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sábado, marzo 07, 2026

Un fragmento en prosa de Sonia Scarabelli

¿Pero en qué consiste esa luz del poema? Tiene que ver, ante todo, con una cualidad de la mirada.

Entre las peculiaridades que, desde mi punto de vista, diferencian la escritura de un poema de otras escrituras, hay en particular una a la que quisiera prestarle especial atención. Es la siguiente: el poema nunca cierra los ojos.

Si el viajero, dispuesto a la evocación, cierra los ojos para aproximarse a su objeto –a riesgo de hacer desaparecer el objeto mismo–, el poema, por el contrario, aun cuando su fuente sea una evocación, mantiene sus ojos intensamente abiertos, consagrándose sin pestañear a la actualidad devoradora de su imagen.

Y es que la imagen, que está lejos de ser en el poema mera impresión visual, despliega su ritmo de una manera tan intensa, capta hasta tal punto la densidad material, primitiva de las cosas, demanda tal grado de atención concentrada en el detalle, que la acción de cerrar los ojos no puede sentirse más que como un obstáculo o incluso un desgarrón en el cuerpo mismo de aquello que se disponía a comparecer.

Nacido de un momento de extraña sincronía, el poema se entrega a la contigüidad del verso no para confirmar la ley de la gravedad temporal que gobierna los sintagmas, sino para intentar un salto en el tiempo mismo y rozar ese sitio inefable en donde la materia, a pesar de no ser él otra cosa que lenguaje, le hace el obsequio de una misteriosa correspondencia.

Pero hay todavía algo más, y es que esa «correspondencia», lejos de garantizarle mismidad, lo que le ofrece, aunque sea sólo por un instante, es la oportunidad de salir de sí, de experimentar, en el seno mismo de la lengua, un cambio radical de naturaleza: volverse otra cosa, a saber, un lugar real, activo y habitado; entrar a formar parte con todo su ser de aquello que alguna vez Juan José Saer llamo «la masa fangosa de lo empírico y lo imaginario».

Desde la óptica del poema, entonces, el viaje adquiere una nueva dimensión. Es devuelto a lo real; de pronto, su desaparición ya no es el único destino que le reserva la escritura. Puede que el relato de viaje sólo alcance su plenitud en la medida en que el lugar desaparece; pero el poema es, en este sentido, terminante, lejos de procurar que el lugar desaparezca, lo que hace es demandarle una extrema visibilidad. El poema pone el lugar ante sí, y en ese gesto nos deja saber, no sólo que «ha estado allí», sino que en cierto modo ese lugar le ha hablado, le ha hecho la donación de su presencia singular que él intenta ahora preservar, sostener en su misma fragilidad, igualmente expuesto al olvido y a la disgregación.





Sonia Scarabelli
La orilla más lejana
Editorial Municipal de Rosario, 2009

miércoles, octubre 07, 2020

Cinco poemas de Sonia Scarabelli


Lírico

¿Por qué cantás así?,
a veces me dan ganas de preguntarle.
No sé qué es, pero en noviembre
lo escucho sin parar:
silbidos, notas, trinos.
La mañana parece que tuviera
una garganta propia y que la música
le saliera de adentro.
Y aunque haya dejado apenas de llover
y la tormenta golpee fuerte,
no se asusta el tipo y canta
como si de verdad no hubiera en este mundo
otra cosa que hacer
que abrir el pico ¡y alegrarse!





Zavalla, 1975

Si pudiera sentarme como entonces,
altos los pies sobre el trigal de aquella
casa remota cuyos fondos daban
a un campo enorme,

y desde el techo bajo,
sentir el sol quemando mis rodillas,
la tierra entera, las espigas
duras cambiar hacia el dorado
contra los dos caminos que se abrían
como si fueran a subir la tarde.

Siempre es último el día que recuerdo
sobre el tapiz de luz reverberando,
su hebra más delgada.

¿Qué fue lo que no vi, y ahora me llama,
de aquella tierra oculta que en violetas
parecía irse al cielo?

Una estación perdida y la tristeza
que sembramos haciéndose futura
cuando inmensa la noche se caía
para volverse azul sobre los campos.





