sábado, noviembre 21, 2015

Anotaciones


Hugo Gola se levanta de la silla de cuero. Desde la pequeña sala donde recibe a sus visitas es posible escucharlo orinar mientras observamos las dos o tres pinturas colgadas en los muros blancos de su departamento. En menos de dos minutos regresa con un cuaderno tamaño profesional con las tapas maltratadas y algunas hojas desprendidas. Hugo Gola no escribe sus poemas ni sus notas en una Moleskine, como dicen que hacen los escritores legendarios. Hugo Gola sostiene un cuaderno marca Bodega Aurrerá y nos compartirá en voz alta algunos apuntes que ha escrito en la mañana después de leer algún libro. Con la misma convicción reafirmará algunas ideas del autor en cuestión y rebatirá otras. La literatura, entiendo, es un pensamiento constante, ajeno a cualquier idolatría.

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Hugo Gola presenta un nuevo número de El poeta y su trabajo en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Antes de que comience su intervención, el moderador de la mesa intenta leer una ficha biobibliográfica para presentarlo. Hugo Gola manotea y dice que no hace falta. A diferencia de aquellos escritores que tienen como prioridad la promoción de su figura, Hugo Gola se rige bajo una ética que privilegia el trabajo constante y discreto a través de la lectura, la traducción, la edición y, sólo al final, como consecuencia, la escritura.

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Debajo de su sombrero de palma, Hugo Gola suda. Tiene las manos manchadas de carbón y las mangas de su camisa arremangadas. A pesar de que tiene más de 70 años, y casi todos tenemos entre 20 y 30, él hace el trabajo pesado. Si es necesario, parte leña con un hacha. Por horas está atento al fuego hasta que sirve trozos de carne en la mesa, que alguien más repartirá en porciones individuales durante varias rondas. A pesar de ser la persona por la que estamos reunidos, Hugo Gola permanece largos momentos solo ante el asador de tabiques rojos, en silencio, lejano a cualquier protagonismo.

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Hugo Gola me escucha con atención. Tiene una solución práctica. He pasado varios meses sin ánimos de leer. Trabajo como corrector de estilo. Editar textos ajenos hace que en mi tiempo libre lo que menos desee sea leer. Me entristece no leer más. Hasta hace poco yo vivía una racha de descubrimientos personales en el terreno de la literatura. Hugo Gola recuerda sus días como abogado. Me aconseja despertarme más temprano y leer las cosas que en realidad me interesan antes de ir a trabajar. A veces todavía duermo con libros en mi cama. Algunos días leer sigue siendo mi primera actividad cuando despierto.

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Viajo en autobús de Bahía Blanca a Puerto Madryn. Tengo frío. Viajo solo. En Buenos Aires compré Prosas, un libro que publicó la editorial Alción con breves apuntes de Hugo Gola en torno a la poesía. Es probable que sean las mismas notas que compartía con nosotros en su departamento. Aunque todavía vive en México, mis visitas han sido cada vez más esporádicas. Extraño esa sensación de tranquilidad que me deja platicar con él. Esa seguridad de que más importante que publicar es escribir y más importante que escribir es leer y más importante que leer es hacer las cosas que da satisfacción hacer en esta vida.

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Es tan rica la gama de autores que se puede leer en las revistas y en las colecciones de libros que editó Hugo Gola, que es imposible reducirla a una sola escuela poética, tanto temporal como geográficamente. Por el contrario, el interés de Hugo Gola alienta a aproximarse también a otras disciplinas como la música, la escultura, la arquitectura y la pintura, con las que la poesía comparte ese flujo de energía preverbal que la mantiene viva.

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Durante mi participación en el Festival Internacional de Poesía de Rosario me sorprende el cariño que varios poetas jóvenes argentinos manifiestan por Hugo Gola, a pesar de que su exilio en México inició antes de que la mayoría de ellos naciera y terminó hace apenas un par de años. Muchas veces ninguneado por la escena literaria mexicana, me alegra ver que Hugo Gola es un referente importante en su país natal, emparentado con otros nombres como Aldo Oliva o Juan L. Ortiz, también ninguneados por el provincianismo mexicano.



Inti García Santamaría
Mula Blanca, no. 15, agosto-octubre 2015.

1 comentario:

Yaxkin Melchy dijo...

que bello,
saludos Inti