domingo, abril 21, 2019

Cinco poemas de Bosco Centeno


La oropéndola

La oropéndola en
la rama del genízaro
picotea hambrienta
la roja carne
de una pitahaya;
mi presencia
interrumpe su comida
y asustada
se aleja
              chillando.







Esta luna que se confunde

Esta luna que se confunde
con anuncios de neón
entre grandes edificios de hierro y cemento
me cuesta creer que sale entre islas y lago
frente a mi casa en Solentiname.
Aquí hay carros, motos, ruidos
y no los siento como el rumor del lago
el canto del pocoyo y la lechuza.







Sudorosos y enlodados

Sudorosos y enlodados,
tres días de marcha y cuatro emboscando,
pálidos, con el cuerpo lleno de piquetes
la mochila pesada como una cruz
pasando las postas del campamento despacio;
compañeros con la mirada nos preguntan:
-¿Todos completos?- Compañero, ni un tiro en siete días;
nada de contar.
Otros compañeros saldrán mañana a emboscar.






Exilio

Ese güis sentado
en una antena de televisión
está cantando igual que yo
una canción triste.
Aunque mañana cantaremos
en un árbol de grandes ramas.







Quise contarte cómo el río tiene
en su música una armonía de chorchas,
correas y martín-peñas, grillos y ranas,
de los saltos de los sábalos reales
en los remansos del río;
y de cómo las gallinitas de playa se
confunden con el violeta de las flores
de los gamalotes; pero vos despreciaste
mis poemas y te alejaste silenciosa
como el vuelo de una garza al atardecer.







Bosco Centeno
Puyonearon los granos
Ministerio de Cultura de Nicaragua, 1983.

miércoles, marzo 13, 2019

Caballo no entra (fragmentos)


¿Para qué nos sirve el arte en estos días? En La Esmeralda había de dos, los que se metían al rollo del "chido maestro, todo está chingón" y los picudazos que se recitaban a Adorno para interpretar un cuadro de manzanas. ¿Cuál era el bueno? Quién sabe, todos tenían becas de aquí y de allá, todos eran cuates y se criticaban sólo en reuniones secretas. ¿A quién podía importarle un carajo esto? No creo que sea diferente de cualquier otro ramo. Así ocurren las cosas en mi país y no hay antídoto contra el mundo. El mundo está ahí afuera: Estados Unidos matando iraquíes, israelíes palestinos, europeos turcos y africanos, ticos nicas, zapotecos mixtecos,  pochos cholos, fecal amlo, norte sur, este oeste, tiburones ganarán cueste a quien le cueste. Ser fresa o ser banda ya no era opción, porque hacía un buen rato que se había instaurado el eje cultural Neza-Polanco.





Cuando se vive bajo la sospecha del arte no es necesario hablar un lenguaje único. Yo nunca tuve que decir "te amo". Me inventaba cualquier cosa y le ponía la cédula de metáfora. Una vez conocí a una lingüista que daba taller de creación en un café cerca del metro Universidad. Como todos los sábados yo iba por allí a tomar clases de alemán, a veces le caía. Ella era simpática y platicábamos a todo dar, ¿cómo decir?, estaba al nivel. Una vez me invitó a otro taller que se reunía en una casa cerca del teatro Insurgentes. No me pareció que la cosa iba de ligue porque ella no me daba bola. Así que me lancé esa tarde a la dirección que me dejó y llegué a la casa de un poeta, creo que uruguayo. Había unas doce personas y un chorro de botellas de vino y quesos. Rápidamente me senté cerca de la mesa para apañar la botella, por si se ponía muy de hueva la cosa. Comenzó la sesión y el viejo hablaba y leía que parecía un dragón. Todo el mundo se quedó volando en la silla. Al final hubo un par de comentarios, pero se sabía que el maremoto ya había pasado. La plática se relajó y los ojos de todos cayeron sobre mí cuando la chava del taller me presentó como pintor, ahí se soltó la romería. Las preguntas comenzaron sencillas, pero a los dos minutos ya era un interrogatorio, me bombardeaban con un chingo de nombres de los cuales no tenía idea. Intenté sacudírmelos con algo de expresionismo, ligando el concepto de sublime al Renacimiento, pero me cortaron enseguida con otros diez nombres que sonaban muy gruesos. El viejo poeta se dio cuenta de la paliza y se acercó a mi lado con un librito en las manos.

Tomá, me dijo, lo acabamos de publicar en la colección de la revista, es sobre un pintor que se llama van Velde, te va a gustar, era un tipo de pocas palabras, como vos, y comenzó a reír, a lo que el resto del rebaño tomó como que había terminado la madriza. Ese día me sentí infinitamente ignorante y no volví nunca más a los talleres, sin embargo, ahí comenzó todo.





El extraño caso del secuestro de los cines. Itzel estaba feliz porque las nuevas salas habían sido construidas en el complejo comercial Plaza del Valle. Yo no le veía caso tener que ir hasta allá sólo para ir al cine, el trauma del transporte lo traía muy clavado desde el DF. Al final resultó que el gobernador los había construido de su bolsa y, para asegurarse el público, mandó cerrar el resto de las salas que había en la ciudad. Por atascada que resulte la estrategia, así fue. El único que se salvó fue el Pochote y eso porque no cobraba la entrada y las pelis no eran nuevas, de lo contrario no se hubiera salvado. Cosas de ese estilo pasaban siempre, yo me quedaba perplejo con todos esos manejes. ¿Cómo era posible que nadie se quejara? Juro que a gran parte de la población le parecía una maravilla que pusieran los nuevos cines a costa de los que ya estaban, aunque fueran el doble de caros y el doble de lejos. Vaya, con decir que hasta el cine que abrían sólo para las muestras de películas independientes, que por lo general no son muy concurridas, hasta ese mandaron cerrar y jalaron las muestras para las nuevas salas. Acostumbrado al cine relegado, con mi espíritu de espectador precario en las salas de la UNAM, del Chopo o en la misma Cineteca, simplemente sentía y siento que algo no cuaja en ir a ver una muestra de verano a un Multicine, es tan bizarro como pedir una chela en McDonald's.





La situación era insoportable. Los grupos hablaban de necesidades diferentes. Luchas diferentes, pero el común denominador era la causa contra el gobierno. Nadie lo quería, lo llamaban rata. Hacían piñatas con la cabeza del góber y el cuerpo de un ratón. Era una fiesta del simbolismo. Por nada fue un movimiento social completo, pero a la iniciativa privada no le pareció. ¿Iniciativa privada? Un nombre elaborado para decir qué, ¿comercio?, ¿reaccionarios?, ¿empresarios?, ¿dueños de tiendas? Las mismas tiendas y los mismos dueños desde hace años. El hotel junto a la catedral se llama Marqués del Valle, que es una traducción de Hernán Cortés, ¿alguien lo sabe? Sí, todos lo saben. A nadie le importa.





José Molina
Caballo no entra
Luz & Sonido, 2017.

jueves, febrero 21, 2019

Si tuviese un billete de diez mil


Si yo tuviese ahora un billete
de diez mil guaraníes
¡Ah, si yo tuviese ahora un buen billete
de diez mil guaraníes!

Primero besaría a mi negro escocés en el hocico
y luego iríamos juntos por la calle
Orgullosos y altivos como buenos burgueses,
a nadie dejaríamos mirarnos
Burlona les diría nuestra sonrisa:
"A otros con ese hueso, pobres gentes;
¿es que no veis que somos respetables?"

Saludaríamos a la despensera
alegre y cordialmente, como quien lleva
un billete de diez mil en el bolsillo
Un billete es pasaporte a la sonrisa
en la despensa, en la calle y en la vida

Dos botellas de un litro cada una
de cerveza muy fría compraríamos
¡Y adiós nuestro billete de diez mil guaraníes!

