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jueves, marzo 14, 2024

Siete postales de Leandro Llull


Sobre la Rambla

Baja la vista,
se concentra en el café:
sabe que la luz sigue ahí,
brillante y feliz,
aunque no la mire.





Les Nabis

No fueron escuela ni movimiento. Tampoco generación. Pintaron como niños cuando se les da en la clase la felicidad del tema libre.





The mist

En la base del Vesubio nos dicen que en la cima no se ve nada, pero ya estamos aquí y subimos. A los pocos metros, la blancura lo borra todo. No hay paisaje, solo nuestros pasos en la grava. Agua, vapor y viento; todavía escucho mis pies entre las nubes.





Lo supuesto

En la tarde oscura y húmeda de León, sorprendimos a un pavo real junto a los patos. Ni abrió su cola ni agitó las alas, lo único que hizo fue quedarse parado sobre el travesaño de la cerca. No necesitó mostrar los mil ojos del plumaje: le bastó con estar ahí, sabiendo que nosotros conocíamos su hermosura y no deseábamos conquistarla.





Rachmaninov

Desde los asientos que pudimos pagar no se veía a los músicos. Estábamos justo arriba del escenario, en una especie de balcón, y la obra subía hasta nosotros como un perfume. Su humo atravesaba las fibras de nuestra imaginación.





Juventud

Hay un punto en el que nos damos cuenta de que, cuanto más grandes somos, más nuevos nos volvemos. No solo en retrospectiva cronológica, sino en evolución de espíritu. Mientras estamos cerca del nacimiento, más herencia que rechazar. En cambio, el hueco de la muerte nos obliga al despojo y al olvido. Es ante el borde negro que la propia lengua aparece, sus balbuceos amnésicos de toda gramática. Todo canto joven es fruto del añejamiento de su boca.





La gratitud infinita

En el jardín del museo Thyssen hay una bandera con un cuadro de Magritte. Son dos de sus famosos hombres con bombín. Están de espaldas y caminan suspendidos en el aire. Mientras conversan, andan livianos, como recordándonos que las palabras nos despegan de la tierra.





Leandro Llull
Otra luz
Bardos, 2023

sábado, octubre 14, 2023

Cinco poemas de Leandro Llull

Azul, fugaz, marina

Y si tuvieras que elegir
entre la mariposa y su sombra,
¿a cuál atraparías?

La primera
blanda y pesada, de seda
se desliza entre las olas del limonero,

la otra
nada en las paredes,
azul, fugaz, marina;

son alas de dos mundos,
planos agitados ante vos al mediodía

como si la noche
pudiera estar y no verse.





Bandada

Había llovido.

Yo miraba la bandada
retorcerse y expandirse
como una bandera
en las cintas de azul profundo.

Veía, negras, las palabras
volar desde tu voz
en el silencio.





Calistemo

Era primavera. Yo leía
bajo el calistemo y él
soltaba sobre mí
una cascada de semillas.

Todo ocurría tan rápido
dentro de esa lluvia,
que me sentía latiendo
en el cuerpo de un haiku.

Las largas cortinas del árbol
todavía velan la sombra
del hombre-pájaro en su jaula.





Derrumbe en el club de pescadores

Íbamos a ver los atardeceres, la luna blanca
como una madonna en el cielo celeste,
el humo ascendiendo con su velo.

Vi las mesas, los bancos partidos
como una campana, escuché tu voz.

Todo eso
que se había perdido entre los años
y ya era irremediable.





Baño de luna

Fue salir al patio con la perra
y ver detrás de la pared
la sombra blanca inundando
el damero de baldosas.

Podríamos haber dicho «es la luna»,
su gran círculo encaramado en el cielo,
pero lo que había era una sábana
liviana como la de los cuerpos que se salvan

y no queríamos pisarla.





Leandro Llull
Luna del cazador
Bajo la Luna, 2023

domingo, agosto 14, 2022

Cuatro poemas de Leandro Llull

Cazador de elefantes

En una carta de 1882,
Rimbaud le preguntó a un tal Monsieur Device
si existían armas para cazar elefantes,
y le solicitó que le enviara apenas pudiese
dos como prueba y, más tarde, una docena.
También le pedía datos sobre el calibre,
las balas, los venenos.
Tras leerla me dije que yo jamás podría
matar a esa montaña gris,
cortar el pergamino de su piel
o traficar con sus colmillos.
Prefiero el desmalezamiento,
esa tarea de la vida y de su socia, la muerte.
Nada más es cuestión de esperar
a que el destino común de los huesos se cumpla
y la carne sea polvo en los caminos.





Huesos

¿Te acordás del monstruo
que unos pibes encontraron
cerca de la rompiente y las aguas vivas?
Ardía negro y perlado un palo
señalando aquel hallazgo y la gente
se amontonaba para verlo.
Pero solamente había una marca,
la intriga y la sorpresa soportando
el embate de la espuma.
Un hueso, dijiste. Un fósil
de alguna criatura milenaria
en la orilla del mar. Blando,
efervescente, irradiaba su latido
y rodeaba con un pecho de medusa
los maravillados años
igual que la sal sobre la piel
cuando nos quedamos encallados
a secarnos en la arena.





