Mostrando las entradas con la etiqueta Nicaragua. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Nicaragua. Mostrar todas las entradas

martes, marzo 01, 2022

Siete poemas de Daisy Zamora


Divisar la muerte

Cuando finalmente mi tía abuela
en penosa ascensión al Mirador de Catarina
logró contemplar la laguna de Apoyo
--inmenso y límpido iris bajo el domo del cielo--
sus ojos estaban llorosos detrás de los gruesos lentes.

Se quedó silenciosa un momento, y después preguntó:
¿La muerte será como este cielo azul, combo, infinito?





Aguacero

Desde una ventana hermética de oficina
contemplo el aguacero.
Sobre el cinc herrumbroso
ruedan flores amarillas
de alguna acacia que se sacude al viento.

Como pez en pecera
diviso con envidia a la chavala que fui
empapada y feliz, saltando
lodazales y desoyendo llamados
para que después
       la alcahueta tía abuela
a escondidas del abuelo
me secara la cabellera,
me cambiara la ropa,
me limpiara de lodo los zapatos.
Y arrebujada en colchas
tibias como el cariño,
                     me dormía.

¡Un viejo aguacero que logra mojarme
                                 sólo por dentro,
está golpeando el cinc,
y ya colma canales y bajantes
y el lecho de la memoria!





La masajista

Ella envidia a sus clientas:
hermosas y esbeltas
o irremediablemente gordas y decadentes
--la flaccidez preludiando el inminente derrumbe/
la herrumbre de la vejez--
pero las imagina amadas y satisfechas,
halagadas por hombres que gozan
de esos cuerpos tan cuidados,
mientras ella suda amasándolas,
estirándoles las carnes
palmeando glúteos, empujando
con sus nudillos muslos y caderas,
sobando espaldas, acariciando manos y pies
con furia contenida.





Fugaz

Fugaz
como el hilo de luz
           que al cruzar la noche
                       traza una estrella

pasó mi vida.





Otro tiempo

Regresamos al lugar donde fuimos felices
acompañados de nuevos amigos.
Sentados uno frente al otro
tu mano ya no busca mi mano bajo la mesa.

A la sombra
están vacías las mesas que antes ocupábamos.
El mediodía blanquea los icacos en las más altas ramas,
las guayabas verdean entre las hojas verdes.

Hay cordialidad entre nosotros,
parecemos dos viejos amigos.
Con ternura, preñada de tristeza
miro las mesas y las sillas, muertas y solas.





Sexto cumpleaños

A Jorge Dionisio

Cuando cruzaste el umbral
de tus seis años
llegaron a buscarte:
          un zorrillo y un mago
          dos conejos bandidos,
          un puercoespín, un dragón
          y varios dinosaurios.

En su afán por aplazar la despedida
querían entregarte:
          una pócima
          un tesoro
          una flor mágica.

Pero el intento fue inútil.
Ya no era posible retenerte.

Ansioso por crecer, saliste hacia la vida
y ellos no pudieron darte alcance.

Y lloran, indefensos, porque pronto sabrás
que nunca hubo tal mago,
ni puercoespín, ni conejos, ni dragón;
que sólo eran guijarros, bolitas de colores, caracoles
conchas del mar, botones viejos.





Y maldije la luna (septiembre de 1978)

Hubo una especie de tregua: no se oían disparos.
Empezamos de nuevo a gritar nuestros números
y nos fuimos reuniendo en un terreno pequeño y
quebrado. Creímos ser los únicos sobrevivientes
y deliberamos que íbamos a hacer: lo único posible
era buscar cómo unirnos a las escuadras de San Judas.

Intentamos irnos por unos montes atrás; el camino
era muy inclinado y dificultoso. Nos acercamos
a unas viviendas, pero unos perros nos olfateaban
como a un kilómetro de distancia, y cada vez que
queríamos movernos se ponían como locos.

Tuvimos que quedarnos quietos toda la noche.
Había una luna bellísima, y por primera vez
maldije la luna.





Daisy Zamora
La violenta espuma
Visor, 2017.

martes, agosto 25, 2020

Dos poemas de Daisy Zamora


La mesera

Cómo creía entonces que de verdad
para algo me serviría el físico.
Morena y delgadita
sólo por mí venían los montones de clientes
desde Managua y Los Pueblos,
ya no se diga los que entraban
de aquí de Masaya.
Me tocaban las nalgas y tenía
ofertas al escoger:
De amorcito para arriba me trataban.

Claro que me acuerdo de vos, Castillito;
desde que te fuiste a México a estudiar
siempre pedía a los amigos
razón tuya.

Ya ves, cómo me tienen los muchachos:
gorda, cansada y varicosa.
Ni estoy tan vieja
pero así son las cosas de la vida.

La mesera más linda del "Mini-16 Rojo"
y de qué me sirvió.





El vendedor de cocos

De la fila de acacias junto al adoquinado
el hombre siempre escoge la misma sombra.

Cada día es el rito vaciar el carretón,
separar los cocos, y al filo del machete
ir pelando cada coco hasta dejar
la blanca esfera de carne descubierta.
La mujer los ofrece
             de dos en dos o tres en cada brazo,
sorteando buses,
saltando entre motocicletas y taxis;
pendiente del semáforo
para pegar carrera a recoger más cocos.

Desde lejos, la blancura de los cocos brilla
como los cráneos de los setenta y cinco niños místikos
muertos por la guardia somocista en Apayal:

WAN LUHPIA AL KRA NABI BA TI KAIA SA
(Muerte a los asesinos de nuestros hijos)
gritaban sus madres.