Pero la noche, los astros y la risa
nos daría por él tan ventajoso trato

Si yo tuviese ahora un buen billete
de diez mil guaraníes,
compraría tabaco y no me preocuparía ya el insomnio
Jugaríamos mi escocés y yo hasta la mañana,
si yo tuviera insomnio, ambos tranquilos
por tener con nosotros un billete de diez mil guaraníes

Tras comprar el tabaco, de cinco mil,
no de diez mil, sería nuestro billete
Pero, obteniendo a cambio los juegos y la risa,
un buen negocio así habríamos hecho
mi escocés y yo

Si tuviésemos ahora un buen billete
de diez mil guaraníes,
quizá de tan seguros descansaríamos
profundamente y por largas horas
Y, más fuertes y sanos ya despiertos,
mejor enfrentaríamos el universo hostil

¡Ah, si tuviese ahora un buen billete
de diez mil guaraníes!
Mantendría a la Muerte a raya un rato más

Para nosotros dos, mi peludito,
el tiempo no es dinero, mas lo inverso
lo haríamos funcionar mejor que nadie
Veamos, ¿cuánto tiempo
podríamos comprar con diez mil guaraníes?

Días, meses, minutos, no me importa
Dejadme solo un ratito más
No os cuesta nada, y de cualquier manera
vosotros ya ganasteis este juego
Solo quisiera que no os deis conmigo
tanta prisa / No sé, no debería
dejar mi ropa interior desparramada,
ni tampoco en desorden mis papeles,
ni tanto sin hacer y en el tintero,
ni tantos días del futuro intactos
Además, qué os cuesta,
si ya me habíais ganado
desde el principio

Ay, mi peludo amigo, ¡y pensar que a nosotros
nos gusta de verdad tanto vivir
y que lo hacemos con tal gracia y talento!
¡Si tan solo tuviésemos ahora
un buen billete de diez mil guaraníes!

Si no hubiera para mí uno de diez, aceptaría incluso
uno de cinco mil
Y hasta uno de mil guaraníes acepto
Ah, mi perro bonito, pensar que ya tenemos
que empezar a aprender a despedirnos
del dinero del tiempo Del oro de los días
Del oro del futuro Del oro de la vida





Montserrat Álvarez
Panzer Plastic
Colección Underwood, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2008.

jueves, febrero 07, 2019

Tres poemas de Wendy Guerra


Platea a oscuras

(poema de los espectadores)

Me han estado mirando desde el centro
lo sé
no les daré ni un dato de mi conspiración
y aunque sigan pidiéndome el silbato
dejaré de asistir
pero
tendré en mi cuello siempre su sonido.
Está ese proscenio a buen recaudo del tendido
que no me dejará salir volando
en caso de peligro arrancaré las luces
y soltaré a pedazos los vestidos.
Me han estado mirando desde la platea
no aplaudieron
no compraron programas
no cruzaron las piernas
no salieron a la calle
no estuvieron nunca en el butacón pero me miran.





Ellos son de los años sesenta

Hablan de Waldo, de la escuela
y bajito para que yo no escuche
las amigas de mamá preguntan
por sus antiguos novios.

Estoy demasiado cerca de ellos
cada mañana de domingo
cuando recojo las tazas sin vino
y las botellas llenas de ceniza
me doy cuenta de que tengo algo de ellos
que también siento nostalgia por los que faltan
y que aunque no quieran aceptarlo
Elena Burke y Los Beatles
me detienen a pensar.

¿Dónde yo estaba?
Y ¿cómo habría sido ante aquellos problemas
que recuerdan?

Me río de las barrigas de algunos
y del inexplicable aspecto atlético de otros.

Ellos
y también mamá
son de los años sesenta.





Colección de estampillas

Se ha quedado quieto el coleccionista
llorando al centro
mientras
por siempre sus únicas divinidades
descubiertas
se vuelven pobres colecciones enumeradas
que se acaban
y que no son viejos con bocas diferentes
sino miles de Molière
miles de unas locomotoras
y no ruinas de cartón
y no nubes
y no todo lo que antes
veía crecer como esperaba en sus hallazgos
fino humor de quien las dispersa
y todo se repite
y la cinta estelar del astrolabio
gira
al mismo centro
mientras Molière
descubre que todo acabó en su cuaderno
y que no sabe nada
y descubre mal
Molière tiene la culpa
mira desde el sello al coleccionista
que llora desde el centro
como queriendo adivinar
cuánto falta para terminar de descubrirse.




Wendy Guerra
Un grupo avanza silencioso (II). Antología de poetas cubanos nacidos entre 1958 y 1972
Selección: Gaspar Aguilera Díaz
UNAM, 1990.

lunes, enero 28, 2019

Tres poemas de Arturo Carrera


Cerca del molinete

Acompañaba a un amigo que visitaba
esa estación, ese pueblito.

Me quedé en el auto, esperándolo.
Y de a poco,
comencé a oír las voces y los gritos
de unos chiquitos que jugaban a las escondidas.

El de voz más ronca, pero feliz,
contaba: "uno, dos, tres, cuatro... quince... salgo y salí..."
Imaginé que los otros cuchicheaban y
contenían la risa.

Y el que de súbito dejó de contar
se acercó a la ventanilla del auto y exploró mi cara
en silencio
como para decirme: "piedra libre el que está
en esa cara",

en esa noche;
en esa memoria interrumpida;

pero desvió la mirada,
viró hacia los bultos en sombras de sus compañeros
que se movían como pájaros en un resplandor tenue,
rojeante.

Por un momento sentí que desaparecían de mí
toda la dulzura y toda
la desesperación callada,

de aquella luz bienhechora de la infancia.





El cementerio de Pringles

Fuimos en aquella luz temprana
al cementerio.
Visitamos el panteón familiar. No pasamos del umbral.
Espiamos
a través del vidrio de la entrada.

Atrás, el pequeño vitral
con la cara de Cristo,

indiferente;

pero suelta débiles colores. Una maraña transparente
de hilillos --ambarina y compacta--
une entre sí los ataúdes.

Diría que esas telarañas murmuran
cuando no conversan,

no cantan, creo que no; pero seguro que no se olvidaron de cantar y
sus murmullos parecen "boludeos" de adolescentes,
son apenas sedas de luz, líneas casi invisibles
que brillan exageradamente.

Confusa ligazón ahora en mi paladar
que parece increparme:

"¡no vuelvas más!; ¡Ni solo,
ni acompañado! ¡No vuelvas más!
Nuestra tela es el olvido."





Señales portátiles

¡Ojalá el verano se alargara
para recibir aún tus mensajes de texto,
ínfimos,
en una pantalla tan pequeña
como en los sueños tu cara!

¡Ojalá el verano contuviera
tu voz enfrentada a la mía
soportando el espacio y el tiempo
en que nos ocultamos!

¡Ojalá el verano desembolsara
sus noches más largas --sus pesadillas más difíciles
y
nuestros sueños indiscretos! No importa,

sólo para encontrarte.





Arturo Carrera
Las cuatro estaciones
Mansalva, 2008.

lunes, enero 07, 2019

Cuatro poemas de Francesca Gargallo


Junio

Podrida sobre el agua aletea
la muerte de las flores
y es silencioso
el pescador con su remo.
Susurros de pájaros
cultivos al sol y
tiburones.





Lo que mi padre decía y ahora sé

La piel tersa
cuya geografía recorrieron
las manos de mi juventud
no se me vedó.
Sólo que ahora es
demasiado cara.




No recibo pensiones como Virginia
ni los derechos de autor de Simone.
Me rompo el alma en una silla traduciendo
pierdo la voz con alumnas bostezantes.
Mas cuando las palabras fluyen
siento en ellas
a mis hermanas mayores.





Como los que nunca
tomaron el tren
dormidos
tras la sala de espera de segunda
desperté entumecida.





Francesca Gargallo
A manera de retrato una mujer cruza la calle
Universidad Autónoma Metropolitana, 1990.

viernes, diciembre 07, 2018

Tres poemas de Coral Bracho


(Observaciones)

Ese pájaro
que baja a picotear el asfalto
muy cerca de su pie, es algo
que jamás ha visto.
No hay con qué compararlo;
nada que lo emparente con aquel gato
o que comparta
con ese arbusto.
Todos son habitantes inesperados;
contundentes presencias
del espacio que, de momento,
compartimos con ellos. No hay reinos
que los reúnan o los separen
en sus precisos territorios,
ni palabras
donde se empalmen. Éste,
que ahora agita las alas
y brinca entre la hierba y el polvo,
es único.





