Mi abuela
pregunta
qué escribiré de él
de su esposo
no del padre de su esposo
ni de su hermana
sino de él
precisamente
del retrato
detrás del de Monseñor
y del de su hijo.
Poemas, respondo,
y me avergüenza.
¿Por qué no otra cosa?, dice.
Piensa en la palabra biografía
en un espejo
una firma
en hacer algo útil
como un vaso
de unicel.
Y ella sabe
que sus impuestos
ya han pagado
poemas
de su esposo,
mi abuelo.
También sabe
que esto
sólo existe
en las cenizas
en boquetes
de casas tapiadas
habitaciones
verdes de día,
con ropa funeraria
hongos
y novelas,
la colección de Time Life
"Misterios de lo desconocido"
donde se explica:
Lincoln soñó
que lo asesinaban
días antes
de ser asesinado.
Y Buenos días,
tristeza.
Mi abuela insiste en que le diga
qué escribiré de él
pero intuyo que su pregunta es
qué escribiré
de nosotras.
Fui a comprar papel para regalos
al tianguis del Refugio.
También para que las extensiones
de lucecitas que saben anidarse
en este vacío
lo llenaran un momento.
De niña siempre pensé que vivir
en un nacimiento habría sido lo ideal:
el verde rabioso del musgo
el heno y su jardín colgante
los astros como frutos
refulgiendo en el arroyo,
entre pollitos
y escarcha
Pie Pequeño
y escarcha
un burro ajado
un diablo sonriente
un ángel de yeso
nieve de cal.
Ahora incluso más lejanas
me resultan
las figuras de los pliegos de papel
que me ofrecen a cinco por veinte:
pinos con sustrato de cartón
campanas vestidas
renos con gorros
esferas hostiles
tan doradas.
De golpe se fue la luz de los puestos
el silencio se tragó las bocinas
la gente. Alguien siguió cenando
en silencio
su tostada de pata.
Así de suave era la noche.
Los puesteros miraron sus teléfonos
y los rostros se encendieron como copos
de nieve tibia.
Le pregunté a la señora del puesto
qué pasaba.
--Ha de haber habido un corto-- dijo
intentando interpretar la negra
vesícula del aire.
Su cuerpo se movió como una pausa
y pude ver en ella la memoria del incendio.
Ahora sabían qué hacer.
Estaban preparados.
O quizás los celulares
sí sirvan de algo, después de todo.
Volví a mi casa con un miedo familiar,
acolchonado, lleno de paja.
Caminaron conmigo
la penumbra de los años que acaban,
y mi modesta colección de muertos
como pastores.
Las estrellas en el papel
y los obsequios oscuros
eran lo único que iluminaba
a esa hora.
Busqué el epígrafe.
Era un poema
de Coral Bracho
sobre una casa
pero no lo hallé.
Supuse que estaría en
Ese espacio, ese jardín.
La escuché leerlo en una festival.
Antes de su lectura,
ella escuchaba
ojos de fresno
que apenas cabían en una silueta diminuta,
a Thurston Moore
en un claro de bosque,
entre otras cincuenta
personas que transitaban
el pasto nocturnal de voces:
/Patti Smith/Serge Gainsbourg/Allen Ginsberg/
vibraban
como murciélagos.
La luna,
lubina de sal
membrana de las bocinas.
Creí recordar el poema.
El video que grabé
me dice otra cosa:
no lo conozco.
¿Has creído conocer
un poema la primera vez
que te lo encuentras?
Así es como funciona: una imagen termina
por encender bachichas de cigarros a medio matar
en el cenicero de la memoria.
Y las citas
como las piedras
llaman.
Luego hay que pasarse la vida
una mañana cuando ya es tarde para ir al trabajo
buscando citas para justificar
este relleno de calcetín que soy
para decirnos
delimitarnos
completarnos: yo soy
lo que hay entre esta rayita y esta otra.
De aquí, a acá.
Este harapo que llevo por nombre.
Las citas, como las piedras,
llaman
como las piedras
esperan
escondidas
serenadas
hasta rozarnos la cabeza.
Xitlalitl Rodríguez Mendoza
Remus
Impronta, 2025
sábado, octubre 10, 2026
Tres poemas de Xitlalitl Rodríguez Mendoza
Etiquetas:
México,
Xitlalitl Rodríguez Mendoza
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