Los hijos del vendedor de cocos
desayunan un coco en la mañana
y almuerzan un coco a medio día
bajo la acacia circuncidada de cáscaras.

TAWAN ASLA TAKS, TAWAN ASLA TAKS,
(PUEBLO ÚNETE, PUEBLO ÚNETE)
GRITABAN LAS MADRES,
BAILA WALA WINA, BALAYA APIA
BAILA WALA WINA, BALAYA APIA
BAILA WALA WINA, BALAYA APIA
(DEL OTRO LADO, NO PASARÁN).




Daisy Zamora
Flor y canto. Antología de poesía nicaragüense
Selección: Ernesto Cardenal
Centro Nicaragüense de Escritores, 2006.

domingo, abril 21, 2019

Cinco poemas de Bosco Centeno


La oropéndola

La oropéndola en
la rama del genízaro
picotea hambrienta
la roja carne
de una pitahaya;
mi presencia
interrumpe su comida
y asustada
se aleja
              chillando.







Esta luna que se confunde

Esta luna que se confunde
con anuncios de neón
entre grandes edificios de hierro y cemento
me cuesta creer que sale entre islas y lago
frente a mi casa en Solentiname.
Aquí hay carros, motos, ruidos
y no los siento como el rumor del lago
el canto del pocoyo y la lechuza.







Sudorosos y enlodados

Sudorosos y enlodados,
tres días de marcha y cuatro emboscando,
pálidos, con el cuerpo lleno de piquetes
la mochila pesada como una cruz
pasando las postas del campamento despacio;
compañeros con la mirada nos preguntan:
-¿Todos completos?- Compañero, ni un tiro en siete días;
nada de contar.
Otros compañeros saldrán mañana a emboscar.






Exilio

Ese güis sentado
en una antena de televisión
está cantando igual que yo
una canción triste.
Aunque mañana cantaremos
en un árbol de grandes ramas.







Quise contarte cómo el río tiene
en su música una armonía de chorchas,
correas y martín-peñas, grillos y ranas,
de los saltos de los sábalos reales
en los remansos del río;
y de cómo las gallinitas de playa se
confunden con el violeta de las flores
de los gamalotes; pero vos despreciaste
mis poemas y te alejaste silenciosa
como el vuelo de una garza al atardecer.







Bosco Centeno
Puyonearon los granos
Ministerio de Cultura de Nicaragua, 1983.

sábado, septiembre 07, 2013

Cuatro poetas nicaragüenses


Magaly

Magaly,
frente a vos agité las manos
con el cepillo de lustrar
como si puliera un verso
en el café oscuro de tus zapatos.
Quién va a decirme, Magaly,
que es prohibido tu amor.
Cuando toco tus zapatos
es como si acariciara tu pelo.
¿Verdad que te avergonzó mi atención?
Te negaste a decirme dónde vivís, Magaly,
y para mí tu sonrisa fue como un premio.

(Wiliam Valle Picón)



Mensaje

--Qué ha pasado con nosotros, compañeros?
Ya a dos años del triunfo
y aún no he oído por la radio
los mensajes que nos prometimos.

Nos hicimos tantas promesas entonces.

Cuando triunfemos
                   --decíamos--
          y estábamos seguros de triunfar
los que quedemos vivos nos vamos a llamar por la radio.
Cuando triunfemos
          y estábamos seguros de triunfar
nos íbamos a volver a unir,
Omar con la Chavela,
Carlos con la Mirna,
la Chela con Orlando.

Cuando triunfemos
          y estábamos seguros de triunfar
vamos a hacer una fiesta.
          La fiesta no importa:
ya la celebramos con el pueblo.

Pero no me conformo: quiero verlos de nuevo.
Quiero tenerlos de nuevo.
(Si oyen estos versos,
aunque no sea por la radio,
¡contesten mi mensaje!)

(Luz Marina Acosta)



Sudorosos y enlodados

Sudorosos y enlodados,
tres días de marcha y cuatro emboscando,
pálidos, con el cuerpo lleno de piquetes,
la mochila pesando como una cruz,
pasando las postas del campamento despacio,
compañeros con la mirada nos preguntan:
¿Todos completos? Compañero ni un tiro en siete días
nada de contar.
Otros compañeros saldrán mañana a emboscar.

(Bosco Centeno)



Qué manos a través de mis manos

Las anchas manos pecosas y morenas de mi abuelo
con igual destreza vendaban una herida,
cortaban gardenias
o me suspendían en el aire feliz de la infancia.

Las manos de mi abuela paterna
artrítica ya cerca de su muerte,
una vez fueron frágiles manos, filigrana de plata,
argolla de matrimonio en el anular izquierdo;
pitillera y traguito de scotch o de vino jerez
en atardeceres de blancas celosías
y pisos de madera olorosa a cera,
recostada en su chaise-longue leyendo trágicas historias
de heroínas anémicas o tísicas.

Mi padre siempre cuidó la transparencia de sus manos
delicadas como alas de querube
hechas para lucirlas
con violín o batuta.

Mi madre heredó las manos de mi abuelo Arturo,
pequeñas y nudosas, con dedos romos.

De tantas manos que se han venido juntanto
saqué estas manos.
¿De quién tengo las uñas, los dedos,
los nudillos, las palmas, las frágiles muñecas?

(Daisy Zamora)



Flor y canto. Antología de poesía nicaragüense
Selección: Ernesto Cardenal
Centro Nicaragüense de Escritores, 2006.