(Diario)

Como un oleaje en el fulgor del aire,
la música
entraba en ti. Ráfagas de ríos levísimos
se extendían en tu cuerpo; y tus brazos y tus pies
se encendían en su calma brotante,
su movimiento.

—¡Qué hermoso!
exclamaste de pronto. Y sin mirar,
sin entender, te volviste hacia aquel oscuro,
y ya implacable, silencio.





(Diario)

Vine por eso
que pasó en Acteal.
Eso espantoso que pasó. Sí,
vine sola.
Pero aquí están todos.
Fue el gobierno, gritan.
Y yo también.





Coral Bracho
Debe ser un malentendido
Era, 2018.

miércoles, noviembre 28, 2018

Tres poemas de Joseph Brodsky


El explorador polar

A M. B.

Devorados ya todos los perros. En su diario
no ha quedado hoja en blanco. La foto de la esposa
cubierta de palabras, a modo de rosario:
en su rostro el lunar de una fecha dudosa.
Otra foto: la hermana. Pero no se consterna;
marca su latitud. Mientras tanto se ve
que la gangrena, oscura, le sube por la pierna
como la media de una mujer de cabaret.





Intervención en la Sorbona

Conviene, en todo caso, estudiar filosofía
después de los cincuenta. O al menos, armar un modelo
de sociedad. Antes se debe
aprender a hacer sopa, a freír (o a pescar)
un pescado, a hacer un buen café.
De lo contrario, las leyes morales
huelen a cinturón paterno o a traducción
del alemán. Hay que aprender primero
a perder las cosas, en vez de a adquirirlas,
odiarse a uno mismo más que al tirano,
apartar durante años la mitad de tu mísero sueldo
para pagar la renta, antes de razonar
sobre el triunfo de la justicia. Que llega siempre tarde
con un retraso, al menos, de un cuarto de siglo.

Conviene estudiar la obra de un filósofo a través del prisma
de la experiencia, o con ganas (que es casi lo mismo),
cuando las letras se derriten, o cuando una dama
desnuda sobre las sábanas arrugadas vuelve a ser
una foto o la reproducción
del cuadro de un pintor. El verdadero amor
a la sabiduría no pide ser correspondido
y no termina en boda,
como ese ladrillo publicado en Göttingen,
sino en la indiferencia hacia uno mismo,
en el color de la vergüenza --en elegía, a veces.

(Suena el tranvía en algún sitio, se te cierran los ojos,
los soldados regresan, cantando, del burdel;
sólo la lluvia nos recuerda a Hegel).

La verdad es que la verdad
no existe. Ello no nos libera
de responsabilidad. Sino por el contrario:
la ética no es más que ese vacío,
que la conducta humana llena continuamente;
no es más, si les parece, que el universo mismo.
Y los dioses no aman la bondad por sus ojos bonitos,
sino porque, de no existir el Bien, ellos no existirían.
Así que también ellos rellenan el vacío,
quizás de una manera aún más sistemática
que la nuestra, pues en nosotros
no se puede confiar. Aunque ahora somos más
numerosos que nunca, no estamos en Grecia:
nos arruinan las nubes bajas, y la lluvia, como he dicho antes.

Hay que estudiar filosofía cuando
ya no necesitas la filosofía. Cuando adivinas
que las sillas del comedor y la Vía Láctea
están conectadas de un modo más estrecho
que las causas y efectos, más que tú y tu familia.
Que lo que las constelaciones y la sillas
tienen en común es que son insensibles, inhumanas.
¡Es un lazo más fuerte que la sangre
o la cópula! Por supuesto, no debemos
tratar de parecernos a las cosas. Por otra parte,
cuando estás enfermo no es imprescindible sanar ni preocuparse
por la propia apariencia. Esto es lo que se aprende
después de los cincuenta. Y es también la razón por la que al vernos
en el espejo a veces confundimos la estética con la metafísica.





El grito del halcón en el otoño

El viento que nos llega del noroeste
lo eleva sobre el valle de Connecticut:
gris, carmesí, morado y escarlata.
Desde allá arriba ya no se divisa
el sabroso paseo de los pollos
ni el de un ratón de campo en el lindero.

Solo, flotando en la corriente de aire,
lo que ves es una hilera de colinas
achatadas, la plata de los ríos
serpenteantes, como una espada viva,
acero entre meandros, y los pueblos,
como abalorios, de Nueva Inglaterra.

Los termómetros marcan bajo cero
como unos lares dentro de sus nichos.
Las puntas de los templos, congeladas,
contienen el incendio de las hojas.
Aunque para el halcón no son iglesias.
Y por encima de los píos deseos

de los fieles remonta el mar celeste,
pico cerrado, patas contra el vientre
--las garras recogidas como un puño--
sintiendo por debajo en cada pluma
el empuje del aire y en respuesta
los destellos del ojo. Va hacia el Sur,

al Río Grande, al delta, a los hayedos
sofocantes, ocultos en la espuma
poderosa de la hierba afilada,
a un nido, al roto cascarón moteado
de escarlata, a un aroma o la sombra

de un hermano o hermana.

                                          Corazón
recubierto de carne, plumas, alas,
palpitando febril, acalorado,
mientras su cuerpo alado en movimiento
es tijera en el cielo del otoño,
y el azul, más azul por ese punto,
oscura mancha casi imperceptible,

esa sombra que oscila sobre el pino;
gracias al rostro inexpresivo y plano
de algún niño con frío en la ventana,
a la pareja que sale del coche,
a la mujer parada en el portal.

Hacia arriba lo empuja la corriente,
siempre más alto, todavía más alto,
y punza el frío su vientre emplumado.
Mira hacia abajo, trata de orientarse
al ver cómo se ofusca el horizonte,
ve, o le parece ver, los trece estados

primeros, y a lo lejos el humo
que brota, lento, de las chimeneas.
La cantidad de chimeneas le indica
al ave solitaria su altitud.
¡He llegado tan alto! Y el orgullo
viene a mezclarse entonces con el miedo.

Girando sobre un ala, hace un picado.
Pero el aire, como una capa elástica,
lo rebota hasta el cielo, hasta el espacio
helado e incoloro. En su pupila
hay un brillo malvado, una amalgama
de rabia con horror. De nuevo intenta

su descenso. Y de nuevo retrocede,
como una pelota contra la pared,
o el regreso a la fe del renegado.
¡Y son tantas sus ganas! Llegaría
hasta quién sabe dónde, en la ionósfera,
ese objetivo infierno sideral

de las aves. Donde escasea el oxígeno,
donde en lugar de mijo sólo hay granos
de lejanas estrellas. Son los Campos
Elíseos de los hombres, aunque para
las aves representa lo opuesto. No es
con la mente, sino con los pulmones,
que el ave intuye que ya no hay remedio.

Grita entonces. Y de su pico curvo
sale un molesto sonido mecánico,
como el graznido cruel de las Erinias,
o el acero rasgando el aluminio.
Un ruido que resulta insoportable
por no estar destinado a nuestro oído,

ni al del hombre, ni al de la ardilla roja
en su abedul, ni al zorro sorprendido
sin madriguera, ni al ratón de campo.
Nadie puede pagar con tantas lágrimas.
Sólo los perros alzan el hocico.

Un grito agudo, fiero, penetrante,
más terrible que ese re sostenido
del diamante cuando corta el cristal,
cruza el cielo, y en ese instante el mundo
parece estremecerse, lastimado.
Pues el calor allá, por lo más alto,

quema el gélido espacio, como acá
la verja helada quema cualquier mano
que se atreva a tocarla sin un guante.
"Mira, arriba", decimos, el halcón
lacrimoso, ¿no ves la telaraña
que teje ese sonido? Diminutas

ondas perdidas sin el menor eco
en la bóveda que huele a sonora
apoteosis, sobre todo en octubre.
El ave brilla en el celeste encaje,
y se cubre de escarcha mientras flota:
plateada en el cenit, como una estrella.