Ancud en la mañana

Me acuerdo de ese instante
parada sobre una loma en Ancud,
el cielo azul y el viento
a orillas del Pacífico,
y el sol que era toda la luz alrededor
como la fuerza
de la juventud.
Hay una foto que se habrá perdido,
pero ahora estoy adentro,
es el olor del mar lo mejor
y no sale en la foto.
Miro alrededor con los ojos entrecerrados
las casitas de madera y más allá
pequeños barcos de colores encallados en la arena,
un poco más lejos estará el archipiélago.
Toda la travesía vinimos avistando
lobitos marinos desde el gran transbordador,
y viendo cómo el océano subía y bajaba
en grandes olas con picos de espuma,
igual a un belo dibujo japonés.
En la punta de la ciudad hay un fuerte
hecho de piedra y un faro
que ayudaba a llegar a los barcos.
Miro alrededor una vez más,
con los ojos entrecerrados,
a otra lejanía que ya es el tiempo.





Ligustro

Ahora me vengo a dar cuenta de que sacaron
el ligustro de enfrente de casa
mientras dejo caer en la vereda
todo lo que tengo en las manos
para buscar la llave.
A veces las cosas se descubren así.
Es un arbolito que no dice nada,
hasta que a principios de diciembre
echa sus flores y perfuma la noche.
Recién entonces me acuerdo del verano
y pienso en cómo el tiempo
se viene devorando nuestra vida.
En el pueblo, una vez,
mientras oscurecía caminamos
hasta donde raleaban las últimas casas.
A la vuelta cruzamos por las calles
flanqueadas de ligustros y cortamos
las flores en ramitos.
Qué dulce el aroma y cuánto más
la sensación ligera de andar por el camino
suavemente perdidas en la noche del campo.
De lejos y de cerca es igual ese recuerdo,

a veces las cosas se descubren así.





Cha cha chá

Me voy poniendo vieja, mamá,
me voy arrugando de a poquito,
como esas ciruelas negro-rojas
que había en tu ciruelo, mamá,
con esta música de cha cha chá,
con esta música de niños
con padres de los años treinta.
Vas a ver que un día yo me vuelvo
una pasita negra, mamá,
una uvita negra toda arrugada,
una monita vieja, y si la vida quiere,
con su propia sonrisa, mamá.
Para ese entonces vos vas a estar, seguro,
ya nacida de nuevo y fresca,
la fruta nueva en un árbol de la Tierra sin Mal,
el paraíso en que te sueño, mamá,
allá en Formosa entre loros enormes
y verdes lagartijas volantes, colibríes
y flores del tamaño de un hombre.
Veme viniendo, mamá,
a esa edad de sueños que llevan lejos, y si pasa,
yo voy a ser la uvita mora, te prometo,
que no se le nuble la memoria,
la uvita chinche de las parras
de todos nuestros patios,
nacida de tu vientre, mamá,

cha cha chá.





Sonia Scarabelli

Últimos veraneantes de febrero
Bajo La Luna, 2020.

martes, julio 28, 2015

Cuatro poemas de Sonia Scarabelli


El dibujo

Papá querido, hay cosas
que no se dicen pero a veces
sí que hacemos nuestra pequeña lista
de la desolación, nuestra pequeña lista
de la alegría,
y las colgamos de la pared como al dibujo
de las vidas que quisimos y tuvimos
y de las vidas que no quisimos y tuvimos,
entonces, todo lo que en el corazón sangra y sonríe
brilla sereno por un instante
con esa claridad de las cosas exteriores,
con esa gracia distinta, liviana
que tiene siempre lo que está afuera.



El regreso

¿Me conversás a mí, hablás conmigo
desde ahí donde estás bien quietito entre las hojas?
¿Sos el pajarito escondido entre las ramas?,
¿la lagartija tan hermosa, casi transparente
que apareció en la pared de la cocina?
¿Esta chicharra que canta y canta
y que nadie sabe de dónde salió al final del verano?
¿Te hacés la lombriz que pongo en el anzuelo
para pescar mojarras, carnadita de fritanga?
¿Me conversás a mí,
me hablás a mí más tierno que la tierra?
¿Estás de nuevo acá como yo creo,
de vuelta en todo?



Lombriz

Ahora de golpe me acuerdo
de cuando escarbábamos para sacar lombrices.
Las cañitas minúsculas de mojarrear
paradas en el patio contra alguna pared
y los preparativos para el día de pesca.
Y sobre todo,
esa humedad de la tierra por adentro,
toda viva por adentro:
los bichitos que andan bajo las piedras del cantero,
vuelve la luz debajo de las hojas,
el olor como de humus ya casi me marea,
y llega este recuerdo de haber estado ahí,
casi como otra piedra
o una lombriz.



