domingo, septiembre 06, 2026

Cinco poemas de Sonia Scarabelli

El pacto

Yo hice un pacto con vos, Tierrita,
que queden para otros los viajes estelares
que también soñé.
Con cada cielo tuyo hice mi pacto,
mi acuerdo del amor interminable,
y con cada día que me das,
cada mañana azul igual a esta
y dorada de plantas y de pájaros.
Hice mi pacto con vos y así me iré,
tierrita, polvo
que vuela en el camino.




Al faro

A intervalos en medio de la noche
pasan saltando nuestro techo
los grandes gatos noctámbulos,
dos o tres golpes suaves y al final
una corta carrera amortiguada
que termina en silencio.
Desveladas cada una por sus cosas,
Miyako y yo giramos la cabeza
para seguir con el oído atento
la estela de esa visita intangible
que ya se aleja y que nos deja atrás
ligeramente inquietas, envueltas
en el sereno resplandor amarillento
de la única lámpara encendida
que sostenemos como un pequeño faro
en esta orilla de la noche.





A casa!

Se aparecen de a tramos al borde de la ruta
mordiditos en oro,
muy serenos y plácidos contra el cielo azul
y no hay nada que hacer,
quedamos deslumbradas y dejamos la charla
para seguir mirándolos
mientras ellos se alejan y saludan
hermosos como el amor y como el bien.
¡Pintalos!, me dan ganas de decirte,
¡Pintalos!, llevemos esta luz a casa,
los álamos, la fila del camino,
las cosas que nos salvan.





El trabajo

Hablamos con mi hermano
de perder el trabajo
nosotros que pertenecemos
a esos y esas que tantas veces han perdido
el trabajo, los sueños, la paciencia
y miran con ojos extrañados
la incalculable pena que ata al mundo
un cuerpo con sus necesidades
de alimento, de techo, de descanso
insatisfechas y resulta
que tanta veces el mundo dice no
y da la espalda y pone
excusas que te ofenden
la inteligencia, las ganas de seguir.
Hablamos con mi hermano del trabajo
tan misterioso que es la vida, siendo
como hemos sido siempre
hijos de obreros.




La Buda nos visita

Para Leandro, Ayelén y Agnés


Conversamos en la oscuridad
sin alzar la voz
mientras la hija de nuestros amigos duerme
reclinada en su asiento con el gesto
reconcentrado de una pequeña bodhisattva
o flor de loto recostada
en el agua tan quieta de la noche que fluye
y la conversación va y viene casi sola,
como si las palabras caminaran
sobre una red de hilos invisibles
tejidos por la penumbra que ahora nos envuelve.
La sobremesa se extiende y se diría
que hasta los movimientos
hacen silencio y las palabras
viajan livianas mientras cuentan
las cargas enfrentadas en el año
y dejan traslucir una paciencia extraña,
como si en esta noche de verano
nos dijéramos: lo sé,
la vida está llena de caminos ciegos,
encrucijadas y a la vez
brilla con una luz serena como ella
que duerme mientras nos dejamos
ir a medias callados en la conversación
como esos peregrinos que se cruzan,
descansan juntos un momento y siguen
después hacia lo hondo de aquel bosque,
aquel bosque sin fin.





Sonia Scarabelli
Las cosas comunes
Bajo la luna, 2025