Con prismáticos, puede divisarse
una perla, detalle incandescente.
Y desde arriba nos llega el sonido:
un ruido de vajilla que se quiebra,
como el antiguo cristal de familia
cuyos fragmentos no pueden herirnos,

sino que se derriten en la mano.
Y al menos ese instante distinguimos
otra vez esos círculos y objetos,
la mancha iridiscente, el abanico,
los anillos, paréntesis y comas,
espigas y pestañas, que llamamos

libre juego y diseño de la pluma;
el mapa convertido en un puñado
de hojas secas que caen en las laderas.
Atrapándolas, corren por la calle
los niños con abrigos de colores
y gritan en inglés: "¡Invierno, invierno!"





Joseph Brodsky
El explorador polar. Antología poética bilingüe
Traducciones de Ernesto Hernández Busto y Ezequiel Zaidenwerg
Kriller 71, 2018.

miércoles, noviembre 07, 2018

Encuentros con Samuel Beckett (fragmento)


(29 de octubre de 1973)

¿Por qué he dejado que pasaran cinco años antes de volver a verlo? Naturalmente en la primavera de 1969 no fui a París y en otoño, cuando me disponía a escribirle, le concedieron el Premio Nobel. Admiradores, universitarios, viejos conocidos, antiguos camaradas de instituto y universidad, miembros de su familia, acudieron de Francia, Inglaterra, Irlanda y hasta Estados Unidos. Beckett quedó literalmente sumergido e incluso llegó a confesar a Bram que su piso se había convertido en un "auténtico burdel". A partir de ese momento, durante todos esos años, decidí no manifestarme.

Estábamos citados en la Closerie des Lilas. Yo nunca había entrado en ese local, y mientras lo esperaba no pude dejar de pensar en todos esos escritores famosos —Joyce, Hemingway, los surrealistas, tantos otros...— que han convertido este café en un lugar legendario. A las siete en punto, la hora de nuestra cita, percibo su elevada silueta. Gafas oscuras, chaqueta de borrego. Bufanda de color rojo pálido, con un matiz especialmente bonito.

Me acerco a él, me presento. Me contempla en silencio durante unos segundos mientras mantiene mi mano en la suya. Se quita las gafas y entramos.

Se quita la chaqueta y hace que me siente en el banco, mientras él se instala en una silla que coloca, con aire decidido, oblicuamente, de manera que no estemos cara a cara. Lleva un pantalón de pana oscuro y algo raído y un jersey de cuello azul gris.

Se sube las mangas. Está bronceado, relajado. Me sonríe. Después se absorbe en sí mismo y un espeso silencio se extiende sobre nosotros como un manto.

¿Cómo iniciar nuestro diálogo? Hablar de cosas poco importantes parece tan difícil como soltarle de golpe las preguntas que deseo hacerle. Hay en él tanta seriedad que impone silencio a tu agitación, te arrastra hacia el centro, reactiva de pronto lo que duerme en tu noche.

Pasa un buen rato antes de que pueda iniciar la conversación.

Acaba de pasar cinco semanas en Marruecos. Ha alquilado un coche y visitado el país, se ha bañado, paseado por los zocos, dormido en las playas...

¿Ha podido trabajar algo durante ese viaje?

—En absoluto. Más bien he intentado fugarme que perseguir algo.

Hablamos extensamente de Bram. Me pregunta qué tal le va, lo que ha pintado, si sigue siendo tan callado. Se lamenta de que ya no se vean, pero le puedo asegurar que eso no impide a Bram pensar en él a menudo.

Me habla de la hermana de Bram, Jacoba, que sobrevive malamente en Ámsterdam con un amigo más joven que ella pero que está paralítico. Me pregunta si lo sabe Bram. Y antes de responderle, con una sonrisa en la que se vislumbra perfectamente el afecto, prosigue:

—No, está fuera de todo eso.

Habla en voz muy baja, con frases cortas, y a veces, a causa del barullo, se pierden algunas palabras y no puedo entender lo que dice.

Durante estos últimos años, ha consolidado algunas puestas en escena. Especialmente en Alemania. Le pregunto si eso le interesa.

—Sí. Pero forma parte de la diversión.

Lamenta que en Colonia, donde han montado Fin de partida, hayan ignorado las indicaciones de la puesta en escena y situado la obra en un asilo de ancianos. Eso lo convierte en caricaturesco.

Le hablo de las decenas de rechazos que ha tenido que soportar con Watt, después con Molloy. Me confiesa que había renunciado a publicar.

—Fue mi mujer, Suzanne, quien insistió y encontró a Lindon en Les Éditions de Minuit.

Y como intento analizar las razones por las cuales no podía sino tropezarse con rechazos, concluye:

—Sí, había una suerte de indecencia... una indecencia ontológica.

Menciono el problema de las traducciones y me explica que es él quien tiene que hacerlas. Si deja que se encarguen otros, entonces tiene que revisar el texto palabra por palabra y eso le supone todavía más trabajo y más dificultades.

¿Qué piensa de esos ensayos y esas tesis que le dedican? Yo le confieso que muchas veces no entiendo nada de esos análisis que me parecen una vivisección inútil. Hace un gesto con la mano en el aire, como para apartar algo que le molesta.

—Es demencia universitaria...

Me habla extensamente del envejecimiento. De la importancia que adquiere el oído en relación con la vista. A partir de ahora, los ojos tienen mucha menos importancia.

No, no escribe mientras camina. No, tampoco padece insomnio.

Le sorprende saber que conozco sus Foirades. Me va a enviar su última obra de teatro. La van a representar en Londres, después en Alemania, y la va a montar Madeleine Renaud que, en escena, sólo será una boca.

Últimamente he tenido que releer Molloy y la continuación para una nueva edición.

—¿Qué impresión le ha producido esa lectura?

Baja la cabeza, mira al vacío y se da cuenta de que no es fácil encontrar una respuesta. De pronto su mirada, su rostro, adquieren una rigidez pétrea y entonces puedo ver que ya no tiene la menor conciencia del lugar y del momento. Es un espectáculo fascinante. Estoy a menos de un metro de él y bastante turbado, pero estoy seguro de que no ve que lo estoy mirando. Lo escudriño con una atención devoradora.

Había olvidado lo característico que es y lo impresionante. Un rostro tan hermoso de frente como de perfil, donde se leen la hipersensibilidad y la energía. Una mirada de vidente, de una intensidad extraordinaria. La frente surcada por arrugas profundas. La nariz aquilina. Las cejas hirsutas y sin recortar. Las mejillas hundidas y sin afeitar. La boca ancha. Los labios finos. Los cabellos grises, recios y alborotados.

Pasan dos, posiblemente tres, minutos interminables. Después la piedra se anima y desvío mi mirada. Otro momento de silencio. Y cuando me dispongo a plantearle otra pregunta, convencido de que ha olvidado la anterior, afirma:

—Ya no me siento en casa.

Puedo asegurar que leyéndolo presentí esta aptitud suya para absorberse de forma total y espontánea en lo que le preocupa.

Sus logros en cadena, que te dejan exhausto y estupefacto, la manera tan particular que tiene de explotar una imagen o una metáfora, de sacar deducciones sorprendentes de la forma más inesperada, dan a entender que en cada palabra empleada ha invertido todas sus energías, su poder de atención y su inventiva, y que, por tanto, es capaz de sumergirse por entero en aquello que imperiosamente lo solicita.

Tomando muchísimas precauciones, le explico que, a mi entender, la trayectoria de un artista no puede concebirse sin una rigurosa exigencia ética.

Largo silencio.

—Lo que me dice es justo. Pero los valores morales no son accesibles. Y no se los puede definir. Para definirlos, habría que pronunciar un juicio de valor, cosa que no es posible. Por eso nunca he estado de acuerdo con esa noción del teatro del absurdo. Porque ahí hay un juicio de valor. Ni siquiera se puede hablar de lo verdadero. Es lo que forma parte del infortunio. Paradójicamente, el artista puede encontrar una especie de salida gracias a la forma. Dando forma a lo informe. Probablemente sólo en este sentido podría haber una afirmación subyacente.

Le pregunto por su vida, por la manera en que se han desarrollado las cosas para él.