O sos una lechuza...

Papá, yo ahora creo que vos
también sos una lechuza
como esa que encontramos
parada sobre el poste,
y después eran tres sobre el travesaño,
en el arco del potrero.
Todo visto a la luz muy tímida
de un foco de la calle,
aunque seguro la vista
no nos engañó.
Es cierto que nunca
las volvimos a encontrar
--pasamos de nuevo varias veces
a la misma hora y todo--.
Entonces me acordé
de cuando yo era chica
y me enseñaron el misterio
de la divina trinidad.
Pero ahora prefiero
creer en las cosas que veo:
el cielo azul, las hojas verdes,
el sol, la luna,
la lechuza que sos vos
cuando pasás volando.



Sonia Scarabelli
El arte de silbar
Bajo la luna, 2014.

lunes, octubre 07, 2013

Tres poemas de Sonia Scarabelli



Flores que prefieren abrirse sobre aguas oscuras

¿Será cierto
que hay flores que prefieren
abrirse sobre aguas oscuras,
serán ciertos
los fugitivos actos de memoria
que descubren,
apenas entrevisto,
el amoroso borde
de una forma completa?

Cuando del denso espejo,
de la superficie azogada
que prospera
en toda vida,
emerge un ciego
resplandor de plata

¿qué pez será
moviéndose en lo hondo
el que así vuelve?

¿Qué nota breve
ofrecida por el relámpago,
sesgo
de otra inaudible
pero más vasta música?

¿Rémora en leviatán
o apenas dócil
cardumen ondulando
en danza
bajo el sueño?

¿Hacia qué móvil mar,
hacia qué mayor
misterio quieren ir
de ese modo tan frágil,
si es cierto

que hay flores que prefieren
abrirse sobre aguas oscuras?



Lección

Sabernos ir,
dijo tu voz querida,
todo está ahí,
la clave del decoro
y la nobleza
ganada de una vida
se alcanza en ese gesto.

Cierre final
del círculo, encontrado
un poco de azar
y otro, por coherencia,
por hacerse
el ciego lazarillo
de sí mismo,
poniendo el corazón
al frente de los pasos.

Estas cosas se aprenden,
me dijiste,
en parte de los libros
sí, cuando la palabra
todavía es humana
y no ha perdido
su lustre tibieza,
pero más
te enseña la tenaz
partida de los otros.
Si se van
con dolor o con pericia,
no es lo que cuenta,
importa

ese último momento,
que sin decirse ocurre,
y dicho sonaría quizás
a: Sí, te dejo ahora
y no me quejo,
seguro hubiese
querido más,
qué hacerle,
no se pudo.

Entonces pasa,
justo ahí
se suelta el alma
como un barquito,
una pequeña
barca en aguas
que ni tan frías son
ni tan profundas como dicen.

Yo creo en todo esto,
dijo tu voz querida,
y de ahí tanto esfuerzo
por aprenderlo, tanto
apuro
por no apurarme: quiero
llegar a tiempo.



No la nada

Para Germán Scarabelli
In memoriam

¿Será verdad que sólo
hay un vacío enorme tras las cosas
cuando vemos
subir la luz de un cielo como este
y abrirse el día así? ¿Será
verdad que atrás de estos colores
que el otoño dispersa, la belleza
y el dolor de los cuerpos
un santo ríe y nos espera
gozando de su engaño
con la furia inocente de lo altísimo?
¿Que hay consuelo después
como hay ahora
desconsuelo y salimos
despiertos de este sueño
y no al contrario?

Qué batalla la nuestra
si es tan dulce
a veces
cambiar esas miradas
con la luz
y si también la noche
se siente que cobija
a ratos
lo que nos duele atrás
de lo que somos.

Lo pienso ahora
que parece que te vas
y estás quedándote
al mismo tiempo en todo
lo que veo. Y no se pierde
tu forma, rasga un velo
me digo, que entorpece
mirar lo que está ahí,
lo que sentimos
amar, y cuesta irse
confiar en la ilusión
que, cuentan, es
lo misteriosamente
diferente
y no la nada.



Sonia Scarabelli
Flores que prefieren abrirse sobre aguas oscuras
Bajo la luna, 2008.