domingo, septiembre 10, 2006

Nota

Hay un lector promedio que es el antípoda del poeta. El poeta se asoma al caos una y otra vez, y ese riesgo asumido proviene de su insatisfacción, de su deseo de ir más lejos; el lector del que hablamos, en cambio, el que forma las mayorías, se dedica exclusivamente a admirar y a conformarse con su admiración. El poeta, idealmente, no vive en estado de arrobamiento frente a las artes que lo rodean: trabaja absorto en lo suyo y observa lo que se le presenta con distante severidad; sus placeres son silenciosos e intransferibles; en todo caso lo que más le interesa son aquellas obras en las que intuye problemas análogos a los que él mismo se plantea. La persistencia de una admiración excesiva y gesticulante por el mundo del arte es signo de debilidad. La respuesta consecuente frente a las obras, creo yo, de la naturaleza que sean, es la actividad –la extracción y uso, por así decirlo, de la energía creadora. Un lector se parece al poeta que lee cuando reacciona alterando su vida para otorgarles una mayor libertad a sus actos, pensamientos y percepciones. El sujeto arrobado es, en contraste, el sujeto del consumo, por más sofisticado que éste pueda ser –el melómano, por ejemplo, figura abominable, coleccionador estéril. Deberíamos perder cada tanto nuestras acumulaciones personales de libros, obras y registros, o por lo menos ser capaces de ponerlas en circulación. Sería preciso no cobijarse en la Belleza, en lo Sublime, en la Gran Sensación, en nada de aquello elevado y enorme que pareciera exigirnos un gesto unilateral de sumisión.

Juan Alcántara
El poeta y su trabajo, no. 22, primavera 2006.

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