Cuando era adolescente, no pensaba en convertirse en escritor. Una vez terminados los estudios, empezó una carrera universitaria. Primero fue lector de francés en la Universidad de Dublín. Pero un año después ya no podía soportar esa vida. Y literalmente se fugó. Llegó a Alemania. Desde allí envió su dimisión.

—Me porté realmente muy mal.

Llegó a Francia. No tenía ni dinero ni documentación. Acababan de asesinar al presidente Paul Doumer (era en 1932), y los extranjeros estaban muy vigilados.

Gracias a una traducción de El barco ebrio para una revista americana, pudo disponer de algún dinero. Para que no lo expulsaran, volvió a Londres. Durante cierto tiempo soñó con ser crítico literario. Para ello entró en contacto con diferentes periódicos, pero sin conseguir absolutamente nada. Volvió a casa de sus padres. Su padre estaba deshecho. Había tenido que dejar la escuela a los quince años, renunciar a sus estudios, y es fácil comprender que no pudiera entender la postura de su hijo.

Tenía veintiséis años y se consideraba un fracasado. En 1933, su padre muere y esta desaparición le afecta profundamente. Hereda una pequeña suma de dinero y se marcha a Londres, donde alquila un apartamento amueblado y vive muy pobremente.

En 1936, tras un largo periodo de crisis, visita Alemania. En tren y a pie.

En el verano de 1937 se instala en París. Entabla amistad con Geer y Bram van Velde, frecuenta a Giacometti y a Duchamp.

Después, estalla la guerra. En 1942, él y su mujer escapan por poco de la Gestapo y después se refugian en Roussillon, en Vaucluse.

En 1945, vuelve a Dublín para visitar a su madre. Después pasa unos cuantos meses en Saint-Lo como almacenista e intérprete en un hospital abierto por la Cruz Roja irlandesa.

En 1946, regresa a Irlanda y durante ese viaje experimenta aquella convulsión que modificó radicalmente su manera de enfocar la escritura y su concepción del relato.

—Esta toma de conciencia ¿fue progresiva o fulgurante?

Habla de una crisis, de instantes de súbita revelación.

—Hasta ese momento había creído que podía confiar en el conocimiento. Que debía equiparme en el plano intelectual. Aquel día todo se desmoronó.

Sus propias palabras me vienen a los labios: "Escribí Molloy y lo que sigue el día en que comprendí mi estupidez. Entonces me puse a escribir las cosas que siento".

Sonríe inclinando la cabeza.

Era de noche. Como tantas veces, erraba solitario y se encontró en la punta de un muelle barrido por la tempestad. Entonces pareció que todo recuperaba su lugar: años de dudas, de búsquedas, de preguntas, de fracasos (unos días después cumpliría cuarenta años), cobraron de pronto sentido y la visión de lo que tendría que realizar se le impuso como una evidencia.

—Entreví el mundo que debía crear para poder respirar.

Empezó Molloy cuando todavía estaba junto a su madre. Lo siguió en París, después en Menton, donde un amigo irlandés le había prestado una casa. Pero una vez acabada la primera parte, no sabía cómo continuar.

Ya no pasaba los apuros de los años anteriores, pero todo seguía siendo difícil. Y así, en la primera página del manuscrito de Molloy, figuran las siguientes palabras: "Como último recurso".

Seguidamente, hasta 1950, arrastrado por un verdadero frenesí creador, escribió Molloy, Malone muere, Esperando a Godot, El innombrable, Textos para nada, que son las únicas obras que merecen su aprobación. Considera que los textos posteriores a 1950 sólo son intentos. Que posiblemente sólo en el teatro hay páginas algo superiores al resto.

Observa que lo que escribe ya no tiene ese tono febril que me impresionó tanto en Textos para nada y en El innombrable. Sabe que lo que le queda por decir está cada vez más restringido y tiene la impresión de que casi podría atraparlo o, en todo caso, delimitarlo mejor.

Hablamos de los textos que acaba de escribir y que sólo tienen algunas páginas. Menciona esos cuadros holandeses del siglo XVII que sirven de memento mori. Uno de ellos representa a San Jerónimo meditando junto a una calavera. Al igual que los pintores que nos han dejado esos cuadros, él quisiera poder contar la vida y la muerte en un espacio extremadamente reducido.

Me vuelve a hablar de la vejez. Pero sin la menor amargura. Más bien con una pizca de jovialidad. El apaciguamiento experimentado le permite escribir con más tranquilidad. Pero teme caer en cierto formalismo. Esos textos tan breves están muy trabajados y han pasado por diferentes etapas. Imaginación muerta imagina ha sido precedido de ocho versiones. En principio, progresa siempre en el sentido de la reducción.

Va a aparecer en italiano un texto de una página y media que se titula Still (silencio e inmovilidad).

Le pregunto si sigue quedándose horas y horas callado e inactivo, escuchando y observando lo que habla y ocurre dentro de él. Me repite que el oído cobra cada vez más importancia en relación con la vista.

De nuevo me habla de la vejez. Esta vez con una especie de resignación abrumada.

Le recuerdo que, durante nuestra primera entrevista, me había dicho que admiraba la vejez de Yeats.

—Sí, la de Yeats y la de Goethe..., la vejez activa y fecunda de los grandes creadores.

Me habla de Fragments, mi primer libro.

—Se puede observar en él un gran desamparo. ¿Le van mejor ahora las cosas?

Me pregunta por mi trabajo, por mi vida en Lyon; le hablo de mi Journal y de que después de que lo aceptara un editor no ha podido salir.

—No tiene ninguna importancia no publicar. Hacemos eso para poder respirar.

Me invita a que le envíe algunos de mis textos. En 1968, después de nuestra entrevista, y a petición suya, le mandé unos treinta poemas. Como respuesta me escribió una carta de la que reproduzco las siguientes palabras: "Aléjese usted tanto de sí mismo como de mí".


Le hablo de pintura y salen a relucir en la conversación los nombres de Matisse, Picasso y Dubuffet, de quien acabo de ver una retrospectiva. Asiente a todo lo que digo.

Está serio, sonríe, extremadamente presente y atento.

A medida que pasa el tiempo me encuentro menos coartado y, después de esta hora de conversación, me siento tan cercano a él que tengo la impresión de estar con un viejo amigo, a quien podría contar todo lo que quisiera. Por eso, ante mi asombro, me envalentono y le desvelo la importancia que ha tenido en mi vida el encuentro con su obra.

Así, un poco al azar, dando salida a todo lo que hay dentro de mí, me pongo a explicarle que me ha enseñado la lucidez, arrancado de la confusión, centrado en lo esencial. Que lo que él había escrito era tan nuevo, tan singular, que leyéndolo tuve la impresión de descubrir la lengua y la escritura. Que sentí una gran emoción al haber podido alcanzar en parajes tan extraños aquello que no cesaba de acosarme desde la adolescencia. Que me gustaba la desnudez y lo cortante de su frase, hecha de palabras limpias, exenta de toda retórica y de todo cerebralismo. Que he pasado decenas de horas recorriendo, interrogando, comentando esos textos en los que creía oír mi propia voz. Que el silencio que puebla las páginas de Textos para nada me había conducido a regiones de mí mismo en las que hasta ahora nunca me había aventurado. Que su obra, en cierta medida, me había destruido, pero que también había recibido una enorme energía. Que el conjunto de sus obras dibuja una curva perfecta, y que está muy bien sentir que cada una de ellas responde a una necesidad imperiosa. Que siento una admiración total por su vida ejemplar. Que es él, y nadie más que él, quien ha sabido revelarnos lo que es el hombre contemporáneo, y no tal escritor, demasiado preocupado en acompañar paso a paso su época. Que le agradezco que se haya mantenido apartado, porque sólo quien permanece al margen puede llegar a tener una visión capaz de taladrar profundamente y de abarcar vastos horizontes. Que considero que esta obra no afirma, sino que procede por negación, y por la negación de la negación, haciendo que en el intervalo surja lo que importa captar. Que me he preguntado decenas de veces quién podía ser ese hombre que ha escrito páginas tan auténticas y tan fundamentales, que había penetrado tan adentro en el sentimiento de desamparo, que había proyectado sobre el hombre y la condición humana una luz tan despiadada y desoladora. Que yo ya no sabía si tenía que seguir intentando escribir, pues él había agotado el terreno en el que yo pensaba que podía explorar algo.

