camina por el oscuro piso,
con los ojos saltones.
No hay cuchara.
Una aún más delgada y esfumada tía
desliza un cuchillo
sobre el lomo de un pescado.
Una cara de pescado gotea en el fondo de una cuba.
Se desvanece.
No hay cara, murmura la tía; no puedo ver una cara
en parte alguna.
Sirvo en los platos la ruidosa sopa de la noche
de solsticio estival.
El cuento, dejado a medias, ha concluido.
Ya no hay nadie aquí. Juntos se han ido por
el extractor de aire.
Se ha ido a algún sitio diferente, digo,
a una cocina cerca del amanecer a encontrar
una cara y una cuchara.

(Koyanagui Reiko)






El rumor del origen. Antología general de la literatura japonesa
Selección y notas: Javier Sologuren
Pontificia Universidad Católica del Perú, 1993.

martes, julio 28, 2020

Cinco poemas de Louise Glück


Amapola

Lo mejor
es no tener
mente. Sentimientos:
ah, ésos sí,
y me gobiernan. Tengo
en los cielos un señor
llamado sol, y me abro
para él, le muestro el fuego
de mi propio corazón, fuego
como su presencia.
¿Qué sería tal gloria
sino corazón? Oh, hermanos y hermanas,
¿fueron como yo alguna vez, hace mucho,
antes de ser humanos? ¿Se abrieron
una sola vez, y nunca más?
Pues a decir verdad
ahora estoy hablando
como ustedes. Hablo
porque estoy destrozada.





Amor perdido

Mi hermana pasó toda una vida en la tierra.
Nació, murió.
Entretanto,
ni una mirada atenta, ni una frase.

Hacía lo que todos los bebés:
lloraba, pero no quería comer.
Mi madre la abrazaba, queriendo cambiar
primero el hado, después la historia.

Algo sí cambió: al morir mi hermana,
el corazón de mi madre se volvió
muy rígido, muy frío,
como un pequeño medallón de acero.

Comenzó a parecerme que el cuerpo
de mi hermana era un imán. Lo sentía
atraer aquel corazón hacia la tierra,
para hacerlo crecer.





La entrada

Quería quedarme como estaba,
quieta, como el mundo no sabe estar,
no a mediados del verano, sino justo antes
de que se forme la primera flor, el momento
en que nada aún es pasado,

no a mediados del verano intoxicante,
sino a fines de la primavera, el pasto aún
no crecido a orillas del jardín, los tiernos
tulipanes apenas comenzando a abrir,

como un niño rondando la entrada, observando
a quienes van primero,
un tenso montón de piernas, atento
a las fallas de los demás, los titubeos a la vista

con la feroz confianza niña del inminente poder
preparándose a vencer
estas debilidades, a no sucumbir
ante nada, justo el tiempo

anterior al florecimiento, la época magistral

antes de la aparición del don,
antes de la posesión.






Lamento

De repente, después de la propia muerte, los amigos
que nunca se pusieron de acuerdo
ahora sí lo hacen acerca del carácter de uno.
Son como una casa llena de cantantes
que siempre ensayan la misma partitura:
fuiste justo, amable
y tu vida fue afortunada.
Sin armonía. Sin contrapunto. Sólo que
ellos no representan un papel:
se llora en serio.

Por suerte, ya estás muerto, si no,
el asunto parecería nauseabundo.
Mas cuando eso llega a su fin
y los asistentes se van, frotándose los ojos
pues el sol deslumbra como nunca
después del encierro de una mañana
con observantes de la rectitud misma
si bien la tarde, y septiembre...
cuando el éxodo comienza,
es entonces cuando has sentido
la punzada de la envidia.

Los amigos, estos vivos, se abrazan,
chismosean un poco en la banqueta
conforme el sol se hunde y la brisa nocturna
encrespa los chales de las mujeres...
He aquí, sí, el significado
de "una vida afortunada":
significa
existir aquí y ahora.





Una Obra de Ficción

Al dar vuelta a la última página, después de muchas noches,
me hallé envuelta en una onda de tristeza.
¿Dónde acabaron todas estas personas que me parecían tan reales?
Para despejarme el pensamiento, salí caminando con rumbo a
la noche; instintivamente, encendí un cigarro.
En medio de la oscuridad, el cigarro resplandecía,
     como un fuego encendido por un sobreviviente.
¿Pero quién vería esta luz, este puntito entre las estrellas infinitas?
Me quedé parada un rato en la oscuridad, con el cigarro brillando
     y empequeñeciéndose,
a cada fumada pacientemente destruyéndome.
Qué pequeña, qué breve.
Breve, breve, pero ahora se me había metido muy dentro,
     cosa que no harían nunca las estrellas.





Louise Glück
Tomado de Imperfecta semejanza II. In nomine vocis. Ulteriores meditaciones en torno a la traducción poética, de Pura López Colomé.
Evidentemente, las versiones al español de estos poemas son de Pura López Colomé.
UNAM, 2018.