Números

Con la luz apagada y una pata menos en los lentes
mi vieja saca cuentas para ganarle a la inflación.
Tengo cinco años, el mundo
es una cocina oscura y una mujer
tentando que las cosas entren en sus números.
Las cifras se ocupan de la impotencia y de la falta
y ella pega tickets, hace sumas
en los márgenes, glosa y adjunta las notas
garabateadas en retazos.
Siendo una de esas bocas destinadas
a salvarse por la maravilla del guarismo,
empiezo a entender que las verdades
son un pequeño tajo de sol
en la habitación ensombrecida
donde una mujer se desvive
para que la matemática sea,
como Descartes quiso,
un arma que descompone,
y al final, nos une.





Holydays

Cierro los ojos. Las cotorras gritan,
el aire peina la enramada;
hay pasos de niños sobre la tierra,
y tacuaras piando, benteveos, jilgueros,
palomas. Un auto ruge a lo lejos;
el crepitar de las brasas, el búho;
notas blancas crecidas junto al heladero.
El tiempo, el espacio quedan sometidos.
Acaricio lo eterno de las duraciones
y pruebo el vacío de no saber
dónde está el principio, dónde el final.
Abro los ojos. El sol me ordena,
la luz esculpe su mensaje
al otro lado, sobre los pinos.





Leandro Llull
La vida sin centro
Salta el Pez Ediciones,  2022.

sábado, enero 21, 2017

Cuatro poemas de Leandro Llull


En el camping del Sindicato de Camioneros

A veces se me da por pensar que esos jilgueros,
esas calandrias que escuchaba de pibe
cuando íbamos al camping del Sindicato de Camioneros
se parecen mucho a mis maestros.
Altos, perdidos entre la luz y la sombra,
ubicuos en cada rama,
soltaban su melodía como un hilo inasible,
y yo desde abajo, sin ver, apenas oyendo
esa aguda minucia mezcla de sol y de música,
trataba de imitarlos y silbaba como un ciego,
como un sordo que no entiende el aire entre los labios.
Esos benteveos, esas tacuaras
que cintilaban igual que estrellas, inalcanzables,
perdidos en el tiempo de una tarde de domingo,
dejaban el recuerdo de sus plumas
y saltaban desde lo oscuro hacia un claro celeste
lavando mis silbidos como si fueran
el negro murmullo de las cotorras
cuando la mañana tibiamente asciende.




Mapaches y elefantes

Hablamos con un amigo acerca de qué cosa sea la belleza
y le cuento que una tarde, acompañado de una tía,
en la trastienda de un circo viejo,
tomé un puñado de yuyos del baldío
y lo acerqué temblando a la boca de un elefante.
Le juro que en ese fondo abierto entre la trompa y los colmillos
sentí el resplandor negro de todo lo perfecto.
Él me responde: "Eso es lo sublime, hermano",
y en sus ojos oscuros y ojerosos como los de un mapache
yo veo un abismo brillante y sincero
al que mi corazón se arroja,
y pruebo de nuevo aquel bocado que mi mano obtuvo
en un viaje lento, humedecido
por el aliento de lo bello.




Lanchas

La lancha va sobre el río
como un perro que nada con un hueso,
la cabeza tambaleante, los dientes apretados,
las patas hundidas que se agitan.
Y en la proa nosotros avanzamos
buscando el final de la luz,
la habitación del sol
donde soltar el ladrido transparente,
el mordisco dulce al aire que suspira
su perfume verde por el monte.




Ninjas

En la Biblioteca Popular
para el Desarrollo Social
jugamos con Maxi a los ninjas y él
es el negro, porque el negro
es el bueno, y yo
soy el blanco, el color del malo.
En la mañana de invierno
el sol es un témpano
radiante y tibio que entra
por la puerta vidriada,
y tomamos de la luz la alegría,
la respiramos entre el rechinar
del mosaico y el pasar del colectivo,
hasta que vemos a una mujer
pedaleando una bici que lleva
un carrito enganchado
donde entre cartones juntados para la venta
viajan dos nenas -sus manitos asoman
a través del tejido-,
y avanzando se van por Marco Polo
desde el lado del río,
bajo el día espléndido.



Leandro Llull

Maratón
27 Pulqui, 2016.

A los pibes crudos
Ediciones Vox, 2015.

viernes, octubre 07, 2011

Tres poemas de Leandro Llull

.
EN EL CONFÍN un azul sin nubes
y tu pecho estremece
en pozo tan hondo.

Hay la espesura que le habla al alma
y el sol más lejos del día.

A las cosas,
. . . . . . . . . . ¿para qué mirar?

¿A qué abrir
abismos?

¿Por qué no
. . . . . . . . . . los ojos del cuis
cuando en dos patas se para
y hacia el cielo mira?


***


¿PUEDE EL GRITO DE LA TIJERETA
solitario cruzar el cielo
y tejer esta camisa en llamas
que arde en el pecho sin motivo?

Es tu corazón al acecho, los oídos de la liebre
que el paisaje te ha prestado,
la cacería del alma que lee
donde nunca nadie ha podido.


***


PENSAR QUE UN DÍA TODO ESTO ESTUVO EN OTRO LADO.
Entre dos manos
una alianza tramó el exterminio.

"Gran-Macá" le decían al hombre que defendió la tierra.
Murió enrollado como un tatú
por aguantar el palo.

Hubo un tiempo en que se acariciaban los pastos
como el primer pelo en la cabeza de un niño.

Pensarlo ahora.

Hacerse la imagen.




Leandro Llull

La lengua en soledad
Incluido en el libro colectivo Prueba de soledad en el paisaje.
Mansalva, 2011. 
http://www.estacionpringles.org.ar/novedades.html