Todo esto lo expresé atropelladamente y de un tirón, posiblemente con cierta pasión.

De pronto mi interlocutor se levanta. Me pide disculpas.

Vuelto bruscamente a la realidad de la situación, lo veo echar la cabeza para atrás, retraer los hombros e intentar respirar. Después de algunos pasos y, para acabar, desaparece dejándome confuso, lleno de turbación y de estupor.

Pasan tres o cuatro largos minutos y regresa.

Un silencio interminable, imposible de romper. Finalmente consigo preguntarle sobre lo que va a hacer en los próximos días.

—Aquí es imposible. Me molestan demasiado a menudo. Me voy al campo. Pasaré unos quince días.

Le confieso que un día me apeteció ir a ver su casa. Pasearme por los prados y los bosques que la rodean. (Al llegar al pueblecito cercano divisé a una dama de cierta edad y le pregunté si por casualidad sabía dónde estaba la casa del escritor Samuel Beckett. Mientras me lo indicaba tuve el presentimiento de que lo conocía. Y sin preocuparme de que me confirmara mi intuición le dije:

—Siento hacia ese hombre una admiración profundísima. ¿Podría hablarme usted de él?

Se quedó por unos momentos sorprendida y con una voz muy suave me contestó:

—Oh, el señor Beckett, el señor Beckett..., sabe, es un gran señor, un gran señor.

Me di cuenta de que todo lo que ella sabía y pensaba de él lo había querido resumir en esas pocas palabras y dejé de insistir.)

Allí —lo sé por un amigo común— escribe, toca el piano, hace la compra, se prepara las comidas, da largos paseos andando muy deprisa, pasa horas sin hacer nada, inmóvil, atento a lo que clama dentro de él.

—Pero cuando no ocurre nada, ¿qué hace usted?

—Siempre hay algo que escuchar.





Charles Juliet
Encuentros con Samuel Beckett
Traducción: Julia Escobar
Siruela, 2006.

domingo, octubre 21, 2018

Un poema y cuatro postales ecopoéticas de Nanao Sakaki


Kokopelli

Yo soy una canción
Yo soy el que aquí camina
--de un antiguo hopi

Aquí    significa
donde    el amanecer    te encuentra

Aquí    significa
donde    el viento    te encuentra

Aquí    significa
donde    las flores    te encuentran

Aquí    significa
donde    los pájaros    te encuentran

Aquí    significa
donde    la canción    te encuentra

Yo soy    una canción
Y aquí    camino

4 de abril de 1992





Primero me detuve en la orilla del océano Pacífico

Elefantes marinos, focas oceladas, leones marinos. Estoy frente a estos mamíferos que se reúnen en la isla Año Nuevo al sur de San Francisco.

El duelo de los elefantes marinos machos que contienden por el harem. El rugido que se escucha desde 500 metros a la distancia mientras embisten sus cuerpos de 3 toneladas. El e-maki de las aves migratorias que vuelan escandalosamente. Estoy sin palabras, solamente aferrado a los binoculares.

10 de noviembre de 1990





Poesía en la que muere el viento

El poeta de la antología de poemas La Tierra B fue invitado al domo "Biósfera 2", ensamblado en medio del desierto.

Dentro de esta gigantesca estructura se hace circular el agua a través de una jungla y un bosque templado hasta un pequeño mar, donde dos veces por día se recrean la marea alta y baja. Y ya habitan allí algunas especies de lagartijas y serpientes del Amazonas.

La autosuficiencia alimentaria se ha alcanzado completamente. Brotes de arroz se extienden en campos inundados al estilo japonés.

A partir de enero del próximo año, ocho jóvenes, entre ellos un doctor, van a vivir aquí en calidad de conejillos de indias. Su comunicación con el exterior será solamente por medio de un videoteléfono.

Energía, tecnología de planeación y desarrollo, destinados a los viajes espaciales, la autodefensa para la guerra nuclear... una inmensa inversión para mantener un sistema verdaderamente inútil. Me abruman.

De pronto me di cuenta: no sopla la brisa. ¿Por qué será? Le pregunté al jefe de guía, pero no hubo respuesta.

29 de octubre de 1990





¡Oh, élite!
Por allá el agua es amarga...

Me invitaron de la "Academia Phillips Andover", una preparatoria que está al norte de Boston, a un recital de poesía. Aquí, en la que se dice es la preparatoria más competitiva del país, se recibe no sólo a los estudiantes más brillantes de los EUA sino de unos 50 países. Me dijeron que el presidente Bush vino a dar aquí un discurso antes de mi llegada.

Como tenían reunidos a estos excelentes estudiantes, para mí fue interesante leerles poesía.

No deberíamos dejarlos irse al lado del poder. Por aquí, el agua es dulce...

19 de septiembre de 1990





Umeboshi del Tercer Mundo

En territorio mexicano, en el pueblo de Sonoyta, compré chamoy seco. 20 chamoyes por 2000 pesos, que en Japón serían 100 yenes. Este es el Tercer Mundo que va siendo tragado por las olas de la inflación.

Inmediatamente cruzando la frontera, unos muchachos se aglomeraron en torno al Jeep, cada uno con un trapo y una cubeta en la mano. Sin pedir permiso, comenzaron a lavar las ventanas del coche para pedirnos "unas monedas". ¿Cuál es la causa de este caos y pobreza? Me avergüenza ser "un japonés rico".

Alguna vez, en Nueva York, recuerdo haber escuchado de parte de un conocido la historia de un antropólogo, quien se encontró en la selva del Congo con unos pigmeos que le pedían dinero. Cuando quiso darles algunos dólares, le dijeron "danos yenes". ¡Qué vergüenza, qué aborrecible!





Nanao Sakaki
Cactus del viento
Traducción: Yaxkin Melchy Ramos
Asociación de Escritores de México, Col. Colores Primarios, 2018.

domingo, octubre 14, 2018

Ele


Pronto sumarán nueve los años en que asisto
a análisis. A análisis los lunes con Elena.

Pronto sumarán nueve los años en que digo,
porque no dejan de venirme a la mente,
los judíos:

Los judíos que me atormentan
Los judíos mexicanos
Los judíos de vientre judío
Los judíos convertidos
Los judíos paisanos
Los judíos shajatos
Los judíos sefaradim
Los judíos ashkenazim
Los judíos jasídicos
Los judíos sionistas
Los judíos gringos
Los judíos misóginos
Los judíos homófobos
Los judíos religiosos
Los judíos religiosos con peyes
Las judías religiosas de falda larga
Las judías religiosas de falda larga y peluca
Las judías alumnas
Las judías mamás
Mi mamá
Mi bobe
Los judíos familiares
Los judíos extraños
Unheimlich
Yo no soy como los otros
Yo no soy como los otros
Yo no quiero ser como los otros
Yo quiero ser diferente
Los judíos indiferentes
Los judíos que desprecio
Los judíos de la escuela judía
Los judíos elitistas
Los judíos clasistas
Los judíos de compras en Miami
Los judíos que no quiero ser
Los judíos que no puedo dejar de ser
Los judíos que quiero ser
Los judíos que admiro
Freud, Derrida, Lispector, Arendt
Los judíos analistas
Los judíos argentinos
¿Qué es ser analista?
¿Qué es ser judío?
¿Qué es ser mujer?
¿Qué me quieres?
Mis bisabuelos lituanos
Los judíos que migran
El judío errante
Los judíos de la diáspora
Los judíos de Montreal
Los judíos y su comida
Kósher, páreve, jalab Israel
Los judíos y sus jales, rúgalaj y bagels
Las idishe mames
The Nanny y Woody Allen
Los judíos que bailan rikudim
Los judíos que tocan klezmer
Los judíos que hablan idish
«Idish, idish, idish siz di shenste shpraj»
Los judíos con sus álef, beis y guímel en la peli de Hanucá
Los judíos macabeos que se resistieron a la Helenización
¿Los judíos que resisten?
Los judíos que resistieron
«Zog nit keinmol»
Los judíos partisanos
Los judíos partisanos de Vilna
Fareinike Partizaner Organizatsie
Los judíos del levantamiento del gueto de Varsovia
Los judíos comunistas
Los judíos socialistas
Los judíos bundistas
Los judíos que ¡oy, oy, oy!
Y goy, goy, goy
Y gay, gay, gay
Los judíos que heredé
Los judíos que cargo
Los judíos que me avergüenzan
Los judíos que se molestan por mi vergüenza
Amy Winehouse
Los judíos que no quiero ser
Los judíos que no puedo ser
Los judíos que no puedo dejar de ser
Los judíos que no quiero dejar de ser
Los judíos que quiero muchísimo
Que amo
Que me cargan
Los judíos que fui
Los judíos que soy
Los judíos que estoy siendo
Y que me vienen a la mente




Ronit Guttman
Poema inédito cedido por la autora para Nueva Provenza

viernes, septiembre 28, 2018

Cuatro poemas de Elena Medel


Celebración

para Ariadna G. García

Como cada año amarillo,
las calles se llenan de vestidos
que hacen daño en el cuello.
En las casetas de tiro surgen
chaquetas con hombros,
peluches agujereados
y tesoros que almacenamos
en un anaquel sobre el que nadie sabe.

Estaciones atrás, un día como este,
me crucé con una ristra de celofanes,
con mujeres que decían lo hermoso
de coleccionar brillos y baberos.
Sollocé y pataleé
por un pedazo de rojo brillante:
alguien me regaló
lo que parecía un bastón de caramelo.
Al morderlo, el plástico me reveló
que jamás lo que deseamos se parece a lo obtenido.
Con la soberbia de la infancia,
lo pisoteé en el suelo,
ahora
caricatura de azúcar astillado.
Al saber qué había hecho, me eché a llorar:
todos los niños —menos yo— tenían un bastón,
exactamente igual a aquel que yo hice trizas.

Hoy sigo destruyendo
—cebándome con saña
las cosas que más quiero.





Maceta de hortensias en nuestra terraza: ascenso

Morado o violeta o azul sucio, más
bien: una maceta de plástico negro con una hortensia
que se asoma al balcón. La vida costaba
dieciocho euros y no había
nada que temer. Para la supervivencia compré un manual
sobre jardinería; bastaba con anotar cuándo
crecer en un tiesto de cerámica, cuándo el pulgón y cuándo
los esquejes.

Porque toda mujer se casa con su casa,
desde la terraza
mi salón con ropa de domingo:
mesa en el centro, mantel blanco, muchos platos rebosantes,
mi amor feliz,
sereno,
y en el primer plano de la fotografía
una maceta
de plástico negro con una hortensia
morada o violeta o más bien azul sucio
que se asoma al balcón.

En su sitio el estribillo de los electrodomésticos, el servicio
de dos para cada comida, todavía dos
—él, yo: las plantas cuentan por su cuenta— sentados al almuerzo,
todavía los designios familiares —flechazo, noviazgo,
aceptación, convivencia: más tarde matrimonio, hijos, nuevos
volúmenes en el álbum de sus casas— todavía sentados
al almuerzo. Todo en su sitio.

Mientras tanto, en la casa, el hombre duerme.
La mujer
no.





Una plegaria por las mujeres solteras

Ángel
de los pisos de soltero,
ángel de las solteras
que duermen varias noches en un piso de soltero,

¿lo sabías?

Antes del amor el hombre
se entrena golpeando.
Su hogar lo construye con el ruido:
tan firmes las paredes
tan familiares tan firmes las paredes,
los cimientos de su casa los ha hundido daño a daño.

Ángel del sexo con los inquilinos de pisos de soltero,
ángel del no querer oír de las solteras,

¿lo sabías?

Después del amor
el hombre se incorpora para escoger un disco
y suena una canción y susurra me gusta esta canción:
para entonces está otra vez dentro de ella.
Luego habla de su hogar en otra parte
y de quienes viven en él —sin él, en ese hogar más suyo: enseña fotos
y la mujer lo abraza y él susurra me gusta estar contigo.
Y la mujer oye.

Ángel del suelo sin barrer
de los pisos de soltero,
ángel de las solteras
que pasean desnudas por los pisos de soltero,

¿lo sabías?

Antes del amor la mujer predijo su futuro. Junto a él,
en su sofá, ella se fijó en sus libros. Debe de ser bueno
un hombre que lee así. (Pero también antes del amor
los amigos del hombre predijeron su futuro). Debe de ser bueno
un piso en el que distingues dónde pisaste la otra noche
y dónde pisó la otra la anterior.

Ángel del frigorífico vacío
de los pisos de soltero,
de las solteras que se conforman y desayunarán solas, más tarde,

¿tú lo sabías?

Después del amor la mujer se ducha mientras
el hombre fuma en el pequeño salón de su piso
de soltero. Se despiden,
dos amigos: ella viste la ropa de la noche
anterior, él se avergüenza.

Pero tú

ya lo sabías.





Chatterton

Mentí durante diecisiete años. Mentí después
en todos mis poemas. He mentido durante los diez
años siguientes. Acércate, soy
como tú. Escucha cómo late mi corazón
perverso: mudanzas en platitos
de papilla de mamá. Aliméntame,
compréndeme, yo vestía unas ropas que nunca fueron mías,
yo escribía en un idioma ajeno, pequeña, tonta,
qué mal memoricé: con mis poemas levanté un imperio.
Pero todo acabó. ¿Quién soy ahora?
Engañaste durante dieciocho años; antes de los míos
comencé yo a mentir. Un abanico con telas del Oriente
para mi hermana. Para mi madre araña compraré moldes de costura.
Tabaco que recubra los pulmones de mi padre. ¿Quién soy realmente
ahora? He soñado contigo algunas noches.
Te prometo que si salgo visitaré tu tumba. Ahora sí que
no miento. Ahora sí que no.





Elena Medel
Un día negro en una casa de mentira (1998-2014)
Visor, 2015.

viernes, septiembre 21, 2018

Cuatro poemas de Mirko Lauer


Los jóvenes empiezan a llegar.
            Mientras hurgan,
Preguntan por mis papeles,
            & todo lo que pueden devorar
Teléfono-cámara-grabadora,
Y su sincera curiosidad.
Han leído mis antiguos poemas y ahora
Quieren saber qué pasa con ellos,
            Y conmigo.
Les informo que no pasa nada.
            ¿Qué interés podría tener
Esta frágil serenidad entrenada
En mis sesiones de natación?
El tema es papeles a medio borronear,
Aquello que Yuri Lotman llama
La comunicación yo-yo,
Violentos garabatos de intimidad.
            Acaso los jóvenes intuyen
Que en realidad lo más valioso
Está en lo que ya hace mucho
Perforan ágiles polillas:
Cartas de amigos desaparecidos,
Libros dedicados con frases vehementes,
Anécdotas presas del olvido,
Gruesas indiscreciones de lo literario
            Son jóvenes ambiciosos y severos,
Que llegan sabiendo exactamente cómo
Me estoy volviendo mugre.
No les pueden pasar inadvertidos
Los cuellos volteados,
Los zurcidos apenas invisibles,
Los calzoncillos secretos
Manchados a diario por la próstata.
En entrevistas infidentes
Les pago el amable interés
Con una irresponsable vanidad
            Y les alcanzo
            También perfumes y pestilencias
De un panteón de colegas
Cuyos célebres nombres omito en vano:
Intensos desaseos,
Letales desencuentros familiares,
Falsas biografías,
Severas tristezas,
Veladas mezquindades,
Santidades burdeleras,
Duras elegancias. Todo ello
Intentando hacer interesante
Una vida entre poetas.
Nada de eso es mío,
            Pero esta misma tarde
Se lo pueden llevar
Los interesados.





Condesa Mara

            La cosa física.
Vi la película donde la gravedad puede pasar
De ida y vuelta a través del tiempo,
            Por lo menos cinco veces.

            Es tan obvio.
Los días vienen cada vez más cortos,
Y en ellos todo va pesando más.
             ¿Hay una ecuación para esto?
Mis 100 kg+ en el jardín de este verano,
Practican la actividad banal
            De viajar hacia el pasado.
Soy el basurero de la antimateria.

En la película
Los astronautas se cuentan chistes desganados,
            Mientras allá en la Tierra
Sus parientes envejecen a 100 años por hora.
Ya no se sabe quién es el abuelito.

¿Por qué me gustan tanto esos temas siderales
De los que en verdad no entiendo nada?
Quizás me recuerdan la época
En que yo era un gusano blanco,
            Y la condesa
Paseaba su impudicia para dos,
Se aplicaba a cuidar sus fresas
            (otro jardín, otro verano)
& a calcular el peso de sus manos
Para el próximo concierto.
Sus tetas ya algo decaídas,
            Eran dos asteroides inalcanzables.
            O así me parecía.

La condesa tocaba con estudiada indiferencia.
Sus dedos tan livianos sobre las teclas
Iban y venían cruzando el tiempo.
Se me han ido casi 70 años
Dedicado a apartar la mirada de su cuerpo
Sentado al piano en sostén y calzón,
Ensayando un concierto sin destino.
             O acicalándose,
Otro tema sobre el que yo no entendía nada.

            Todavía me fascinan los astronautas
Que van a morir al espacio exterior.
            Es decir, a morir con todo,
Con el tiempo, la gravedad, la civilización
Colapsando en torno suyo.
            Siempre sé que van a morir,
Pero no entiendo cómo así
Los números que inundan la pantalla,
Son un último mensaje a sus seres queridos.

Salía de esas matinées muy decidido
A vencer mi propia debilidad.
            Nunca he podido.
La gravedad me mantenía
Atado a los misterios de la condesa,
A sus peligrosas partituras
A sus manos de gallina.
Entonces yo creía que esos dos asteroides
Volando en sostén & calzón por la galaxia,
Castos como un cepillo de dientes,
Nunca me alcanzarían.

Con una cuchara el astronauta se come
            Algo que ya no es aire.
Su corazón va adquiriendo una opacidad de cuáquer.
Los astros están cada vez más lentos.
            Diría Sologuren,
Como perlas que el légamo detiene.
La poesía recién aparece cuando se ha frenado
El rock de las esferas.









Portrait d'une femme

Inexplicable, inalzanzable, encadenada
A su propia definición de mármol.
Sus confidencias eran una vía dolorosa,
En la que solo hablaban sus poemas.
Hacía de sus whiskys una ausencia fina.
Siempre temí llanto en cualquier momento,
El llanto terrible que nunca sucedió,
La prometida impúdica apertura
De una capítulo más hondo. A pesar
De que en exactos versos ella proponía
Que las cosas eran sin salida,
Algo insistía en irse por los bordes
Incluso antes de haber aparecido.

La relación fue un extraño desencuentro
De mutuas y distantes necesidades,
En el fondo sinceras falsedades,
Piltrafas inertes de otras relaciones.
Rodeados de fantasmas con nombre y apellido,
De imbailables boleros verbales,
Éramos poetas esperando ganar la lotería.
La ganaste, pero no te gustarían
El aprecio, la fama, la admiración, los fans,
            Que ya estaban llegando.
La imposición de un papel emblemático,
El murmullo atronador que al final
Cada vez más te hizo perder lo perdido,
            Y no devolvió nada.

Los poemas siempre fueron autoepitafios
Que no eran amorosos. No era la intención.
No los escribiste, los cocinaste,
Reduciéndolos sobre una llama paciente,
Quemando las palabras que sobraban,
Y al fondo sabrosos concolones.
Insisto, tus whiskys eran una ausencia fina
Que decía «¿De qué hablamos ahora?»
Eso quería decir que te sentías
Abandonada por todos sus amantes.

Cuando en Arequipa 2016 dije
Que la poesía es eso que entregamos
             Y que nadie nos paga,
Estaba pensando en ti,
En lo que te hicieron tu inteligencia o,
            Como en el verso de Jack Spicer,
Tu lenguaje.

Cuando termine este poema
Ya no quedará nada de esas conversaciones.





Escribir como tú

Escribir como tú, sentir como tú,
¿Quién no lo quisiera? Cómo hubiera yo,
En una tarde soleada del sur,
Heredado tu claridad, tus exactos niveles.
Quién pudiera vivir la clara forma
En que el lenguaje ceñido embelleció
Tu atareado corazón, tejiendo cestas
Donde, como en cunas, ibas poniendo
A descansar tus contados días
Por los que desfilaban sin suspiro
Las más terribles realidades.
Con ejemplar limpieza informaste
Acerca de todos tus exilios,
El del cuerpo, el de la patria, el de la geografía,
Juntándolos a todos en el límpido sonido
De la serenidad cuando ella se conmueve.





Mirko Lauer
Sologuren
Paracaídas Editores, 2018.

viernes, septiembre 14, 2018

Tres poemas de Flor Giusti


Los obreros de la construcción hablan guaraní

Al lado de mi casa los obreros de la construcción
hablan en guaraní.
–Mirá el cielo, es un galpón –dijiste.
Ahí nomás me acordé del cielo sintético de Truman Show.
El idioma guaraní sube y baja
como los obreros que
suben y bajan escaleras de cal y cemento.
Están cerca del sol, con la pala al hombro
construyen edificios para los estudiantes
que pronto vendrán desde los pueblos.
Hablan mitad español mitad guaraní.
Cuando baja el sol
miran el cielo desde cerca
acomodan las cajas de los ladrillos
los apilan junto a los otros.
Supongo que este cielo se abre cuando baja el sol,
que la noche apaga las voces.
Me dijiste que sería divertido
como trabajo temporario
dormir en una obra en construcción
de esas que van a tener pisos altos, ventanas grandes y luminosas
casi como tocando el cielo.
La noche está cada vez más encima
parece un galpón negro,
como los galpones
en los que suenan bandas de rock toda la noche.
El idioma guaraní que nunca estudiaré,
el pico y la pala se amontonan entre las palabras y los sonidos,
salen como solos de guitarra distorsionados,
los obreros paraguayos cantan en guaraní
cuando baja el sol se van a sus casas,
miran el cielo desde abajo.





Galaxia

Miro fotos de una chica que se revuelve el pelo,
su pelo largo y rubio se parece a alguna galaxia.
Tu chica de pelo revuelto
es de esas pibas que no quiero ser
pero ahora la imagino
libre de problemas existenciales
saliendo con vos sin preguntarse
todo el tiempo
por qué deberían quererla.
Envidio la forma en la que se saca esa foto,
sin pensar en las consecuencias,
una foto con el pelo revuelto que no encierra
simbologías extrañas, ni sentido alguno.
Quizás
el amor
sea un juego
para el que no estamos preparados,
un juego
que no sabemos jugar.
El amor es tu chica de pelo revuelto
que saluda con libertad a sus amigas
gritando sus nombres
a una cuadra de distancia.




Ciudad Juárez

Espero que por Juárez se vean las estrellas esta noche.
Un viernes de cada mes me llega un poema tuyo.
Hoy te deseo que se vean las estrellas desde Juárez,
que salgas a tomar tequila, entre las cosas que imagino
que habrá: una paisaje marrón, unos cactus en un descampado,
desde lejos, el cielo nocturno.
Muchos de tus amigos hablan un inglés perfecto
Ciudad Juárez podría ser parecida
a otras tantas ciudades que no conozco
y su cielo también,
el de Corrientes
–ese sí que lo vi–
visité, en un verano,
uno de los bracitos del río.
No sé si Ciudad Juárez tendrá un río parecido.
Pero cuando me llegan tus mails,
pienso en vos
y en todas esas personas tecleando a la noche.
Están solas
con la vista fija en esa luz que se proyecta
a través de un vidrio.
Por eso espero que cuando termines el día
salgas y mires las estrellas
deben ser más lindas que las de acá.
Me las imagino cayendo
sobre vos
y sobre mí.





Flor Giusti
Anillos de Saturno
Corteza Ediciones, 2018.